EL CÍSTER. LA CRISIS DE CLUNY. EL MONACATO FEMENINO

EL MOVIDO SIGLO XII

EL CÍSTER. LA CRISIS DE CLUNY. EL MONACATO FEMENINO

I. EL CÍSTER

a) Los comienzos del Císter

La fundación


San Roberto de Molesmes ​ abad, fundador de la Orden del Císter en Francia.
Ninguna de las nuevas órdenes religiosas fundadas a lo largo del siglo XI alcanzó el desarrollo e importancia de la Orden del Císter, que merece, por esta razón, ser estudiada aparte.

Las circunstancias del nacimiento del Císter permanecen poco claras, no por falta de documentación, sino por su difícil interpretación. El Pequeño exordio, recopilado unos veinte años después de la fundación, narra los hechos escuetamente insistiendo en las intenciones de los fundadores. Fue revisado en 1140-1150 piara justificar la pureza de la empresa original y responder a las críticas planteadas. El Gran exordio, escrito a finales del siglo, y La vida de San Roberto caen en el extremo contrario y constituyen una apología del Císter. La dificultad para conocer los orígenes del Císter se agrava con el hecho de que muy pronto se manifestó el deseo de exaltar a San Bernardo y la abadía de Claraval sobre Morimond y aun Citeaux.

La primera cuestión concierne a Roberto de Molesme, su fundador, para quien el Pequeño exordio se muestra muy discreto. Nacido en 1028 en una familia noble de Champagna, fue durante la primera parte de su vida un monje tradicional, primero en Moütiers-la-Celle, cerca de Troyes, después en Saint-Michel de Tonnerre, donde llegó a ser abad. Sin embargo, llegado a los cuarenta años no está satisfecho con la vida que lleva en su abadía. En 1071 deja su cargo y se va a dirigir un pequeño grupo de eremitas en el bosque de Collan con el deseo de huir totalmente del mundo y buscar una ascesis más rigurosa. Después de algunos años esta vida anacorética le pareció demasiado laxa. En 1075 transfiere su comunidad al bosque de Molesme, donde funda un monasterio e inspira la vida cluniacense.

En la nueva abadía surgen discrepancias. Unos quieren el eremitismo; otros, el cenobitismo tradicional; algunos, finalmente, un cenobitismo renovado, a condición de abandonar los usos y acomodamientos aparecidos después del siglo VIII y volviendo a la obediencia estricta de la Regla de San Benito. Roberto duda. Desea una ruptura absoluta con el mundo y una vida de penitencia, pero ignora si la mejor vía es el eretismo o la vida común. En 1090, deja su monasterio y va a pasar tres años en medio de la soledad en el desierto de Aux.

Retorna a Molesmes en 1093. La tensión interna se aviva, oponiéndose los partidarios de la tradición y los apóstoles de la renovación, a la cabeza de los cuales se encuentra el prior Aubry (Alberico) y el inglés Esteban Harding, antiguo monje, que ha visitado Camaldoli y Vallombrosa. A finales de 1097, Roberto, en compañía de estos dos hermanos, viaja a Lyon para solicitar la autorización al arzobispo- legado que les permite «retirarse donde la bondad divina les indicara». El vizconde de Beaune les dona un pequeño dominio en medio del bosque y de los pantanos, al sur de Dijon, llamado Cistels («junco»), donde se instalan el 21 de marzo de 1098; es llamado el «Nuevo Monasterio», pronto Citeaux.


Monasterio de Citeaux.
El suceso, sin embargo, suscita vivas contestaciones. Citeaux no es una dependencia de Molesme y no puede, por ello, presentarse como una renovación de la comunidad de Molesme. De hecho, su nacimiento resulta de una secesión y, por parte de los que la han provocado, la ruptura de su voto de estabilidad. Los religiosos que permanecen en Molesme no aceptan ser denunciados como malos monjes. Por esta razón, con el apoyo del obispo de Langres acuden al papa Urbano II, afirmando que han sido abandonados por su abad (Roberto). El pontífice encarga al arzobispo de Lyon resolver el asunto con equidad. El arzobispo reúne un sínodo en Port de Anselle en junio de 1099. Invita a Roberto a reingresar en Molesme con los compañeros que lo deseen, prohibe a cada monasterio recibir monjes de otro, pero confirma la fundación de Citeaux, aprobado oficialmente al año siguiente por el papa Pascual II. Roberto retorna a Molesme, prefiriendo la paz a sus deseos personales. Esto explica que el Pequeño exordio no presente a Roberto como el primer abad de Citeaux. Esteban Harding, que lo hizo escribir, pensó que la actitud espiritual de Roberto no correspondía a las intenciones de los verdaderos cistercienses.

Aubry se pone al frente de la comunidad. La organiza según el mundo cenobítico conforme a la Regla de San Benito e impone una ascesis muy ruda interpretando las obligaciones (pobreza, trabajo manual) de la manera más estricta. Termina la construcción del primer edificio monástico, que, falto de medios y por voluntad deliberada, fue miserable. En la soledad, en medio de una naturaleza poco clemente, sin tierra apropiada para el cultivo, los primeros cistercienses aparecieron desprovistos de sentido práctico. Aubry logró mantener su fervor espiritual y guardar el sistema elegido. Pero, a su muerte (1109), se preguntaban si la comunidad iba a subsistir, al no llegar novicio alguno.

El abadiato de Esteban Harding (1109-1133)


San Esteban Harding
Esteban Harding, que había sido uno de los más grandes actores de esta renovación monástica, sucede a Aubry. No perdiendo jamás de vista el ideal primitivo, imponiéndose por su autoridad moral y por su santidad, logra cambiar la situación y asentar sólidamente las estructuras de la Orden, hasta tal punto que la historia lo tiene por fundador. Él se benefició, ciertamente, de la presencia dinámica de Bernardo de Fontaine y de algunos otros.

Esteban amplía la abadía y su dominio. En 1111 acoge nuevos novicios. Bernardo era el hijo del señor de Fontaine (muy cerca de Dijon) y de Aleta de Montbard, nacido en 1090 y emparentado con los mejores linajes de la región, estudió en los canónigos de Saint-Varíe de Chátillon-sur-Seine y en otras escuelas y en 1112 con treinta parientes y amigos ingresó en el noviciado. Gracias a este y otros ingresos, la comunidad se amplió y fue posible fundar fuera de Citeaux o reagrupar en un convento eremitas en proceso de organización o atraer otros clérigos u otros monjes seducidos por el nuevo modelo.

En 1113 o en 1112 se crea la abadía de La Ferté, a la que siguen Pontigny (1114), Claraval, de donde Bernardo fue el primer abad, y Morimond (1115), Preuilly (1118), Cour-Dieu y Bonnevaux (1119) y Aumone (1121). Con el ardor de Bernardo de Claraval, estos monasterios fundaron a su vez otros.

En 1133, cuando el abad Esteban, muy viejo, se retira, la Orden cuenta con 70 establecimientos repartidos, ante todo, en Champaña, Borgoña y Franco-Condado, pero también en los Alpes, Alemania, Italia e Inglaterra. Doce dependen de Citeaux, veintiuno son de filiación de Morimond, dieciséis de Claraval, seis de Pointigny y el de Aumone. Se fundó un convento de monjas en Jully.

Esteban Harding presidió todas estas fundaciones y mantuvo la cohesión de ellas. En 1116 reunió por primera vez todas las abadías en capítulo general. En 1119 hizo publicar el exordio primitivo para recordar el ideal original. El mismo año promulga la Carta de caridad y de unanimidad, que aprueba el papa Calixto II, y a la que se añadieron nuevos artículos. En este documento fundamental se definen los principios y las modalidades de organización de la Orden del Císter, de manera que todas las abadías permanezcan unánimes en una misma práctica, unidas por la caridad, aunque gocen de una cierta autonomía.

La espiritualidad cisterciense

Los cistercienses quisieron renovar el ardor monástico y responder a las aspiraciones espirituales de su tiempo por una restauración completa del cenobitismo, en una época donde, por el contrario, las tendencias reformadoras se inclinaron tanto hacia el eremitismo como a un compromiso entre el eremitismo y el cenobitismo, o a un régimen de comunidad abierto al mundo y actuando en la sociedad (canónigos). Para realizar su ideal, no han encontrado otro medio que la observancia benedictina, considerando que la regla casinense contenía todo lo que era necesario para una ascesis difícil.


Comunidad cisterciense haciendo trabajos rurales.
El monasterio cisterciense es una escuela de espiritualidad práctica en común, lo que significa que toda búsqueda individual contradice el ideal planteado. El monje es, según los términos de San Benito, el «que ha renunciado a su voluntad propia», el que cumple su vocación y su salvación en, por y con la comunidad, donde el abad elegido sella la unión. Esto exige una organización en la que el religioso no sea apartado de esta vida común y que las ocupaciones que se le asignen no tengan otro fin que el provecho espiritual para él mismo y a su grupo. Los cistercienses son monjes profesos, sacerdotes que pronuncian los votos benedictinos y que van vestidos de blanco; junto a ellos están los hermanos conversos, encargados de las tareas materiales. La vida cotidiana se conforma a la regla casiniana: recitación comunitaria de todos los oficios más la misa sin los excesos cluniacenses, régimen alimenticio muy rudo, reposo nocturno en el dormitorio y trabajo comprendiendo los grandes trabajos rurales según el espíritu del capítulo LVIII de la Regla de San Benito.

De ello se deduce una espiritualidad que, elaborada en una organización cenobítica, es del mismo tipo que la que proponen los cartujos en un cuadro eremítico. Reposa sobre la huida total del mundo y la influencia directa sobre él. Conduce a la contemplación que se realiza por medio de una toma de conciencia de la miseria humana; no gracias a la meditación —como en el sistema cartujano—, sino por la aceptación de ejercicios muy duros que permitan reconocer el mundo y lo material y carnal, de los que el monje se ha de apartar. Por tanto, la voluntad de pobreza es extrema; el monje no tiene nada propio ni puede disponer de nada. La abadía no debe recibir renta alguna ni ningún provecho, y se ha de contentar con vivir exclusivamente de los productos proporcionados por el trabajo de los religiosos. Esta constatación eleva al más alto grado el valor del trabajo manual, que está intrínsecamente ligado a la pobreza y que impone al cuerpo un régimen de dureza que posibilite su dominio, su desprecio y el rechazo de los placeres carnales. El silencio, en fin, es una exigencia ascética para mortificarse mejor y estar más preparado para meditar y sentir la unión espiritual con los miembros del monasterio. Se elimina la recitación de oraciones, a fin de recordar a cada uno que no es monje más que por su pertenencia a la comunidad.

Sin embargo, la pobreza, el trabajo y el silencio no son virtudes positivas, sino solamente los medios para alcanzar las verdaderas virtudes que, para los cistercienses, son las de San Benito: la obediencia, que conduce a la humildad, y ésta al desprecio de sí. La penitencia y la mortificación son la base específica y casi exclusiva del régimen cisterciense. El monje cisterciense, en los primeros tiempos de la Orden, es un penitente.

b) San Bernardo y su importancia


San Bernardo de Claraval
San Bernardo ocupa un lugar excepcional en la historia cisterciense del siglo XII, pues es su defensor más ardiente y el maestro espiritual más eminente. Este personaje sobrepasa la historia monástica, en la que participa plenamente por su vocación, cumplida con su ingreso en Citeaux en 1112, después con su acción a la cabeza de Claraval y sus filiales. Pero atiende a todo, alcanzando la celebridad por sus empresas al servicio de la Iglesia y en el siglo.

Ciertamente, la dirección de su abadía constituye su primera tarea, a la que se entrega con una dedicación incansable, manifestándose a la vez como guía espiritual, predicador, administrador avisado. Se emplea con todas sus fuerzas a procurar el crecimiento de su Orden, que en el momento de su muerte (1153) contará con más de 350 casas, de las que más de la mitad están en su filiación. Bernardo no teme, cada vez que es necesario, defender a los cistercienses de los ataques de que son objeto, ya por perturbar las concepciones tradicionales del monacato, ya por su excesiva suficiencia. Jamás duda en adoptar en sus respuestas el tono más vivo y utilizarlo contra sus adversarios, especialmente los cluniacenses..

San Bernardo, monje sin igual que cumple plenamente su vocación monástica, es un orador sensible y apasionado, un escritor de gran talento con una amplia obra, que toma parte en las principales empresas eclesiásticas de su tiempo. Se ocupa de las elecciones episcopales contestadas, interviene para recordar las reglas canónicas y apoyar un candidato tenido por mejor. Da consejos a los obispos para que cumplan sus obligaciones, pero critica su lujo y su modo de vida, así como el vivo interés que muestran por las cuestiones políticas y temporales.

En 1130 la Iglesia romana se halla dividida por un cisma. Bernardo se muestra ardiente partidario de Inocencio II contra Anacleto, lo que le lleva a participar en el sínodo de Étampes para discutir este asunto; más tarde pasa a Italia. Desde entonces, es reclamado en todas las dificultades de la cristiandad. De vuelta a Claraval se le requiere para intervenir en el problema de Abelardo, acusado por los obispos de sostener tesis discutibles en sus obras y en su enseñanza, a quien destruye en la asamblea eclesiástica de Sens (1140). Después, descubiertos los progresos de la herejía catara, se entrega a refutarla y, en 1145, acompaña al Languedoc al cardenal legado Alberico, enviado en misión para perseguirla. Entre tanto, restablece la paz entre Luis VII y el conde de Champaña. Poco después, se lanza con pasión a la predicación de la segunda cruzada, dirigiendo su principal llamada a los nobles y al clero reunido en Vézelay el 31 de marzo de 1146. Bernardo se ve obligado a salir de su monasterio continuamente y ocuparse de los asuntos del siglo, rompiendo con ello el ideal cisterciense de huida del mundo.

La actitud del abad de Claraval, que quiso hacer de su Orden la congregación más reputada de la cristiandad, influyó sobre los principios elaborados por Aubry y Esteban. Su espiritualidad personal influyó, también, en la de la Orden, al menos en la de ciertos monasterios y monjes. Expresada con giros incomparables, reposando sobre una sensibilidad muy viva que deja descubrir una sensualidad mística, se nutre, ante todo, de la lectura y de las alegorías del Antiguo Testamento antes que de los Padres del monacato. Esta espiritualidad no contradice el ideal cisterciense, sino que, sobre el patrimonio religioso acumulado desde su fundación de 1098, se centra en algunos argumentos: rechazo de la ornamentación de las iglesias, insistencia en la castidad, etc.

Para Bernardo, la pobreza y la castidad propician un enriquecimiento místico. La pobreza es ante todo una situación material que crea las condiciones más favorables para la meditación y el desprecio del cuerpo y tiene un valor místico. La castidad, además de un estado obligatorio, es una verdadera virtud que desemboca en un plano superior, la pureza; esto es, el rechazo de toda intención, de todo deseo físico, el olvido del cuerpo; de este estado nace una alegría, un placer muy superior a la vulgar alegría carnal. Llegado a este punto del camino espiritual, el monje se encuentra preparado para la mística, el abandono en Dios por amor, tal como la expresan los sermones sobre el Cantar de los Cantares, dirigidos a los religiosos de Claraval.

c) Expansión y organización de la Orden cisterciense

La institución cisterciense, cabeza del nuevo monacato, no cesa de desarrollarse a lo largo del siglo XII, aunque con una ligera ralentización a partir de 1180. En 1200 la Orden comprende más de 530 abadías; en la mayoría de ellas habitan quince religiosos, sin incorporación. El abad de la abadía madre —abad-padre— preside y toma parte en la asamblea que elige al abad y ejerce naturalmente una influencia considerable en esta designación. Visita e inspecciona regularmente sus filiales y sus subfilales.

Este sistema hace de la Orden una federación de filiaciones, a la cabeza de la cual se sienta el capítulo general, en el que las abadías son iguales, pero en cuyo seno los superiores de la primera línea y los jefes de las filiaciones más fecundas tienen, si quieren, un lugar eminente. La asamblea se reúne cada año en Citeaux. El abad de esta abadía la preside y ordena el programa de trabajos, pero es asistido en sus tareas por «los cuatro primeros Padres», que son los abades de las cuatro primeras hijas, a saber: las abadías de La Ferté, Pontigny, Claraval y Morimond. El abad de la abadía madre tiene, por ello, una ascendencia particular.

La autonomía de cada establecimiento se refuerza con la exención que consolida la unión de todos. Sin embargo, en el comienzo de su historia los cistercienses no trataron de obtener este privilegio; su intención de vivir apartados de la sociedad no tenía ninguna necesidad de esta independencia, su deseo de humildad les pedía respetar la obediencia de los poderes establecidos. El mismo San Bernardo, que no cesa de actuar fuera de la abadía, contra su deseo, piensa que la exención introduce el desorden en las instituciones eclesiásticas. Pero esta práctica había entrado en las costumbres de los institutos religiosos por diferentes causas, una de ellas la económica. Por otra parte, cuando la Santa Sede ve los servicios que los cistercienses podían rendirle, no duda en concederles beneficios excepcionales. A partir de la doble elección pontificia de 1159 y el cisma que le siguió, se produjo la división de los cluniacenses; Alejandro III comienza a conceder a la Orden del Císter, que lo sostenía, ciertas exenciones para manifestarle su agradecimiento y sustraer a los abades alemanes de la autoridad de los obispos adheridos al antipapa. Estas exenciones fueron plenamente concedidas por el papa Lucio III en 1184.

II. LA CRISIS DE CLUNY

a) Poncio de Melgueil, abad de Cluny

Mientras Citeaux crecía, el esplendor de Cluny llega a su cénit. A la muerte del papa Gelasio II, los cardenales de Ostia y Preneste, que habían acompañado al papa en el exilio, eligieron como papa al arzobispo de Vienne, Guy, en Cluny, el 2 de febrero, prefiriéndolo al abad de Cluny, Poncio. Apenas elegido, Calixto II (1119-1124) confirma todos los privilegios de la Abadía de Cluny y creó cardenal- presbítero a Poncio.

A la muerte de Hugo, los monjes de Cluny habían elegido como abad a uno de entre ellos, Poncio de Melguen, un joven noble del Languedoc del que se desconocen sus responsabilidades hasta entonces; era un hombre maduro de treinta y cinco años. Poncio fue reconocido por el papado porque Pascual II había sido su padrino. El nuevo abad de Cluny prosiguió los trabajos de la abadía y vio aumentar aún el número de abadías que le estaban confiadas. Solicitó y obtuvo la renovación de los privilegios concedidos a su Orden y a la persona misma del abad de Cluny. A la cabeza de más de 10,000 monjes, de 800 monasterios en Francia y 200 más en el resto de Europa, era el más grande príncipe eclesiástico de la cristiandad, colaborador en la elección de papas y, quizás, del mismo papa Calixto.

Emparentado con el papa y arbitro en un conflicto que enfrentó al emperador con el papa, pensaba que nadie se le resistía. En 1122 se desata la crisis en Cluny. El fastuoso Poncio, que reivindica para sí mismo el título de archiabad en la Orden de San Benito y mantiene sucesivos enfrentamientos con los obispos y los señores vecinos, es acusado por los monjes de dilapidar los bienes de la abadía. En 1123 es llamado por el papa. Poncio deja Cluny por Roma, dimite de su abadiato y se embarca para Tierra Santa. El viejo prior de Marcigny le sucede durante algunos meses; después el prior de Domeñe en el Delfinado, Pedro Mauricio de Montboissier (Pedro el Venerable), es elegido abad de Cluny.

Poncio regresa de Jerusalén en 1125 y aprovecha una ausencia pastoral de Cluny de su sucesor y se apodera de Cluny por un golpe de mano a la cabeza de un grupo de seguidores. Entrega a sus mercenarios, a manera de botín, todos los vasos de oro, las cruces y los relicarios, y les permite pillar y quemar alrededor a todos cuantos permanecían firmes y resistían las exacciones. Poncio vuelve a ser abad de Cluny..

Humbaut, arzobispo de Lyón, que es su metropolitano, fulmina la excomunión contra Poncio. A comienzos de 1126, el nuevo papa, Honorio II, convoca ante sí a Poncio y a Pedro, su legítimo sucesor. Poncio rehusa responder de sus actos y someterse. El papa lo declara cismático y lo recluye en prisión. Poncio murió en el calabozo dos años más tarde..

¿Cuáles fueron las causas de esta crisis? El análisis de los eruditos se orienta en dos direcciones diferentes: la hostilidad de los obispos a los privilegios excesivos de Cluny, o el rechazo de algunos monjes a aceptar los proyectos reformadores de Poncio. Éste debió dejar su función abacial porque los monjes conservadores de Cluny rehusaban todo cambio, en la línea apuntada por los monjes del Císter, o porque los obispos, después de la larga «lucha de las investiduras », estaban recuperando todos sus derechos diocesanos, ¿actuaron los obispos contra la Orden exenta, la más privilegiada? Las razones oficiales hablan de un exceso de gastos realizados por el abad depuesto.

b) Pedro el Venerable (1122-1157)


Beato Pedro el venerable.
Pedro (1122-1157), originario de la Auvernia, era un hombre delicado y pacífico, ponderado y hábil, de vasta cultura, que dejó testimonios de su bondad, comprensión y buena acogida y un conjunto de tratados y numerosas cartas testigos de su amor a la Iglesia y de su sana eclesiología, cristología, así como de la lectura, la meditación y la oración como medios para alimentar la caridad y crecer en la contemplación. Él acogió a Pedro Abelardo, condenado y maltratado por San Bernardo, y terminó sus días en Cluny como un monje ejemplar..

Pedro no pudo ni fue ajeno a la crisis de los monjes negros ante la gran expansión de los monjes blancos. Por ello, en 1132 reunió una asamblea de cerca de 1,500 cluniacenses para revisar algunos aspectos fundamentales de su observancia. La liturgia debía encontrar un poco de modestia; el reclutamiento de candidatos para el monacato debía ser vigilado, pues la Orden acogía demasiados candidatos a la vida monástica, muchos incapacitados, solamente interesados en llevar una vida material sin problemas; en todas las casas de la Orden, incluso en las pequeñas, el silencio, el ayuno, la abstinencia y el trabajo intelectual debían encontrar el nivel de los primeros tiempos cluniacenses. Carece de importancia que este retorno a la tradición se denomine restauración o reforma. Cluny mostraba que podía ponerse al mismo nivel que las otras órdenes..

Todo esto fue escrito en los estatutos, fruto de la incansable actividad de Pedro el Venerable, deseoso de organizar su Orden con más firmeza, reuniendo cada año un capítulo general que cumpliría mejor esta función que los innumerables viajes realizados por San Hugo. Este encuentro anual ofrecía el medio de resolver los conflictos, apagar las contiendas, someter a los revoltosos. Al mismo tiempo, la solución de la crisis financiera se realizó gracias a la riqueza y la generosidad del hermano del rey de Inglaterra, Enrique Blois, antiguo obispo de Winchester retirado a Cluny. La Orden había conocido la gravedad espiritual de Mayólo y de Odón; la autoridad de Hugo, ahora, encuentra la ponderación de Pedro..

Pedro el Venerable es calificado de inteligente, sensible, lleno de ciencia y de sabiduría. Elegido a la edad de treinta años, después de haber dado pruebas de su capacidad administrativa, recibió una formación intelectual muy completa en Vézelay. Su cualidad primera era la caridad, que es generosidad y humanidad, y, por ello, justicia. La manifiesta en la acogida que proporciona a Pedro Abelardo en sus dificultades y en su acercamiento final a San Bernardo. Sus virtudes no rebajan en nada su firmeza; sensible en la defensa de la fe cristiana frente a los judíos y a los musulmanes, frente a las herejías petrobrusianas, como frente a los hermanos en Cristo que criticaban Cluny y ponían en duda el fervor y la buena elección de monjes en su Orden. Era un sabio. Su sentido práctico le llevó a gobernar de manera eficaz el conjunto de abadías y de prioratos bajo su control; su cultura le permitió legar a la posteridad tratados y cartas de gran valor. Quiso dar a los cristianos católicos argumentos para traducir el Corán para conocerlo mejor y combatirlo, denunciando los errores de Pedro de Bruis; quiso edificar a sus monjes por medio de relatos de milagros. Con sus cartas reconforta y consuela, responde de forma digna y juiciosa a las críticas y rechaza más de una exageración, como correspondía; pero acepta a la vez todo lo que está bien fundado y no rehusa emprender las necesarias reformas..

Pedro convocó un capítulo en 1132 para introducir en la Congregación cluniacense una mayor austeridad. Acudieron 200 priores y 1,200 monjes. Chocó con una oposición viva, pero terminó por triunfar y la asamblea aceptó los estatutos redactados por Pedro. Estos estatutos, sin cambiar en nada el espíritu cluniacense, trataron de restaurar una cierta austeridad: se restauró el ayuno los viernes, no se autorizó el uso de carne, se prohibió el uso de paños preciosos y de las pieles que inducían a la coquetería, se restringieron a tres los caballos que podía llevar el prior cuando fuera de viaje, se moderó la iluminación de los templos, se restableció la ley del silencio caída en desuso, se combatió la ociosidad en todos sus aspectos. Se revisó a punto la organización general de la Congregación..

Cluny decaía. A lo anterior se añadieron las revueltas de los monjes a causa de su oposición a la aplicación de los estatutos, siempre introducidos con la caridad, moderación y misericordia propias de Pedro el Venerable. Pedro no se desinteresó de la administración temporal y de la extensión de la Congregación. Pero sólo consiguió cuatro fundaciones durante su mandato, una de ellas, San Vicente de Salamanca. Por otra parte, su abadiato estuvo lleno de dificultades provenientes de algunos de sus propios monasterios cluniacenses que comenzaron a luchar contra la centralización de Cluny, queriendo elegirse sus propios abades. Finalmente, las relaciones de Cluny con los obispos dejaron de ser cordiales. A partir del sínodo de Étampes en 1130, Pedro, que también se puso del lado de Inocencio II, y Bernardo se conocieron y se hicieron muy amigos.

III. LAS MUJERES Y LA CLAUSURA

Cuando Hugo de Semur, abad de Cluny, decidió fundar Marcigny para acoger mujeres, declaró que las mujeres no podían ingresar en los monasterios porque no existían. Hasta el siglo VIII las fundaciones monásticas femeninas fueron muy numerosas; más tarde, fueron abandonadas o, muchas de ellas, destruidas —con excepción de las existentes en el Imperio—. Sin embargo, los siglos XII y XIII se caracterizan por la abundancia de fundaciones femeninas, monasterios dobles, abadías y prioratos independientes.

Las fundaciones que interesaron a las mujeres fueron, desde mediados del siglo XI a mediados del siglo XII, en primer lugar, monasterios ligados a abadías de hombres, especialmente benedictinos, como Marcigny-Cluny; en segundo lugar, relacionados con comunidades formadas por predicadores, como Fontevrault; finalmente, monasterios que nacieron por el establecimiento de un acuerdo entre dos grupos sin intención previa de constituir un monasterio doble. Los monasterios dúplices de los siglos XI y XII se distinguen de los de los siglos precedentes. La unidad de autoridad permanece, pero la unidad de lugar y la unicidad de patrimonio no fueron totales; lo mismo ocurre con la regla que podía diferir: hermanos siguiendo la Regla de San Agustín al lado de monjas benedictinas. En cuanto al número también podía ser muy diferente. La cuestión fundamental era la de la organización práctica de la unión de religiosos de diferentes sexos. Las soluciones fueron diversas.

El primer caso es el de los prioratos benedictinos de mujeres fundados por la aristocracia y añadidos a una abadía de hombres; es típico el caso de Marcigny, donde residieron de dos a veinte monjas cluniacenses. El segundo caso es el de comunidades que agrupan los dos sexos y habían sido organizadas por el fundador en monasterios dúplices. Estos modelos son los que reproducen mejor el modelo oriental primitivo. Fontevrault y Sempringham son dos ejemplos de verdadera Orden con monasterios dobles. El tercer caso es más complejo: el monasterio no es organizado conscientemente como doble y desemboca en una fundación femenina distinta. El ejemplo más claro es el de Klosterrath y Marienthal.

Durante los años 1090 a 1150, cada nueva congregación, cada nueva orden, se preocupó de la gran demanda femenina; la mayor parte de este tiempo la acogida les fue favorable, con un reconocimiento progresivo por parte de los nuevos monjes y canónigos. El desarrollo de Prémontré y de Citeaux fue, en este sentido, contradictorio. Norberto de Xanten acepta el establecimiento de conversas cerca de las abadías de la Orden y no hay establecimiento que no tenga su casa de monjas. La tradición admite que el capítulo general de 1150 decidió su supresión, aunque no existe texto alguno que apoye esta aserción. San Bernardo es considerado generalmente como el responsable del rechazo de las mujeres por la Orden cisterciense. Esto es falso. Bajo el abadiato de Esteban Harding y con su acuerdo, una abadía de mujeres fue fundada, con monjas venidas de Jully.

Las mujeres se encontraron asociadas a todos los movimientos monásticos y canónicos del siglo XII, ya sea verdaderamente integradas en los monasterios dobles, ya sea admitidas a residir en la proximidad de los hombres y a participar en sus actividades religiosas. Una asociación aún poco estudiada es la de los hombres y de las mujeres que trabajaban en los hospitales, hermanos administrativos y capellanes, de una parte; hermanas encargadas de los enfermos o de los moribundos, de la otra. También fueron asociadas las mujeres a las comunidades de las órdenes hospitalarias y militares.

En la Edad Media la mujer no podía hacerse eremita, pero la reclusión fue una forma de eremitismo a lo femenino, buscado y apreciado desde la Alta Edad Media; se escribieron reglas para estas instituciones. La Iglesia no rechaza esta forma de vida religiosa y dispuso un ritual muy minucioso para el emparedamiento solemne. La reclusa no podía, no debía salir sin permiso de la autoridad eclesiástica. Vivía sola o con la ayuda de una asistenta que le procuraba su alimento. Residía junto a una iglesia vecina, una ventana le permitía seguir los oficios.

Las canonesas seculares fueron muy abundantes, especialmente en el Imperio y en Italia. Vivían según el modo canonical, calcado sobre el de los canónigos de las catedrales y de las colegiales. Como ellos, no pronunciaban votos, poseían bienes propios y disponían de una habitación privada.

Dos mujeres destacaron, son dos monjas coetáneas y amigas, ambas visionarias. Sus escritos nos permiten conocer mucho de ellas y del ambiente en que vivieron: Santa Ildegarda de Bingen (1098-1179) e Isabel de Schónau.