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HISTORIA DE LA IGLESIA

Del año 313 al 711

LA IGLESIA BAJO LA PROTECCIÓN IMPERIAL



La conversión del estado - El problema del emperador católico - La crisis del arrianismo - Nestorio y el Concilio de Éfeso - Concilio de Calcedonia - El problema de los monofisitas - Justiniano - El monotelismo - El Concilio "in Trullo" - La primitiva vida monacal - Los Padres griegos



La conversión del estado

El edicto de Milán, por el que Constantino y Licinio pusieron fin a la última de las persecuciones, no fue un manifiesto pro-cristiano, sino una carta de libertad de culto para todos los hombres. Fue el acto de un estado que respetaba toda manifestación religiosa, sin comprometerse oficialmente con ninguna religión en particular. Nada hay de extraño en ello. Licinio era un pagano, reciente perseguidor de la Iglesia que volvió a repetir su papel unos meses antes de su muerte. Constantino dominaba sólo la mitad del mundo romano y, además, no era todavía un cristiano. Cualquiera que fuese su creencia en el Dios de los cristianos, no llegaba aún a ser una fe como la Iglesia la entendía. Ni él había de someterse como catecúmeno hasta veinticinco años después, en su lecho de muerte, y aun entonces recibió el bautismo de manos de un hereje.

Por algún tiempo todavía la Iglesia no logró más que el derecho de vivir, logro no poco considerable, desde luego. Pero en la amistad personal de Constantino con los cristianos, en su creciente indiferencia hacia los gentiles, en su magnífica generosidad con los antiguos centros de piedad cristiana, podían leerse los signos de próximos cambios.

El clero cristiano fue puesto en igualdad de derechos con los sacerdotes paganos en la cuestión de exenciones de cargas civiles. Podía testarse en favor de las iglesias. La crucifixión y las leyes contra el celibato fueron abolidas. Ninguno de esos favores se hizo extensivo a las comunidades disidentes, como los marcionistas y montanistas, por ejemplo. Y en su entusiasmo por preservar la unidad religiosa y disciplina, el emperador se mostró tan activamente hostil a los nuevos disidentes, como los donatistas, que ninguno de los interesados en la futura libertad de la Iglesia tenía por qué inquietarse.

Licinio fue derrotado y muerto en 323, pero sólo cuando a la muerte de Constantino, tras catorce años de gobierno unitario, se repartieron el imperio sus tres hijos, empezó realmente el movimiento para la aniquilación del paganismo. Se promulgaron leyes prohibiendo el ejercicio público de ritos paganos y aun el culto privado (341-353). Se prohibieron los sacrificios bajo pena de muerte. Pero donde los paganos eran numerosos y fuertes, esas leyes quedaron en letra muerta, y en ninguna parte se encuentran testimonios, o indicios de testimonios, que revelen la existencia de mártires del paganismo. El propio emperador que más hostil se mostró, Constancio II (337-361), fue al mismo tiempo un violento perseguidor del cristianismo ortodoxo... ¡y llamó a los paganos como aliados suyos !

El sucesor de Constancio II fue el infausto joven que ha pasado a la historia con el nombre de Juliano el Apóstata. En el aislamiento de su niñez, era el único superviviente de una hueste de parientes de Constantino asesinados a la muerte del emperador en interés de sus tres hijos, fue educado en el arrianismo. El único cristianismo que conocía era esta escuálida caricatura. La vida cristiana se le había presentado como una sucesión de interminables y áridas controversias, en las que las distintas sectas arrianas luchaban por la hegemonía. De ahí que los cultos filosóficos helénicos, a los que fue introducido cuando contaba veinte años, le deparasen un gran consuelo. A partir de entonces se entregó decididamente a ellos, y una vez en el poder se propuso establecer como religión del estado este neoplatonismo semimágico, con su promesa de un íntimo contacto con la divinidad y su práctica de una mística exaltación.

Hizo que en todas partes volvieran a abrirse los templos, a ofrecerse sacrificios. Su conocimiento del cristianismo le brindaba un modelo para la reorganización. El paganismo tendría ahora un credo y una ley moral. Sus sacerdotes practicarían la virtud y se entregarían a la oración, a la predicación y al apostolado. Persiguió a los cristianos, pero no atacándolos de frente, sino apartándolos de toda actividad cultural de la época, prohibiéndoles enseñar y aprender, acosándoles con disposiciones vejatorias y consintiendo el inevitable recrudecimiento de los antiguos odios paganos.

Adónde se hubiese llegado por este camino, es algo que dejamos a las suposiciones: el único auténticamente consagrado a la nueva fe era el emperador. Pero el 244 de junio de 363 fue muerto en el campo de batalla, despues de un reinado de apenas dieciocho meses. "Venciste, galileo", dicen que exclamó ; y, en efecto, todo había terminado. Su artificial y pedantesca reconstrucción se derrumbó inmediatamente, causando la irrisión de cuantos fueron testigos del hecho.

Bajo los sucesores de Juliano, el imperio volvió a la política del edicto de Milán ; pero cuando, en occidente, Graciano (375-383) sucedió a su padre Valentiniano I, y en el imperio oriental Teodosio (379-395) sucedió a Valente, se reanudó el movimiento antipagano. Graciano rehusó el título y ministerio de sumo pontífice, que incluso los emperadores cristianos habían retenido hasta entonces, y procedió a retirar los privilegios al paganismo, suprimiendo todas las exenciones tributarias de que venía gozando y confiscando las rentas y propiedades de los colegios sacerdotales. Teodosio prohibió todos los sacrificios de divinización y en 391, clausuró todos los templos. El paso siguiente fue la prohibición hasta del ejercicio privado del culto pagano. No quedaron esas leyes sin ejecución, pero a la muerte de Valentiniano II (392) sucedió una efímera restauración del paganismo en la propia Roma. A los dos años Teodosio había aplastado al usurpador, Eugenio, que la había patrocinado. Ahora era el dueño absoluto del mundo romano, y el Senado de Roma votó la abolición oficial de los cultos paganos.

No hubo represalias cristianas como consecuencia de la victoria ; San Ambrosio, obispo de Milán, miró por ello, pero a partir de entonces el estado romano no solamente no fue pagano, sino definitivamente cristiano. Teodosio es el primer emperador realmente cristiano. Hizo del cristianismo la ley de la nación, dio a sus obispos un puesto en el estado y reconoció la jurisdicción de los mismos en todos los asuntos concernientes a la vida de los cristianos. Los días festivos de la Iglesia pasaron a ser de fiesta general, santificándose también la Cuaresma.



El problema del emperador católico

El imperio, lo mismo que el emperador, eran ahora cristianos ; pero esta misma victoria trajo consigo una nueva inquietud, un problema que había de impedir constantemente durante siglos el progreso del Evangelio, obligando a la Iglesia a concentrar todas sus energías en defensa de su misma existencia ; un problema que sigue aún perturbando y dificultando la actividad católica : el problema de las relaciones del estado católico con la Iglesia católica. En su forma primitiva, tal como se planteó a los cristianos de los siglos III y IV, se reducía al problema del lugar que había de darse al personaje que era el dueño omnipotente del mundo romano. Su voluntad, un simple capricho suyo, eran ley para millones de seres y, durante siglos, la mayoría de sus súbditos lo consideraban un semidiós. ¿Acaso ahora se contentaría, como cristiano, con sentarse en un banco y dejar que le enseñaran su catecismo, recibir los sacramentos, cultivar una vida espiritual, hacer liberalmente limosnas y asegurar a la Iglesia en sus propiedades y en su derecho a gozar de protección? ¿Podía alguien, humanamente, esperar que el omnipotente emperador se aviniese a ser un simple individuo en la vida de este imperio espiritual radicado dentro de su propio imperio? ¿ Se podría esperar que se conformase con no ser más que eso?

El nuevo problema de la posición legal del emperador cristiano dentro de la Iglesia cristiana presta un interés especial a los sucesos que llenan los tres siglos siguientes, esto es, las grandes controversias teológicas. Los misterios fundamentales de la religión quedan nuevamente fijados en una terminología cuidadosamente elegida que no deja lugar a interpretaciones ambiguas, y, en segundo lugar, las controversias brindan al emperador la oportunidad de apoderarse de la Iglesia y hacer de ella un órgano del estado.

La trascendencia de los sucesos y la potente personalidad de los principales actores del drama hacen de este uno de los períodos más sugestivos de la historia. No se trataba precisamente de meras controversias de teólogos : la población entera participaba apasionadamente en ellas. Las principales etapas de la contienda arriana se vieron acompañadas de grandes demostraciones populares, con tumultos y riñas callejeras. En Éfeso, en el año 431, el pueblo escoltó a los obispos ortodoxos hasta sus residencias, después de la definición de la fe, con procesiones de antorchas. Así también, la conmoción que se siguió en Calcedonia fue, como se verá, una especie de guerra civil en Oriente, que sólo terminó cuando esas provincias se perdieron para el imperio en el siglo VII.

Lo embarazosa, y aun perniciosa, que para la causa de la verdad podía llegar a ser la nueva protección imperial, había de evidenciarse con tremenda claridad en los cincuenta años que siguieron a la conversión de Constantino. En la mitad oriental del imperio comenzó a retoñar la herejía que había perturbado a la Iglesia unos cien años antes, negando a la segunda persona de la Trinidad, Dios Hijo, la divinidad en el sentido en que el Padre la posee. El movimiento que, en Oriente, brindaba ahora al emperador la oportunidad de intervenir en los asuntos de la Iglesia, estaba así relacionado con un dogma fundamental para la vida cristiana. Si el Hijo no era realmente Dios, entonces Jesucristo no era sino una criatura; y en tal caso, ¿que se podía esperar de su sacrificio redentor, de su misión como maestro y fundador de la Iglesia?.



La crisis del arrianismo

La herejía no era nueva. Cuando anteriormente se había manifestado. su sino había sido el de todas las primeras rebeliones contra la tradición. Los obispos, como guardianes de la tradición, la habían condenado, advirtiendo a los fieles que esto no era cristianismo, y al fin los innovadores. expulsados de la Iglesia, habían formado un cuerpo disidente fuera de ella. Nunca habían conseguido, desde su condenación, mantener al mismo tiempo su puesto en la Iglesia y sus opiniones heréticas. La reaparición de la herejía traería consigo un cambio radical en esta materia. Los heresiarcas serían condenados una vez más, pero ahora resistirían la expulsión y, apoyados por el emperador cristiano, más interesado en evitar tumultos que en proteger la pureza de la fe, seguirían conservando sus puestos y desempeñando sus funciones en la Iglesia. Incluso retendrían, por un momento, casi todos los puestos claves, hasta poder llegar a decir un día San Jerónimo : "Todo el mundo se dolió y se asombró de ser arriano"

El nuevo hereje era un sacerdote alejandrino, Arrio, predicador de gran estilo y hombre de extraordinaria cultura. Denunciado rápidamente a su obispo, se convocó un concilio que condenó sus teorías. Arrio, no obstante, se negó a someterse y quedó privado de su iglesia. El obispo de Alejandría mandó circulares a los otros obispos, notificándoles la herejía y la sentencia dictada contra el hereje. Arrio no se mostró menos activo y rápidamente se atrajo la simpatía de un amigo de los primeros tiempos, Eusebio, su condiscípulo en la escuela teológica de Luciano de Antioquía, donde había adquirido sus primeras ideas heréticas. Eusebio, como obispo de la capital imperial, Nicomedia, era ahora todo un personaje, que añadía a su posición, su parentesco con la familia imperial, resultando su adhesión a Arrio un factor de gran importancia.

Se inició entonces una viva polémica literaria y controversista que convirtió el Oriente cristiano en escenario de conflictos y disputas. Constantino, celoso del orden público y escandalizado ante el apasionado despliegue de sentimientos, meditó la manera de poner término a los disturbios. Quien fue el que sugirió la fórmula adoptada no lo sabemos, pero el caso es que, por orden del emperador, todos los obispos del mundo romano fueron convocados en Nicea, población muy próxima a la capital, para participar en un gran concilio que juzgaría todo lo referente a la cuestión y restablecería la paz.

El concilio se reunió en junio del 325, y en él tomaron parte unos trescientos obispos bajo la presidencia del emperador y de Osio, obispo de Córdoba, su principal consejero en materia religiosa. La Iglesia romana estaba representada por dos sacerdotes, a los que se reservó un sitio de honor y cuyas firmas encabezaron la larga lista de suscripciones al pie del edicto publicado por el concilio.

Los defensores activos de Arrio fueron poco numerosos. El concilio se mostró tan hostil a sus teorías, que sus amigos no se atrevieron siquiera a hablar por él, sino que disimularon y se sumaron a la petición de su condena. Sólo dos obispos votaron contra la misma, y ambos, con su protegido, fueron castigados inmediatamente con el destierro.

Este último punto debe tenerse en consideración. Por primera vez el estado interviene, no solamente urgiendo la convocación de un concilio eclesiástico, o para dar un cierto "tono" a sus actos, sino para imponer una pena civil a los herejes recalcitrantes condenados por la Iglesia.

A partir de su sentencia, Arrio queda relegado a último término y el jefe del movimiento, en los decisivos quince años siguientes, es Eusebio de Nicomedia. Éste era demasiado astuto para intentar cualquier revocación directa de lo decretado en Nicea. Su política consistió en proponer, en vez de aquella definición rígida e inequívoca, nuevas fórmulas intencionadamente vagas y ampliamente comprehensivas, que los católicos pudiesen interpretar en un sentido tradicional y los arrianos en un sentido arriano. Así los arrianos podrían seguir dentro de la Iglesia. No se producirían tumultos y se guardaría una apariencia de unidad y buen orden.

A esta sagaz política, no polemística, sino "práctica", atrajo Eusebio a Constantino y, después de la muerte de este (337), a su segundo hijo Constancio II (337-361). Fue el obispo de Nicomedia quien organizó la facción y quien, en constante actividad, se ingenió para transformar lentamente el episcopado oriental, con la deposición de los obispos católicos, sustituyéndolos por arrianos, y todo ello con el activo apoyo de la corte, llegando el emperador a facilitar policía y tropa para hacer cumplir los cambios por la fuerza. Las secuelas de los sucesos de Nicea fueron medio siglo de anarquía eclesiástica, de la que el cristianismo oriental jamás llegó a reponerse en realidad, y el comienzo de la injerencia imperial en los asuntos eclesiásticos como un elemento permanente de la tradición cristiana.

El gran campeón de la doctrina nicena a lo largo de todos esos años fue el obispo de Alejandría, San Atanasio, sucesor del obispo que había condenado a Arrio, y alma del concilio. Desplazar a este poderoso y dotado caudillo era uno de los principales objetivos del partido de Eusebio. Repetidamente se le acusó ante el emperador de graves crímenes. Sínodo tras sínodo, al fin se le destituyó, proveyendo el emperador su sede, por dos veces, con un arriano. Cinco veces fue desterrado y una de ellas, puesto precio a su cabeza, pasó siete años oculto en los desiertos del sur de Egipto.

Cuando Constancio II llevaba diez años gobernando en Oriente (347), la Iglesia se había dividido en dos bandos. En aquella parte del imperio no quedaba un solo obispo que defendiera abiertamente el credo de Nicea ni la inocencia de su principal campeón, San Atanasio. El poder imperial había, efectivamente, ahogado la voz del episcopado. Sólo en la mitad occidental del imperio, donde el emperador (Constante) era católico, gozaba de libertad el cristianismo.

El 350, Constante fue asesinado y en los cinco años que siguieron, su hermano y sucesor arriano se empeñó en someter también el Occidente a esta nueva religión cortesana. Los métodos adoptados fueron los mismos que se habían empleado en Oriente: nada de posiciones abiertamente enfrentadas con Nicea. Se aceptarían las nuevas fórmulas de compromiso; se celebrarían concilios particulares presididos por el emperador y sus funcionarios, donde aparecería la tropa para asegurar el cumplimiento de su voluntad; y se procedería, finalmente, a la deposición y destierro de los obispos que no se dejaran convencer, colocando en su lugar a otros arrianos.

El plan imperial culminó en el concilio combinado que se celebró en 359, en Rimini para Occidente y en Seleucia para el Oriente, donde, bajo presión, prácticamente la totalidad del episcopado se avino a suscribir una definición ambigua de la fe, que podía interpretarse en un sentido herético.

Fue una victoria infructuosa, pues inmediatamente se produjo una revolución política y el emperador murió. Su sucesor fue Juliano el Apóstata. Tras su efímero reinado, gobernaron de nuevo emperadores católicos en Occidente y, eliminada la presión arriana, el episcopado volvió espontáneamente a la ortodoxia tradicional. En Oriente se reanudaron las viejas contiendas, pues allí gobernaba de nuevo un arriano : Valente (364-378). Su gran antagonista fue el obispo de Cesárea de Capadocia, San Basilio; la muerte de este gran hombre (379) justamente cuando las perturbaciones se aproximaban a su fin, constituye una de las grandes tragedias de la historia.

Porque Valente murió en el campo de batalla en 378, y su sucesor Teodosio el Grande (379-395) era católico. El nuevo emperador decretó en público edicto que todas las religiones que difiriesen de "la fe claramente enseñada por el pontífice Dámaso y por Pedro, obispo de Alejandría", eran heréticas, debiendo, en consecuencia, ser abandonadas. Esto señaló el fin del patrocinio estatal del arrianismo, que desapareció desde entonces como fuerza importante en la vida del imperio, aunque sobrevivió, con muy graves consecuencias, como religión de los diversos pueblos bárbaros convertidos del paganismo en el siglo IV, por ejemplo, los godos.

Teodosio hizo todavía más, convocando un concilio ecuménico en Constantinopla el año 381, que habría de reorganizar el Oriente después de tan prolongada anarquía. El símbolo de Nicea y su famoso término homoousion 1 para definir la relación entre Dios Hijo y Dios Padre, cuyo empleó distinguió a los católicos de los arrianos, fueron de nuevo proclamados oficialmente. La perniciosa costumbre, en vigor solo desde los días de Eusebio, de que los obispos interviniesen en los asuntos de otras sedes, quedó atajada con la nueva legislación, lo mismo que la injerencia imperial en la elección de obispos. El concilio, más perjudicial aún que los anteriores, como lo habían de demostrar los hechos, confirió al obispo de Constantinopla un nuevo y espléndido privilegio. En adelante se hallaría en un grado superior a todos los demás obispos del mundo, con la única excepción del Papa. Aunque su jurisdicción siguió restringida a su diócesis, con este privilegio se sembraron los vientos de muchas tempestades. Porque ¿hasta cuándo el segundo obispo del mundo se contentaría con la exigua jurisdicción de su diócesis? ¿Cuánto tiempo pasaría sin que su primacía honoraria empezara a convertirse en primacía efectiva a impulso de la ambición episcopal y los intereses del emperador? Además, el principio que sustentaba esta rara distinción era nuevo y anticanónico : se declaro que al obispo de Constantinopla le competía esta primacía por ser Constantinopla la capital del imperio, la nueva Roma.

Entretanto, no obstante, la Iglesia de Oriente se emancipó de la tiranía arriana, y durante unos años reino la paz. Mas no por mucho tiempo. Para los obispos de Alejandría, el concilio del 381 significaba un descenso de categoría. Y en las elecciones para obispo de Constantinopla en el año 381, y de nuevo en el 397, el candidato alejandrino fue rechazado. Teófilo, el poderoso prelado de la capital egipcia, que encarnaba el patriotismo local de ese viejo y misterioso país, espero su hora. Político hábil, acaudalado y poco escrupuloso, dio el golpe en el 404. El obispo de Constantinopla era San Juan Crisostomo, y Teófilo, con falsas acusaciones, consiguió su destitución y destierro. Tanto el emperador como Teófilo eran católicos; no se trataba, por tanto, de herejías. Pero, por mandato del emperador, la ley canónica podía, efectivamente, ignorarse. En Oriente todo dependía de la corte, y como la corte era católica, nadie rehusaba actuar bajo su responsabilidad aun en cuestiones eclesiásticas, aunque ello resultara anticanónico.



Nestorio y el Concilio de Éfeso

Roma, informada solamente cuando todo había sucedido, protestó y excomulgó al obispo de Alejandría y al intruso sucesor de San Juan Crisóstomo. Más no podía hacer. Veinticinco años después surgió una nueva llamarada, esta vez en mejores circunstancias. La nueva controversia se centraba, una vez más, en torno al obispo de Constantinopla, desde el 427 Nestorio, que culmino en el concilio ecumenico de Éfeso del año 431. Esta vez la disputa afectaba a una verdad fundamental del cristianismo. ¿Como puede Jesucristo ser a la vez Dios y hombre? En su esfuerzo por sintetizar estos dos términos, habían naufragado ya muchos pensadores al enseñar que la sagrada humanidad no era una realidad, sino una apariencia solamente. En cambio, Apolinar de Laodicea a finales del siglo IV había enseñado que, aunque Cristo tenía un cuerpo realmente humano, era su divinidad lo que en Él ocupaba el lugar del alma. Esta doctrina, naturalmente, había sido condenada. La solución de Nestorio añadía a la anterior que en Jesucristo no hay una sino dos personas, en cuanto es verdadero Dios y en cuanto es verdadero hombre. Esta sutil discusión había andado durante años entre los teólogos, pero en 428 apareció súbitamente en una forma que turbó a toda la Iglesia, al enseñar un predicador en Constantinopla que era un error dar a María el título de Madre de Dios. Ella era simplemente madre de Aquel en quien Dios "inhabitaba" como en un templo. Inmediatamente surgieron protestas y, cuando Nestorio apoyó al predicador y castigo a los críticos de este, hubo escenas de protesta.

Sobre la marejada de Alejandría todas esas noticias atizaron y pusieron en movimiento a un personaje más grande aún que Nestorio. Se trata de Cirilo, que, en 412, había sucedido a Teófilo, su tío, como obispo. San Cirilo no solo era un teólogo muy versado en este tema particular, sino un pensador de gran fuerza intelectual. Como su tío, cuidaba de ordenar las cosas con gran habilidad y, como él, recelaba en extremo de la escuela teológica antioquena; y Nestorio, como San Juan Crisóstomo, era un antioqueno.

Envió a Nestorio una enérgica protesta, denunciándole a la vez al emperador y al Papa. Con esta intervención se inicia uno de los capítulos más complicados de la historia eclesiástica. Aquí no podemos más que indicar los elementos que la integraron, a saber: 1) los errores de Nestorio ; 2) la fe tradicional defendida por Roma, por Alejandría y por Antioquía; 3) la posición de las definiciones teológicas adaptadas por Alejandría y Antioquía, que no diferían tanto en la esencia como en su expresión, y que suponían el problema enfocado desde puntos de vista distintos ; 4) la disensión triangular que a lo largo de cuarenta años venía enemistando a las sedes de Alejandría, Antioquía y Constantinopla; 5) el hábito imperial de dirimir esas contiendas y el de todo litigante, exceptuado el Papa, de recurrir al apoyo del emperador para esos asuntos ; 6) las personalidades de : Cirilo, autocrático ; Nestorio, inquieto, titubeante y fatuo ; y Teodoreto (el jefe antioqueno), teólogo más erudito que Cirilo y más hábil escritor, convencido hasta el día de su muerte de que Cirilo era un apolinarista ; 7) la gran distancia de Roma y su dependencia de Alejandría como delegada suya en el Oriente.

El Papa, recibida la apelación de San Cirilo -Nestorio ya había escrito a Roma-, condenó a Nestorio y encargó a San Cirilo la notificación de la sentencia acogiendo su sumisión. Caso de no someterse, Nestorio debería ser depuesto. Pero San Cirilo fue más lejos de lo previsto por las instrucciones de Roma, y para prevenir cualquier evasiva por parte de Nestorio, redactó doce proposiciones que Nestorio debía suscribir. Pero estas proposiciones eran alejandrinas en su terminología, debiendo sonar a apolinaristas a todo antioqueno, con el agravante de que tampoco Roma las había autorizado como su propia exposición de la fe.

Entretanto, Nestorio había recurrido al emperador en demanda de un concilio que juzgara toda la cuestión, idea en que coincidió el Papa, nombrando al efecto tres legados para que le representaran en el concilio.

El cometido de San Cirilo podía darse por terminado ante la nueva providencia. Pero las doce proposiciones eran del dominio público y su aparición había hecho que se extendiera la disputa. Todos los obispos de Palestina y Siria, los antioquenos, se habían levantado contra el intento de imponer los puntos de vista alejandrinos.

La apertura del concilio estaba señalada para el domingo de Pentecostés del 431 en Éfeso. Allí estaba Nestorio en esta fecha, así como San Cirilo con su séquito egipcio. Pero ni los antioquenos, ni los legados romanos habían llegado todavía. Se concedió un plazo de espera de quince días y al expirar, a despecho de las protestas de 68 de los 159 obispos presentes y de los comisionados imperiales, San Cirilo procedió a la apertura del concilio que presidió el mismo.

Nestorio, llamado a comparecer, se negó a reconocer el concilio. Su doctrina fue ampliamente examinada y condenada por unanimidad, siendo depuesto a continuación, en virtud de las facultades conferidas por el Papa a San Cirilo. Cuatro días después llegaron los antioquenos, constituyeron por su cuenta un concilio y, sin más, excomulgaron al anterior y a su presidente San Cirilo, condenando sus doce proposiciones como heréticas. Por fin llegaron los legados de Roma.

Éstos se unieron a San Cirilo y, en presencia de los mismos, el concilio celebró su segunda sesión. Dióse lectura a la carta que el Papa dirigía al concilio, conteniendo la solución del problema dogmático debatido y, como los legados cuidaron de explicar, la petición de que el concilio la aceptase. A continuación los legados ratificaron cuanto se había hecho en la primera sesión y excomulgaron a los antioquenos, empeñados en mantenerse apartados.

El obispo de Antioquía apeló al emperador. Él era quien, según los planes del propio emperador, hubiera debido presidir el concilio; y respondiendo a la apelación, el emperador actuó. Sería excesivamente largo referir cómo el emperador sancionó los edictos de ambos concilios, arrestó lo mismo a San Cirilo que a Nestorio, y cómo finalmente cambió de opinión restituyendo a San Cirilo y desterrando al obispo de Constantinopla. Con su decisión final, en septiembre de 431, la complicada cuestión quedó terminada. La amarga herencia por ella legada fue el abismo de incomprensión que se abrió entre Alejandría y Antioquía, nueva y grave división en el Oriente católico. El Papa se negó a ratificar la excomunión de los antioquenos, pero les ordenó que aceptasen los mandatos de Éfeso, una vez que estaban confirmados por Roma. Sólo una cosa se cruzaba en el camino : las sospechas de los antioquenos de que San Cirilo no era ortodoxo. Era necesario que se explicase en un lenguaje que ellos pudieran reconocer como católico. Esto se hizo en el 433. San Cirilo se avino a suscribir una fórmula, redactada por Teodoreto, que hablaba de "la unión de las dos naturalezas" en Jesucristo. Una vez más hubo paz, después de cinco tormentosos años ; pero, a pesar de ello, perduró la semilla de futuras perturbaciones.

De los que tomaron parte en los grandes sucesos del 431, todos menos tres habían muerto cuando, en 448, surgieron de nuevo mutuas diferencias. Esos tres eran el emperador Teodosio II, Teodoreto y el propio Nestorio, dedicado en su destierro a consignar en sus memorias, descubiertas hace pocos años, la crisis por él vivida.

El agresor era, esta vez, Eutiques, superior de uno de los numerosos monasterios de Constantinopla, y el blanco de su ataque, Teodoreto.

El monje era ignorante, pero influyente. El principal ministro de la corte era su ahijado, y cuando Teodoreto replicó a las impugnaciones que se le dirigían, se le acusaba de ser nestoriano, siendo juzgada su ortodoxia por la versión eutiquiana de lo que había enseñado San Cirilo, el emperador puso fin a la discusión prohibiendo al obispo que llevase adelante la controversia y confinándole a su sede fronteriza.

Eutiques intentó entonces conseguir que el Papa aprobara sus opiniones, la principal de las cuales defendía la unicidad de naturaleza en Jesucristo, que sólo poseería la divina 2 ; pero en ese momento fue denunciado como hereje a su propio obispo, Flaviano de Constantinopla, con lo que surgió amenazadora en el horizonte otra gran crisis.

Una vez más la rivalidad entre las grandes sedes jugó un papel importante. Durante toda esta campaña contra Teodoreto, el monje había tenido el apoyo del obispo de Alejandría, el sucesor de San Cirilo, Dióscoro. Flaviano, otra curiosa semejanza con el año 431, era también antioqueno. Conociendo el poder de Eutiques en la corte, la influencia de Dióscoro y los triunfos alejandrinos del 404 y 431, a Flaviano no le quedaron deseos de convertirse en juez del monje. Sin embargo, no tuvo más remedio que actuar, y de actuar, necesariamente tenía que condenar a Eutiques.

El monje apeló a Roma y Alejandría. Dióscoro condenó la sentencia pronunciada contra él y pidió al emperador un concilio ecuménico para juzgar la cuestión.

Los acontecimientos empezaron a desarrollarse entonces según la pauta del 431. El Papa, San León I, consintió en la celebración del concilio y nombró dos legados. Dirigió un escrito al concilio y confió a los legados una resolución dogmática: el llamado Tomo de San León. El concilio se reunió en Éfeso el 8 de agosto de 449, en la misma basílica que el 431. Presidió Dióscoro, obispo de Alejandría.

Lo que siguió fue una serie de atropellos. El presidente empezó por excluir a todos los que habían tenido alguna participación en la sentencia de Eutiques y a todos los sospechosos de hostilidad hacia el monje, imponiendo su voluntad al concilio con amenazas de destitución, de destierro, e incluso de muerte, con un gran despliegue de fuerza armada puesta a su disposición por el gobierno. Eutiques fue repuesto; se depuso a Flaviano y a Teodoreto, y las doce proposiciones de San Cirilo, tomadas en su sentido eutiquiano, fueron adoptadas oficialmente como definición dogmática. Flaviano, encarcelado, murió a causa de los malos tratos.

Los legados romanos protestaron, mas no fueron oídos, y sólo la huida les salvó de correr la misma suerte que Flaviano.

Una vez más la herejía triunfó en Oriente, y sólo porque los herejes contaban con el apoyo del emperador. Y una vez más, también, Alejandría había triunfado sobre Antioquía derrocando al obispo antioqueno de Constantinopla por tercera vez en cincuenta años. Conviene no olvidar este último aspecto del proceso, pues en la próxima reversión de los acontecimientos del 449, el orgullo alejandrino había de sentirse herido tan en lo vivo que provocaría una permanente rotura de la unidad religiosa.

Los doce meses que siguieron al triunfo de Dióscoro no presenciaron sino inútiles protestas del Papa ante el emperador por lo que se había hecho. Hasta abril de 450 no replicó Teodosio II, y entonces proclamó el derecho de Oriente a arreglar sus propios asuntos. Pero el Papa se negó a reconocer al nuevo obispo de Constantinopla, el sucesor de Flaviano, hasta tanto no aceptase la definición dogmática romana publicada en el Tomo del 449. La confianza de la Iglesia oriental en la corte se puso dramáticamente de manifiesto cuando, el 29 de julio del 450, Teodosio II perdió la vida en una caída de caballo. Sus herederos, su hermana Pulqueria y el marido de ésta, Marciano, eran católicos. Así, los obispos desterrados fueron devueltos a sus sedes y se convocó el concilio que había estado reclamando San León desde que le llegaron las noticias de la asamblea 3 del 449. pidiéndose al Papa que lo presidiera.



Concilio de Calcedonia

Éstefue el concilio ecuménico de Calcedonia, que se reunió en octubre de 451. Dióscoro era esta vez el acusado. Fue condenado, depuesto y desterrado. A continuación se aceptó la definición dogmática del Papa entre grandes aclamaciones, mientras los obispos gritaban : Es Pedro quien está hablando por boca de León". Teodoreto fue repuesto, y con él otras víctimas del "latrocinio" de Éfeso.

A continuación el concilio se ocupó de los asuntos disciplinares. Los obispos presentaron una enérgica protesta contra la injerencia imperial en los asuntos de la Iglesia, y ajustaron de nuevo la jurisdicción de las diversas sedes importantes de Oriente. A Jerusalén se le concedió el mismo rango, el de sede patriarcal, que tenían Antioquía y Alejandría, y se creó, además, un nuevo patriarcado para Constantinopla, cuya primacía de honor después de Roma quedó confirmada, convertida a la vez en la sede del tribunal de apelación para todo el Oriente. Esta confirmación de la primacía se llegaron a admitirla los legados del Papa, y San León los apoyó, declarándola nula, lo mismo que el canon del 381 en que estaba basada. A esto replicó el obispo de Constantinopla en una especie de desaprobación de cuanto se había hecho. Era todo lo que el Papa podía esperar, y de ese modo poco satisfactorio terminó de momento el asunto (453).

Otra secuela del concilio, más violenta aún, absorbía en aquellos momentos la atención del emperador, y por supuesto del Papa y de todo el episcopado oriental: una amplia rebelión extendida por Egipto y por Siria contra la nueva definición dogmática.

Para el cristianismo egipcio, Calcedonia había sido una tremenda derrota. Después de salir tres veces triunfante en la lucha contra Constantinopla, Alejandría había sido abatida al fin. Tras una larga historia de campeona de la ortodoxia, veía ahora su teología condenada como herética. Egipto era la primera patria del recien nacido monaquismo, y el obispo de Alejandría se había convertido en una especie de patriarca de todos los monjes del mundo. San Anastasio, Teófilo, San Cirilo y Dióscoro, todos ellos se habían visto apoyados en sus conflictos por ejércitos de esos agradecidos solitarios y cenobitas. Al menor indicio de una próxima crisis comenzaban a pulular a millares moviéndose en defensa de su arzobispo y de sus ideas. De nuevo se desparramaron por todo el Oriente, esta vez para denunciar al concilio de Calcedonia excitando contra él todo el latente nacionalismo de Egipto y de Siria y presentándolo como obra de la tiranía imperial helénica.



El problema de los monofisitas

Los obispos regresaron del concilio para encontrar sus sedes ocupadas por monofisitas, y hasta que el gobierno envió tropas en su ayuda no pudieron recuperar sus iglesias o mantenerse en sus posiciones.

Durante veinticinco años continuaron esos desórdenes entre obispos católicos y monofisitas que reclamaban las grandes sedes, librándose los católicos de la muerte únicamente gracias a la protección armada del gobierno. El imperio occidental había casi desaparecido en los ochenta años que siguieron a la muerte de Teodosio el Grande, y ahora el oriental se veía amenazado con la perdida de los dos tercios de su territorio por esta funesta división religiosa. Poner remedio a esta división, reconciliar a los monofisitas, era desde este momento la primera necesidad de cualquier política imperial.

Veinticinco años de represión por la fuerza física no habían conseguido en absoluto reducir a los monofisitas, cuando, en 477, un pro-monofisita usurpó el trono. Su mandato duró sólo dos años, pero en ese período preparó una inmensidad de nuevas dificultades para el catolicismo con la nueva política de compromiso que inauguró. Para los monofisitas, el escollo lo constituían Calcedonia y la definición dogmática romana allí aceptada. Cualquiera que fuese el matiz de sus creencias, y entre ellos ya existían sectas, todos coincidían en condenar la fórmula de San León, tildándola de herética. Quienquiera que aceptase a Calcedonia, para ellos era necesariamente un nestoriano.

El usurpador, Basilisco, publicó entonces una declaración de fe que todos los obispos tuvieron que suscribir. Repetía la condenación hecha en Éfeso en 431 y aceptaba el Latrocinio de 449. Condenaba también a Eutiques, pero al mismo tiempo condenaba a Calcedonia y la fórmula de San León.

Esta declaración, llamada el Encyclion, fue la primera de una serie, publicadas sucesivamente por los emperadores durante los ciento cincuenta años siguientes, para lograr la unión de católicos y monofisitas a base de constantes concesiones a ambos partidos. Fue la única, no obstante, que contenía una repudiación explícita de Calcedonia. Sin embargo, constituyó un gran éxito, y todos los obispos católicos de la Iglesia oriental la suscribieron, con una notable excepción.

Esta excepción fue Acacio, patriarca de Constantinopla, que llegó a ser el principal consejero del repuesto emperador Zenón cuando el usurpador fue derrocado (4i7). El Encyclion fue retirado y los obispos obedecieron, con la misma unanimidad y prontitud, la nueva orden imperial de retractarse de las firmas estampadas al pie de la declaración.

Acacio había sido el único héroe episcopal de la crisis del 477. Ahora, por una extraña fatalidad, había de convertirse en motivo de un cisma que duró treinta y cinco años y que, enseñando al Oriente la manera de ser católico sin el Papa, le ofreció la pauta para buena parte de su ulterior comportamiento y, tal vez, incluso para el gran cisma que todavía dura.

Las intenciones del patriarca eran buenas : reconciliar a los monofisitas, a muchos de los cuales mantenía apartados de la Iglesia una mera diferencia de terminología. El medio propuesto fue la aceptación, por ambas partes, de un nuevo formulario que expondría la fe sin ninguna referencia a la candente cuestión de Calcedonia y San León. Este formulario fue el Henoticon, publicado en 482, no por un concilio, o por Acacio, sino por el emperador. Una vez más había de restablecerse la disciplina eclesiástica y ponerse fin a la disputa dogmática por un edicto imperial.

El Henoticon citaba las definiciones de los concilios de Nicea, Constantinopla y Éfeso. Del mismo modo que condenaba a Nestorio a satisfacer a los monofisitas, así condenaba a Eutiques a satisfacer a los católicos. Incluía las doce famosas proposiciones de San Cirilo, pero no el Tomo de San León; y mientras no hacía mención alguna del "latrocinio", guardaba también silencio acerca de Calcedonia.

Difícilmente hubiera podido darse con fórmula de mayor habilidad teológica que salvara con igual maestría los escollos que amenazaban por ambos lados. Pero, implícitamente, proclamaba que era una cuestión evidente, una cosa sin importancia, un asunto que podía dejarse a la discreción de cada obispo, la resolución del único punto que precisamente dividía a los católicos y monofisitas : la ortodoxia de Calcedonia y San León. Y esto para aplacar a aquellos cuya negativa a la aceptación de Calcedonia les imprimía la marca de heréticos.

Lo mismo que el Encyclion del 477, la nueva fórmula tuvo un éxito inmediato. Todo el Oriente se sumó a ella, con su autor, Acacio, al frente, secundado por Alejandría, Antioquía y Jerusalén.

El Papa protestó y emplazó a Acacio a juicio. Pero en Constantinopla los enviados del Papa, después de sufrir prisión y hasta tortura, fueron ganados para la nueva causa. También ellos suscribieron el Henoticon. Entonces el Papa excomulgó a Acacio, que replicó con idéntica censura contra el Papa. El Oriente, salvo unos pocos individuos, estaba ahora totalmente perdido para la Iglesia. Una mitad era hereje, los monofisitas, y la mitad católica era cismática. Tal estado de cosas duró treinta y cinco años, y durante ese tiempo los monofisitas fueron ganando terreno sin cesar.

Acacio murió el 489.y Zenón en 491. El nuevo emperador, Anastasio I, era monofisita, y su reinado es notable por su intento de imponer el monofisitismo a los patriarcas de Constantinopla, que, aunque cismáticos, seguían firmemente unidos a la religión romana.

La más tremenda confusión se había apoderado de nuevo de los asuntos religiosos a todo lo ancho del imperio. Egipto se regía por el Henoticon, interpretado con fuerte espíritu anticalcedonio, como preludio para una futura condenación de Calcedonia. En Siria, los obispos aceptaban también el Henoticon, pero con una interpretación procalcedonia, mientras que los monjes andaban divididos. Constantinopla, exceptuada la corte, era católica menos en un punto : la negativa a abandonar el Henoticon y la memoria de Acacio, su promotor. Difícilmente podía decirse que la política del Henoticon había puesto fin a las diferencias religiosas o restablecido la antigua unidad política de Oriente; y a los treinta y cinco años de haberse iniciado, hacia el 511, Anastasio planeó una nueva política más decididamente anticalcedonia.

En ese momento surgió en la capital el hombre que había de ser, durante treinta años, el alma del partido monofisita, el más grande teólogo que produjo la secta y el verdadero fundador del monofisitismo como Iglesia autónoma, el monje sirio Severo. Gracias a su fuerte personalidad y a su talento político, que ahora por vez primera aunó las fuerzas monofisitas dispersas en la capital, el obispo antimonofisita de Constantinopla fue depuesto y sustituido por un hereje. Un cambio similar se llevó a cabo en Antioquía, cuya sede ocupó el mismo Severo, pasándose entonces los obispos de Siria a la interpretación más radical, monofisita, del Henoticon. En Jerusalén hizo alguna resistencia el patriarca, que por orden del emperador fue destituido y desterrado, ocupando su puesto un monofisita. Pero, a pesar de la actividad desplegada por Severo, que había colocado a monofisitas en todas las sedes principales, quedaba todavía bastante sentimiento antimonofisita (especialmente en la capital) y bastantes monofisitas disidentes en Siria para provocar al gobierno a una ulterior acción. Pero en ese momento, cuando los asuntos empeoraban lenta pero progresivamente, el anciano emperador (contaba ochenta y seis años) murió (9 de julio de 518). Su sucesor, Justino I, era latino y católico

La reacción fue instantánea. El pueblo recorría las calles de Constantinopla pidiendo el reconocimiento de Calcedonia y San León y la deposición de Severo. Un sínodo de obispos reconoció solemnemente los principios de Calcedonia; repuso el nombre de San León el puesto que le correspondía en la liturgia, y depuso y excomulgó a Severo, que entretanto ya había huido. En todas partes, excepto en Egipto, los católicos llevaron ventaja, y al mes de su elevación al trono el nuevo emperador había ya escrito al Papa, Hormisdas, pidiendo que levantase la excomunión y se restableciera la comunión con él.

Hasta marzo siguiente (519) no llegaron a Constantinopla los legados pontificios portadores de un documento que todos los obispos debían firmar en testimonio de su fe católica y como condición de su reconciliación. Ésta es la famosa Fórmula del Papa Hormisdas. Reconoce que la fe de la Iglesia Romana nunca ha fallado, según las palabras de Nuestro Señor a su primer obispo "Tú eres Pedro..." Condena a Eutiques lo mismo que a Nestorio (asociando a San Cirilo con el Papa en esta última condenación). Reconoce explícitamente las decisiones de Éfeso lo mismo que las de Calcedonia. Condena por sus nombres a todos los jefes monofisitas, incluido Acacio, y a todos sus partidarios. Acepta explícitamente el Tomo de San León y, finalmente, reprueba a todos los "apartados de la comunión con la Iglesia católica, esto es, los que no se someten a la Sede Apostólica".

El emperador propuso una conferencia para discutir la fórmula, pero los legados se mostraron firmes. Ellos habían venido simplemente a recoger firmas. El patriarca la suscribió, y así lo hicieron todos los demás obispos presentes en la capital, y seguidamente los delegados llevaron la fórmula a todos los obispos de Oriente.

En la capital la tarea fue fácil. Fuera de Constantinopla las cosas eran muy distintas. En muchos lugares, Éfeso, por ejemplo, y Tesalónica, hubo oposición por parte de los que, monofisitas de corazón, no estaban dispuestos a condenar con Acacio a sus sucesores que, durante el cisma, habían sufrido por su resistencia al emperador monofisita, Anastasio. La mayoría de los obispos del propio patriarcado de Severo firmaron ; cuarenta, no obstante, se negaron, y los monjes se resistieron en todas partes. Sólo fue posible vencerlos mediante un encarcelamiento general. Se cerraron sus monasterios y se expulsó a los eremitas de sus soledades, medidas que contribuyeron grandemente a la causa monofisita, pues de este modo se desparramaron sobre Siria miles de vehementes apóstoles que predicaban, dondequiera que fuesen, contra los obispos y el Concilio de Calcedonia. Severo, desde su escondite, dirigía todo el movimiento, y sacerdotes y diáconos fueron ordenados a cientos para que ocupasen el puesto de los que habían "caído" al someterse al Papa Hormisdas. En cuanto a Egipto, se preveía con tanta certeza la resistencia general a cualquier intento de restauración católica, que el gobierno respetó el estado de cosas reinante, y a Egipto empezaron a confluir todos los prófugos y expatriados del resto del imperio.

El problema monofisita, por tanto, siguió constituyendo una fuente de desórdenes políticos crónicos en el imperio, manteniendo sobre la Iglesia la amenaza constante de que, siempre que pareciese ventajoso para el mantenimiento del orden o la defensa imperial, el emperador' no vacilaría en comprometer un artículo de fe. Con el advenimiento del emperador Justiniano (527-565) la amenaza se hizo sentir de nuevo, y el efecto de su larga soberanía sobre la Iglesia en sus dominios fue el aumento del poder estatal sobre ella y la progresiva desviación de la tradicional sumisión a Roma y, con ello de su fundamento, la creencia en la primacía de la sede romana.



Justiniano

Justiniano, uno de los más grandes emperadores, que cuenta en su haber con la reconquista de Italia y África y la restauración del derecho romano, era personalmente ortodoxo y estaba sinceramente interesado en el florecimiento del catolicismo. Pero, al igual que diez siglos después Carlos v, a quien ciertamente prefigura en más de un aspecto, Justiniano interpreta de tal modo su papel de protector de la religión, que se considera a sí mismo la autoridad suprema de la Iglesia, y a los obispos, e incluso al Papa como meros asesores técnicos para aconsejarle y ejecutar sus decisiones. En la gran compilación del derecho romano que lleva el nombre de Justiniano, esa perniciosa confusión de autoridad espiritual y temporal se establece deliberadamente, como norma fija de la política imperial. "Nada debe escapar al monarca a quien Dios ha confiado el cuidado de toda la humanidad", es el principio en que se basa este nuevo cesaropapismo. La ortodoxia religiosa queda asegurada mediante brutales castigos contra la herejía. La actividad misional dentro y fuera del Imperio es protegida y alentada. Los obispos, que gozan de gran prestigio y desempeñan un gran papel como jueces, incluso en litigios sobre asuntos temporales y seculares, son nombrados, en la práctica, por el emperador. El Papa ocupa un lugar aparte, pero, en la mente del emperador, está igualmente incluido dentro del sistema. No se intenta negar a la Sede su tradicional supremacía. Se declara que el Papa es "el primero de todos los sagrados sacerdotes de Dios", y Roma "la fuente de todo sacerdocio". Así, entre las varias sedes del Imperio, sólo Roma continúa gozando del privilegio de elegir libremente a sus obispos, aunque ahora el elegido necesita que su elección sea confirmada por el emperador. Pero esta supremacía papal sobre la Iglesia la ambiciona el emperador como instrumento de gobierno y, para someterla a sus designios políticos, a veces no rehuye la violencia.

La historia del quinto concilio ecuménico y la relación que con él tuvieron Justiniano y el Papa Virgilio, constituyen el ejemplo más claro de ello ; aunque, nótese bien, ni aun aquí intentó Justiniano usurpar para sí ninguna función papal, ni llevar a cabo un cambio ilegal en la constitución de la Iglesia. No hay negación alguna de la dignidad pontificia, pero se evidencia una propensión despiadada y poco católica a utilizar al Papa contra su voluntad, que nos recuerda el trato dado a Pío vii por Napoleón.

El complicado desarrollo de este extraño, el más extraño de todos los concilios ecuménicos, puede leerse en cualquier parte. Fue la culminación de un nuevo intento imperial para reparar la brecha abierta por la herejía monofisita. Los monofisitas declaraban nestorianos a los que aceptaban a Calcedonia. Para que quedase bien claro y sin lugar a duda que los calcedonianos, los católicos, eran, respecto de Nestorio, tan ortodoxos como los propios monofisitas, se sugirió la idea de hacer una solemne condenación de tres teólogos muertos ya, amigos de Nestorio o de sus doctrinas. Hecho esto, los monofisitas no tendrían ya motivo para quejarse y, sin que se dijera una palabra en pro ni en contra de Calcedonia, la antigua escisión quedaría atajada. Los tres párrafos 4 de la próxima condenación eran la persona y los escritos de Teodoro de Mopsuestia, los escritos de Teodoreto contra San Cirilo en la época del concilio de Éfeso, y la carta en que Ibas, obispo de Edesa, refiere a Maris, el obispo de Seleucia, la historia del concilio de Éfeso. El primero de esos tres personajes fue el maestro de Nestorio y una de las principales fuentes de su herejía. El segundo y el tercero eran íntimos amigos de Nestorio, e igualmente encarnizados enemigos de San Cirilo.

La oposición de Roma a esta solemne condenación se basaba en que, puesto que Teodoreto e Ibas habían sido solemnemente rehabilitados en Calcedonia, cualquier ataque contra ellos habría de tener una apariencia de un alejamiento de Calcedonia. Y ésta fue de hecho en Occidente la primera interpretación de la muy ponderada condenación formulada por el Papa en 548, que trajo consigo apasionadas reacciones en todas partes, pero especialmente en África, donde el mismoPapa fue excomulgado.

La posición del Papa era sumamente delicada y sus decisiones expuestas a malas interpretaciones por el hecho de ser, a la sazón, prisionero de Justiniano, que lo había secuestrado en 545 embarcándolo, para la capital cuando se puso de manifiesto su primera vacilación en someterse a la voluntad imperial.

Entre la condenación de 548, que el Papa revocó, y la reunión del concilio en mayo de 553, se sucedieron una serie de crisis, reuniéndose el concilio con la negativa del Papa a tomar parte en el. Hubo, así, diversas condenaciones : una del Papa, contra los escritos de Teodoro de Mopsuestia, y otra del concilio, contra los tres capítulos, o más bien una aceptación por el concilio de la condenación de los mismos por Justiniano.

Quedaba por conseguir el asentimiento del Papa Vigilio, que, anciano ya de más de ochenta años, cedió al fin, al cabo de seis meses más de amenazas, aislamiento y prisión, siéndole permitido entonces regresar a Roma, de donde había permanecido ausente casi diez años.

A la muerte de Justiniano sobrevino una larga y progresiva decadencia del imperio. Los persas, que durante esos siglos representaron para el imperio romano lo que los ingleses para Francia durante la Edad Media, se aprovecharon de la debilidad de sus sucesores, apoderándose de las provincias de Siria y Egipto, con tanta mayor facilidad cuanto el monofisitismo, y los sufrimientos padecidos por esta causa, habían indispuesto al pueblo con el emperador.

Con Heraclio (61o-641) cambió la corriente. Otra vez se hallaba al frente del imperio un gran carácter, un excelente soldado y un gobernante recto y capaz. Tras casi veinte años de reorganización y guerras, se recobraron los territorios perdidos, incluso Jerusalén con la verdadera Cruz, y Heraclio pudo dictar una paz a los persas en su propia capital.

Su tarea más urgente era la reorganización de las provincias recobradas y, al emprender la unificación de griegos y orientales en Egipto y Siria, condición indispensable para una seguridad duradera, Heraclio se halló enfrentado con el viejo problema de los monofisitas. Pero los monofisitas no habían de inquietarle por mucho tiempo; pues mientras él proyectaba estos planes, se levantaba en Arabia un nuevo poder, el Islam, que había de arrebatar al imperio rápidamente y para siempre Egipto y Siria, y esto antes de que transcurrieran quince años desde la victoria del 628.



El monotelismo

Pero el nuevo plan de reconciliación con los herejes sobrevivió a la pérdida por el imperio de las tierras en que éstos habitaban, y durante cincuenta años continuó siendo la causa de graves discusiones entre los mismos católicos, dando motivo a persecuciones y martirios y a otra ruptura con Roma. El patriarca de Constantinopla, Sergio,fue el autor del nuevo plan, que, omitiendo toda referencia a Calcedonia o a San León, lo mismo que a San Cirilo, se reduce a la reafirmación de que en Nuestro Señor no hay sino una fuente de actividad (una energía), al no haber en Él sino una sola persona. Una versión más popular de la teoría hablaba de que Cristo no poseía más que una sola voluntad, por lo que la nueva herejía recibió el nombre de monotelismo. Pues era, desde luego, una herejía, en la que se hallaba latente el viejo monofisitismo, y no poco manifiesto para cualquier versado en la controversia.

Heraclio se dejó conquistar por ella, y los monofisitas la apoyaron. Pero Sofronio, el patriarca de Jerusalen, vió la amenaza que representaba para la fe y la denunció a Roma. Sergio había escrito también, por las mismas fechas, al Papa Honorio I (625-638), que con su hábil actuación se convirtió en una de las más célebres figuras de la posterior controversia sobre la infalibilidad papal. Porque Honorio decididamente omitió el punto en cuestión, a saber, si en Cristo existe 1) una voluntad divina y 2) una voluntad humana, ocupándose de otra cuestión distinta, es decir, si en Cristo puede haber conflicto entre lo que quiere como Dios y lo que quiere como hombre. Y puesto que entre ambos órdenes existe la más perfecta armonía, hemos de reconocer en Jesucristo, concluye Honorio, una unidad de voluntad. La discusión de si hay en Él una o dos "energías", puesto que cualquier expresión está sujeta a ser interpretada en sentido erróneo, es preferible omitirla.

Esta respuesta supuso una gran adquisición para el monotelismo, pues vino a sancionar su lema "unidad de voluntad", favoreciendo a la vez la política de "fuera discusiones por amor a la paz".

A los ocho años de esta calamitosa decisión habían muerto las principales figuras del movimiento : los herejes, el emperador y el Papa. Y se habían perdido las provincias monofisitas. Pero la nueva herejía era ya un credo oficial, que el estado continuaría imponiendo. Y Roma, una vez aclarado el equívoco, se vería igualmente obligada a combatir la herejía y, en caso necesario, a los emperadores que la patrocinaban.

El nuevo proceso se inició con una serie de aclaraciones de Roma, en las que los sucesores de Honorio explicaron lo que éste había sancionado y lo que había condenado, y demostraron que en modo alguno había aprobado el monotelismo. En consecuencia, condenaron la nueva profesión de fe, redactada por el emperador, en la que se contenía la herejía, y ordenaron al patriarca de Constantinopla que retirase su adhesión a la misma. Como se negase a hacerlo, el Papa le excomulgó. El emperador (Constante 11, 642-668) replicó con un nuevo edicto : el tipo.

Este mandato imponía simplemente silencio a ambas partes. La herejía había de continuar en el poder y los católicos no debían urgir la fe tradicional. El primero en desafiar la política del tipo fue el nuevo Papa Martín I, elegido en el 649, y lo hizo en la forma más pública posible. Antes de su elección había vivido bastantes años en la corte de Constantinopla como embajador pontificio. Conocía toda la controversia con sus personajes, y en octubre de 649, en un gran concilio celebrado en Letrán, condenó el tipo y a sus promotores, y definió como doctrina de la Iglesia que en Cristo hay "dos voluntades naturales, la divina y la humana". Dispuso, además, la celebración por todo el Occidente de concilios similares que divulgasen la condenación y la definición.

El emperador, en respuesta, empezó intentando ganarse al Papa para su bando; luego planeó su asesinato y, por último, después de un intento abortado, lo arrestó y trasladó a Constantinopla. Allí se le infligieron todo género de ultrajes: fue procesado (acusado de traición) y condenado a muerte, sentencia que le fue conmutada por el destierro. Doce meses más tarde (654), extenuado por los sufrimientos y todavía en el exilio, murió. Y no fue él la única víctima de la persecución.

Mientras vivió Constante II, se mantuvo la misma política. No obstante, su hijo y sucesor, Constantino IV (668-685), no compartía el entusiasmo de su padre por ella. Aunque no se procedió a una revocación formal de lo hecho, el tipo dejó de imponerse como profesión de fe, y un período de diez años de relaciones más pacíficas entre emperador y el Papa, preparó el terreno para el concilio ecuménico de 680, que puso fin al punto muerto tanto tiempo prolongado. El Papa, Agatón, envió una carta al concilio, como había hecho San León con Calcedonia, declarando la doctrina cristiana tradicional sobre el punto dogmático en discusión, a saber, si en Cristo había una o dos voluntades. Como en Calcedonia, así ahora los 174 obispos orientales presentes acogieron con aclamaciones la doctrina del Papa, exclamando : "Es Pedro quien habla por boca de Agatón". Definida la doctrina, el concilio pasó a la condenación de los autores de la herejía, y con ellos desaprobó al Papa Honorio, no como a uno de los autores, sino "porque con su respuesta a Sergio siguió en todos los puntos la opinión de aquel hombre perverso, y confirmó su impía doctrina".

La fecha del vi concilio ecuménico, noviembre 680-septiembre 681, nos recuerda que, en este rápido examen de las consecuencias que por el catolicismo se derivaron de la conversión de su cabeza en lo temporal - el emperador romano -, hemos rebasado ampliamente la fecha convencional que separa al imperio romano del bizantino. Casi cuatrocientos años han transcurrido desde la conversión de Constantino, y en ese tiempo ha nacido una nueva cultura en el imperio cuyo centro es ahora Constantinopla, la ciudad elegida por Constantino para capital. El imperio es ahora, en realidad, un estado griego, y se acerca el tiempo en que un emperador romano podrá decir del latín que es una lengua bárbara. Es ya hora de considerar el desarrollo de la Iglesia durante estos mismos cuatrocientos años en aquellos países occidentales, Italia, África, España, las Galias, Gran Bretaña y Germania, donde el emperador, en 680, hace ya mucho tiempo que ha dejado de imperar. Pero antes conviene decir algo acerca de otro gran concilio, celebrado en Constantinopla en el año 692, que marca definitivamente el comienzo de una nueva era en las relaciones entre Roma y el catolicismo de habla griega. A partir de este momento se manifiesta un nuevo espíritu, definida y sistemáticamente antirronano, resentido por la función directora de Roma y no poco desdeñoso de las costumbres romanas y del occidente bárbaro en general. La insubordinación ocasional de los patriarcas de Constantinopla, ayudados, si no inspirados, por el propio emperador, toma ahora el cariz de una guerra de independencia, y mucho más que el cisma de Acacio, el concilio de 692 es, en su espíritu, el preludio que conduce a Focio y al cisma de Cerulario, que todavía dura.

Motivó la reunión del concilio el deseo de redactar nuevas normas disciplinares, una especie de suplemento a los dos últimos concilios ecuménicos 5, en los que no se había tratado en absoluto de disciplina.

El Concilio "in Trullo"

El concilio se celebró bajo la cúpula (griego troullos) del palacio imperial (de ahí su nombre de Concilio in Trullo) y reclamó que se legislara para la totalidad del imperio, y, en consecuencia, para Roma también. Las nuevas leyes son en su mayor parte una simple codificación de las viejas, pero hay algunos nuevos cánones, y éstos son innegablemente antirromanos. Así, el canon que regula los matrimonios clericales llega a afirmar que la costumbre romana no está de acuerdo con la tradición de los apóstoles ; y en cuanto a la legislación para los días de ayuno, el canon examina la costumbre romana de ayunar en los sábados de cuaresma y procede a la prohibición de esta práctica, incluso en la propia Roma, bajo pena de excomunión. Además, se admiten como fuentes de este nuevo "código" cánones de concilios que Roma nunca había reconocido, y que incluso había rechazado explícitamente.

Surgió, desde luego, el conflicto, en cuanto se requirió el asentimiento de Roma a los nuevos cánones. El Papa, Sergio I, negó su aprobación y sólo una revolución en Constantinopla (695) pudo salvarle de correr la misma suerte que San Martín i. Cuando, diez años más tarde, fue repuesto Justiniano ii, planteó de nuevo la cuestión al sucesor de Sergio i, Juan vii. Este Papa respondió con una ambigüedad que ni confirmaba ni repudiaba el concilio. Ello no bastó, y se cursó al Papa la orden de presentarse.personalmente en la corte. Pero Juan vii había fallecido cuando la orden llegó a Roma, y fue Constantino quien debió acatarla. En su séquito iba el diácono que luego había de ser Papa bajo el nombre de Gregorio ii, y, gracias a su hábil diplomacia, el asunto se arregló sin necesidad de que el Papa confirmara los decretos.

El cristianismo de los siglos a que nos hemos referido cuenta con dos grandes glorias en su haber : la institución y primera expansión del monacato cristiano, y esa serie de geniales escritores eclesiásticos que llamamos Padres de la Iglesia.

El principio del monacato fue la práctica, tan antigua como la misma Iglesia, de ciertos individuos de ambos sexos, que se consagraban a Dios mediante un voto de perfecta castidad. Esas almas heroicas, continentes, podían hallarse en cualquier iglesia, y los apologistas hacen frecuente referencia a ellas como una prueba de la santidad a que la fe conduce a los hombres. Con el tiempo, las autoridades eclesiásticas fueron reglamentando la vida de estos continentes para proteger su virtud, fijando la edad en que podía hacerse el voto, y su sistema de vida con servicios especiales en la Iglesia y ejercicios piadosos en común.

El siguiente paso consistió en hacer vida por entero en común. Hacia el 270 nos encontramos ya con San Antonio de Egipto que lleva a su hermana a uno de esos "conventos".

Algunos otros prefirieron seguir viviendo en soledad, lejos del trato humano, en las cercanías de las grandes ciudades primero, y luego en cabañas y cuevas en el desierto. El más antiguo de estos ermitaños fue San Pablo de Tebas, de quien era discípulo San Antonio. En torno de estos eremitas, especialmente de los santos, se congregó rápidamente una multitud de discípulos, que, en la época del concilio de Nicea (325), llegaba a miles sólo en los desiertos del sur de Egipto. Entonces no existía aún una reglamentación que regulara los ejercicios espirituales o las prácticas asceticas. Cada cual hacía lo que consideraba más ajustado a sus necesidades. Los domingos se reunían para oír misa y recibir la sagrada eucaristía y oír una plática o instrucción. Se procuraban el sustento con sus trabajos manuales.



La primitiva vida monacal

La siguiente etapa en el desarrollo de la vida monacal fue el establecimiento de colonias con un sistema de vida común, donde bajo la dirección de un superior todos debían atenerse a una misma norma en la oración, austeridades y trabajo, siendo la obediencia a sus decisiones el primer deber de todos. Aquí empieza el monacato propiamente tal, siendo el primer monasterio el fundado en Tabenisi por San Pacomio, hacia el año 320.

Hasta entonces el movimiento se había circunscrito a Egipto, pero hacia esta época un discípulo de San Antonio lo introdujo en Palestina bajo una nueva forma, la laura, que era una comunidad sujeta a una regla común y a un superior, pero en la que cada miembro hacía vida solitaria en su propia cabaña. Esta nueva modalidad se extendió rápidamente por Tierra Santa, donde llegó a haber poblados con centenares de monjes.

Desde Palestina el monacato pasó a través de Siria al Asia Menor, donde encontró al gran jefe cuya influencia quedó plasmada en una regla escrita que todavía perdura y es observada por millares de hombres y mujeres. Este jefe fue San Basilio (329-379), que, más tarde, siendo arzobispo de Cesarea en Capadocia, fue, como ya se ha indicado, uno de los más grandes adalides de la fe contra el arrianismo.

San Basilio, hombre (le gran experiencia, redactó un método, verdadero código de vida monacal y no simplemente una colección de sabias orientaciones generales para una vida santa. Provee lo necesario para el noviciado, período de prueba para el aspirante. Los monasterios no deben pasar de treinta o cuarenta monjes cada uno. Se muestra más paternal y benigno que otros en cuanto se refiere a rigorismos y penitencias por el quebrantamiento de las reglas.

A los cincuenta años de la muerte de San Basilio, en la época del concilio de Éfeso (431), el monacato se había desarrollado hasta tal punto en las iglesias de Oriente, que podía decirse que era su característica más típica. Y ya no era tampoco algo que requiriese desiertos o vastos parajes para su existencia, sino que, especialmente desde la reforma de San Basilio, los monasterios eran posibles hasta en las ciudades, y así en Alejandría, Antioquía y Constantinopla los monjes se contaban por millares, y a menudo desempeñaron un papel decisivo en las crisis de la historia eclesiástica.



Los Padres griegos

El marco en que se desplegó el genio de los más grandes entre los Padres griegos, fue el siglo y medio largo de controversia teológica que recientemente nos ha ocupado. Algo queda dicho de esta controversia en cuanto agitó la propia estructura de la sociedad. Al mismo tiempo que dio lugar a las grandes definiciones dogmáticas, ofreció al estado la ocasión de esclavizar a la Iglesia.

Otros aspectos no de menor importancia y ciertamente más agradables son, por ejemplo, el asombroso desarrollo del pensamiento cristiano, en un cuadro dogmático científicamente correcto que disminuye las posibilidades de interpretaciones erróneas, que ayuda a los evangelizadores en su tarea de ganar para Cristo a las refinadas clases cultas de la época, y ofrece a la contemplación del creyente nuevas perspectivas con el consiguiente enriquecimiento de su vida espiritual. Los grandes oradores y escritores, los estilistas de la literatura griega, en los últimos siglos del imperio, son no sólo cristianos, sino eclesiásticos, que desarrollan los misterios de la fe cristiana y la gloria de servir a Cristo con la observancia de su ley.

Los Padres representan un enorme adelanto respecto de los apologistas en cuanto teólogos, es decir, en cuanto pensadores que asumen la tarea de explicar la doctrina tradicional de una manera sistemática, empleando la razón natural y sus leyes para hacer más inteligible la verdad revelada. Han podido aprovechar las arduas tareas de sus predecesores y las correcciones y condenaciones de los dos últimos siglos de concilios. Ahora la fe es mejor comprendida y sus conceptos comienzan a ser vertidos en una terminología propia. Los nuevos escritores son eclesiásticos, diríamos de profesión. Católicos de nacimiento la mayoría de ellos, han recibido en las escuelas del imperio una educación muy superior a la de sus predecesores. De ahí que, aunque se observen todavía acá y allá ciertos balbuceos e incertidumbres en su lenguaje, se advierte inmediatamente en ellos una madurez de expresión y de pensamiento antes no conocida. Su dominio de la doctrina y su manejo de las técnicas gemelas del lenguaje y la filosofía son tan completos, que en originalidad y agilidad su obra nunca ha sido superada, y esas dos centurias (328-461) permanecen como únicas en la historia de la cultura y de la Iglesia.

El primero de esos grandes escritores fue el principal defensor del concilio de Nicea, San Atanasio (243-373), obispo de Alejandría durante casi cincuenta años. Aunque en algunos aspectos auténtico descendiente de la gran tradición alejandrina radicada en Orígenes, San Atanasio es realmente un mundo aparte. Las necesidades de su vida la convirtieron en un gigantesco polemista, pero con ello no hicieron sino desarrollar su propio genio natural para la elección del vocablo exacto y del argumento que concluye con irrefutable consecuencia lógica. Añádase a esto, para completar su carácter, una flexibilidad intelectual que le permitía adoptar en todo momento nuevas formas de expresión de las viejas verdades que exponía, entre ellas el dogma cristiano fundamental, y fácilmente podrá adivinarse la fuerza encarnada en este coloso.

Estrechamente relacionados con San Atanasio, no sólo por el hecho de su común preocupación por el arrianismo, sino también por una cierta comunidad de espíritu con Orígenes, se hallan los tres escritores llamados por la provincia donde vivieron, los capadocios. Son estos San Basilio (329-379), cuya obra como reformador del monacato hemos mencionado ; su hermano Gregorio, obispo de Nysa (335-395) y su íntimo amigo, Gregorio de Nacianzo (330-390). Los tres participan algo de la feliz confianza de Orígenes en la capacidad de la razón para interpretar los misterios de la fe. Los tres son, como diríamos hoy, humanistas, cultivados, como ninguno hasta entonces, con todo lo que la literatura y la filosofía griegas podían brindar. San Gregorio Nacianceno es quizá el mayor predicador-teólogo que jamás se haya conocido, orador de tal fuerza y simplicidad, que la más intrincada especulación se hace inteligible para el más simple de sus oyentes. De los tres, el hermano de San Basilio, Gregorio de Nysa, es el más filósofo y el que más claramente depende de Orígenes.

Estos tres escritores representan una posición intermedia entre la escuela teológica alejandrina y la más geométrica, literal y racionalista de Antioquía. En la reseña del conficto que enfrentó a ambas con ocasión del concilio de Éfeso (431) 6 se ha podido observar la gran diferencia que los separa. En la doctrina de la fusión en Cristo de la divinidad y humanidad, el concepto alejandrino partía de la consideración de lo divino, inspirándole el mayor recelo todo lo que pudiera comprometer esta verdad. La escuela de Antioquía, por el contrario, parte del segundo aspecto, la coexistencia en Cristo de la humanidad, y sus escritores recelan igualmente de cuanto muestre un entusiasmo exagerado en otro sentido. Difieren también las dos escuelas de un modo característico en el método de interpretación de la Sagrada Escritura. En Alejandría, privaba el método alegórico. En Antioquía era el sentido literal lo único, casi, que se admitía.

Los dos grandes escritores ortodoxos de la escuela antioquena son San Juan Crisóstomo (de cuya carrera como arzobispo de Constantinopla hemos hablado ya) 7 y Teodoreto, el amigo de Nestorio y adversario de Eutiques 8. San Juan ocupa un alto lugar entre los Padres, no por sus aportaciones a la teología, sino por su maestría sin par como intérprete de las Sagradas Escrituras, y particularmente de San Pablo, donde se muestra un guía tan poderoso, que un moderno erudito bien puede decir que los comentadores siguientes han hecho poco más que explotar el legado de San Juan Crisóstomo. Desde luego, en materia teológica, este santo es más un moralista que un especulativo, y su obra va más dirigida a la enmienda de la vida que al conocimiento de la fe.

Teodoreto, obispo de Cyrrus, que murió hacia el 458, es casi el último de los Padres griegos de esta edad de oro, y acaso es el mejor recordado en relación, y por contraste. con su gran antagonista, San Cirilo de Alejandría (380-444). El conflicto entre estos dos obispos, indudablemente católicos, refleja en toda su agudeza la pugna entre las dos escuelas. De San Cirilo ha dicho un experto en estas cuestiones 9 que es el más potente teólogo de la Iglesia oriental, y que, después de San Atanasio, ningún griego ha ejercido una influencia tan decisiva en la definición de la doctrina católica como él. Teodoreto es el más exacto de los dos, y de no haber sido por la amistad que le unió con dos de los más grandes herejes de la época - Teodoro de Mopsuestia, su maestro, y Nestorio, su condiscípulo -, sin duda hubiera gozado del prestigio que ciertamente merecía y ocuparía hoy un puesto mucho más alto en la estima de todos.

Nada hemos dicho, al dar cuenta del ataque arriano a la Iglesia en Occidente, sobre el "caso del Papa Liberio" (352-366), pues se trata de un episodio demasiado complicado para condensarlo y hacerlo inteligible en unas líneas. El punto de vista de PIERRE BATIFFOL (La paix constantinienne et le catholicisme, c. ix) me parece el más verosímil. La cuestión debatida entre el Papa y el emperador es la tácita repulsa del Símbolo niceno, homoousion. En los concilios de Arles (353) y Milán (355), los legados del Papa cedieron. Liberio se mantuvo firme y, después de una violenta entrevista con el emperador, fue desterrado (317). Al año siguiente, Basilio de Ancira, cabeza de un grupo que, aunque católico, desaprobaba el término homoousion debido al mal uso que de él se hizo en una controversia del siglo III, ganóse el favor del emperador, e intentó unir a todos los católicos sobre la base de una fórmula no-nicena, aunque tampoco antinicena. Liberio la suscribió en su cautividad, pero en el sentido católico de la misma, como explícitamente lo declaró. Los falseamientos de los alborotadores arrianos fueron probablemente la causa que originó la confusión de la disputa.


PHILIP HUGHES
Síntesis de Historia de la Iglesia
Herder 1996

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