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HISTORIA DE LA IGLESIA

SAN PÍO V
Papa CCXXV
(del 7 de enero de 1566 al 1 de mayo de 1572)
La personalidad de un papa santo.
Miguel Ghislieri nació el 17 de enero de 1504 en Boscomarengo, ciudad del campo alejandrino en el milanesado. Hijo de Paulo Ghislieri y Domenica Augeria, labradores acomodados, a los catorce años tomó el hábito de santo Domingo en el convento de Vigevano y en seguida pasó a Bolonia para estudiar filosofía y teología. El año 1528 se ordenó de presbítero en Genova y durante largo tiempo enseñó filosofía y teología en conventos de su orden, distinguiéndose por la defensa de la autoridad pontificia; también desempeñó el cargo de prior y veló por la más estricta observancia regular. Nombrado inquisidor, dio pruebas de celo y rigor en Como y Bérgamo, y en 1551 el cardenal Caraffa, el futuro Paulo IV, le designó general de la Inquisición en Roma. Cinco años después, Paulo IV le promovió al obispado de Sutri, y el 15 de marzo de 1557 le confirió la dignidad cardenalicia del título de Santa María sopra Minerva, siendo conocido desde entonces con el nombre del «cardenal alejandrino» en atención al lugar de su nacimiento. En el sacro colegio estuvo ligado al grupo de los Caraffa y Paulo IV le confirmó en el puesto de inquisidor general y le promocionó al obispado de Mondovi en el Piamonte.

Durante el pontificado de Pío IV (1559-1565) fue apartado de los centros de poder y marchó a residir en su obispado, donde se comportó como un agente eficaz y sincero de la reforma pastoral. A pesar de sus choques con el duque de Saboya por problemas de inmunidad eclesiástica, reformó a los regulares y protegió de forma especial a los nuevos clérigos regulares de san Pablo (barnabitas) instituidos en 1533. La aspiración de los barnabitas de crear un clero especializado en pastoral, su gusto por las manifestaciones litúrgicas espectaculares y cargadas de dramatismo, los ejercicios públicos de penitencia, etc., influyeron profundamente en la espiritualidad del nuevo papa, a la vez que le pusieron en contacto con los ambientes más austeros de la reforma católica pretridentina.

A la muerte de Pío IV, después de tres semanas de cónclave, el cardenal Borromeo y los miembros del partido español consiguieron imponer la candidatura del dominico Miguel Ghislieri, que fue elegido papa el día 7 de enero de 1566. Tomó el nombre de Pío V y el embajador español dijo que era «el papa que requerían los tiempos». El nombramiento de Pío V supuso la victoria de todos los que deseaban un papa austero y piadoso, capaz de realzar el sacerdocio y la piedad, de actuar con energía contra la refoma protestante y de aplicar con rigor los decretos tridentinos. San Pío V era, en efecto, un hombre francamente piadoso. Celebraba la eucaristía a diario, cosa que en aquella época no era habitual; sus comidas eran extraordinariamente parcas y amenazaba al cocinero con la excomunión, en caso de que los días de abstinencia añadiera a la sopa alguno de los ingredientes prohibidos. La misma corte papal llegó a ser tan severa y modesta como el mismo papa.

La lucha contra la herejía, el cisma y los turcos. La actuación de san Pío V se centró en la lucha contra la herejía, el cisma y los turcos, preocupándose también por los Estados de la Iglesia y, sobre todo, por la reforma católica. En la lucha contra la herejía fue el primer y único papa que participó regularmente en las sesiones del Santo Oficio. Durante su pontificado creció notablemente el número de procesados y, como el palacio de la Inquisición había sido pasto de las llamas al morir Paulo IV, lo hizo reconstruir en la ciudad leonina, cerca del camposanto teutónico.

En su lucha contra el protestantismo apoyó a la reina María Estuardo (1542-1567) para la restauración del catolicismo en Escocia (que se había proclamado presbiteriana en 1560), pero la lucha entre las diferentes facciones político-religiosas terminó con la consolidación del presbiterianismo y la caída de la reina, que tuvo que buscar refugio en Inglaterra. Pío V trató de solucionar los problemas religiosos con Inglaterra mediante negociaciones diplomáticas con la reina Isabel (1558-1603), pero las disposiciones del Parlamento en favor del anglicanismo hicieron imposible el acuerdo. Por ello, el 25 de febrero de 1570, con la bula Regnans in excelsis, excomulgó a Isabel Tudor y la depuso como reina, prohibiendo a sus súbditos obedecerla bajo la misma pena de excomunión. Los mismos historiadores católicos (G. Castella, Historia de los papas, II, Madrid, 1970, pp. 50-51) opinan que esta medida de signo todavía medieval no sólo no logró el objetivo que se proponía, sino que contribuyó de manera decisiva a exacerbar la persecución de los católicos en Inglaterra.

En cuanto a los Países Bajos, animó al duque de Alba en su lucha contra los calvinistas y, cuando los derrotó, le envió una espada bendecida. Apoyó al rey de Francia en su lucha contra los hugonotes y favoreció el establecimiento de los jesuítas en estos países y en Alemania, los cuales contribuyeron en los años siguientes a sostener el esfuerzo interno de la reconquista católica, recordando a los soberanos y a sus ministros los deberes del príncipe cristiano.

Al igual que sus antecesores, san Pío V trató de galvanizar el esfuerzo de los príncipes cristianos contra los turcos, pero en principio sólo consiguió buenos propósitos. Sólo después del incendio del arsenal de Venecia (1569) y de la caída de la isla de Chipre en manos turcas, el papa consiguió formar una Liga Santa con Venecia y España, que armó una poderosa escuadra de más de doscientas galeras. Puesta bajo el mando de don Juan de Austria (1545-1578), el papa le entregó el estandarte de cruzada y el 7 de octubre de 1571 se enfrentó con la armada turca en las aguas de Lepanto La gran victoria cristiana acabó con el mito de que la flota turca era invencible, pero el éxito no pudo aprovecharse en todas sus consecuencias por las discrepancias entre España y Venecia (L. Serrano, La Liga de Lepanto, Madrid, 1919). En recuerdo de la victoria, san Pío V hizo colocar en la iglesia de Santa María in Araceli de Roma un suntuoso artesonado.

También se ocupó de los Estados de la Iglesia, publicando una constitución que prohibía en lo sucesivo enajenar o dar en feudo ciudades o lugares de la Santa Sede, o bien concederse a otros para que los tuvieran a título de feudatarios cuando hubieran revertido al papado. Estableció la norma y regla de los censos y la medida de los cambios, y expulsó a los judíos de los Estados de la Iglesia, a excepción de las ciudades de Roma y Ancona. Favoreció el desarrolio de los montes de piedad para librar a los pobres de las abusivas exacciones de los prestamistas, y por la bula In eam pro nostro (28 febrero 1571) condenó los abusos de la usura. También abolió las corridas de toros en los Estados Pontificios.

La vida interna de la Iglesia reformada. San Pío V contribuyó a la creación de una nueva imagen del papado, al actuar más como pastor que como soberano. En primer lugar, se esforzó en que los decretos del Concilio de Trento fueran publicados y aceptados en los países cristianos. A este fin, conforme a lo dispuesto en Trento, en 1566 se publicó el Catecismo romano y se continuó trabajando en la reforma del Breviario, que apareció en 1568, y en el Misal romano, que se publicó en 1570. En segundo lugar, en consonancia con lo dispuesto por el concilio, introdujo reformas en la curia con la creación de las congregaciones de Obispos y del índice, y la reorganización de la Penitenciaría. Fue bajo este pontificado cuando la Congregación de Obispos se convirtió en una de las instituciones más importantes de la curia para tratar de resolver los problemas que afectaban a la cristiandad. En tercer lugar, como obispo de Roma visitó y mandó visitar las iglesias, los cabildos, los hospitales y las cárceles, examinó a los confesores y exigió a los ordenados in sacris vestir el hábito eclesiástico. Los obispos residentes en Roma fueron obligados a volver a sus diócesis, a no ser que estuvieran dispensados por causa justa. El clero regular también fue objeto de su preocupación. Fueron restablecidas en todo su vigor las reglas primitivas y la clausura se impuso de forma rigurosa. Se aprobaron dos nuevas congregaciones: la de los barnabitas y la de los Hermanos de San Juan de Dios. Por último, trató de mejorar la moralidad de Roma, decretando la expulsión de las prostitutas y estableciendo severas penas contra los blasfemos y profanadores de los días festivos, lo que dio lugar a que los romanos le acusaran de querer convertir la ciudad en un monasterio.

Durante el pontificado de san Pío V la reforma católica asumió más que nunca el matiz clerical y jerárquico que la caracterizó, pues la cohesión de todas las fuerzas fue indispensable para llevar a cabo la reforma de la Iglesia, reconquistar algunas posiciones perdidas con la reforma protestante y evangelizar el Nuevo Mundo descubierto. Pío V murió en Roma el 1 de mayo de 1572 y fue sepultado en la basílica de San Pedro, pero el 9 de enero de 1588 fue trasladado a Santa María la Mayor y depositado en un suntuoso sepulcro, que en modo alguno respondía al carácter ascético del papa. Beatificado el 1 de mayo de 1672, fue canonizado el 22 de mayo de 1712 por Clemente XI.


Paredes. Javier. (1998). Diccionario de los Papas y Concilios. Barcelona: Editorial Ariel, S.A .

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