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HISTORIA DE LA IGLESIA

LA VIDA COTIDIANA DE LOS CRISTIANOS
1. LOS CRISTIANOS, HOMBRES DE ORACIÓN
Los cristianos de los primeros siglos distribuían su jornada entre su familia, su trabajo y la comunidad que lo acogió en el bautismo. «Vivir es velar»; por eso los romanos se levantaban con el alba; los cristianos hacían otro tanto; pero éstos, además de disfrutar de los primeros rayos del sol que iluminaban el día, lo hacían también por motivos religiosos. Los cristianos habían heredado del judaismo, y sobre todo de su Maestro, el gusto y la necesidad de la oración; como los judíos, los cristianos oraban tres veces al día, y dos veces por la noche, aunque no hubiese sido ordenado oficialmente por los Apóstoles, pero lo recomendaban los Pastores para permanecer en contacto con Dios desde el despuntar del alba hasta la medianoche; la oración era la llave que abría y cerraba el día.

Tertuliano encontró una motivación para la oración en los principales acontecimientos cristianos para cada una de sus horas: Tertia, fue la hora en que el Espíritu Santo descendió sobre la Iglesia naciente; Sexta, la hora de la visión de San Pedro en Jope que ocasionó la conversión del primer pagano, el centurión Cornelio; Nona, curación del paralítico por Pedro y Juan que, a esa hora, subían a orar en el templo; Media noche, por ser la hora en que toda la creación descansa y alaba a Dios juntamente con las almas de los justos; Canto del gallo, porque fue la hora en que los judíos rechazaron a Jesús.

Pero éstos no eran los únicos momentos de oración; los cristianos, siguiendo el mandato de Jesús, oraban sin interrupción (Lc 18,1-8); las oraciones se multiplicaban a lo largo del día, en todo tiempo y en toda ocasión: antes de comer, antes del baño, al salir de casa. Para orar, los cristianos se volvían hacia oriente porque de allí procede la luz verdadera; el oriente es el símbolo de quien es nuestro «verdadero día». Orígenes aconsejaba a los cristianos que, si podían, tuviesen una habitación reservada para la oración; y Tertuliano pedía que los cristianos se santiguasen antes de orar, haciendo el signo de la cruz sobre la frente; este acto de devoción lo repetían los cristianos a cada instante: «Al salir de casa y caminar, al comenzar o concluir cualquier tarea, al vestirnos y calzarnos, al bañarnos y sentarnos a la mesa, en cualquier otro ejercicio diario, signamos nuestra frente con la cruz».

La oración más frecuente en labios cristianos era el Padre Nuestro, que fue objeto de comentarios por parte de Tertuliano, Orígenes y San Cipriano. Por el comentario de Orígenes se podría deducir que hubo una corriente herética que negaba la utilidad de la oración; la Didajé aconsejaba rezar tres veces al día el Padre Nuestro, «tal como el Señor lo mandó en su Evangelio». Además del rezo del Padre Nuestro, tanto Tertuliano como San Cipriano hablan de la oración en fórmulas espontáneas. En los salmos encontraban los cristianos fórmulas de oración que empleaban con naturalidad; y precisamente este uso particular abrió la puerta al salterio para entrar a formar parte de la liturgia, por lo menos desde finales del siglo II, puesto que a principios del siglo III el uso de los salmos, tanto en la celebración de la eucaristía como en el culto en general, ya era común.

Aunque Tertuliano aconseja orar de rodillas, sin embargo, los cristianos solían hacerlo de pie, con los brazos en alto y las palmas extendidas, lo mismo que Jesús había extendido los brazos en la cruz; éste es el gesto de la Orante tantas veces repetido en las pinturas de las catacumbas y en los relieves de los sarcófagos paleocristianos. Las comunidades de Siria practicaban la oración de rodillas y postrándose hasta tocar la tierra con la frente, y también de pie, pero con los brazos cruzados sobre el pecho, al estilo de los orantes de la cultura sumeria. La forma actual de orar de rodillas y con las manos juntas, es de origen medieval, como símbolo del sometimiento del vasallo al señor feudal.

Después de la paz constantiniana (313), la oración, que antes era individual y realizada en la propia casa, se hace comunitaria y se organiza de dos maneras: en las iglesias con los fieles en torno al obispo y los presbíteros (oficio catedralicio), que más tarde se practicará únicamente por los sacerdotes afiliados a la Iglesia (catedral); y en los monasterios (oficio monástico); el oficio coral de los monjes será organizado, primero, por Juan Casiano a finales del siglo IV, y después, de un modo definitivo, por San Benito de Nursia. La organización benedictina prevalecerá, tanto en los monasterios como en las catedrales, sobre todas las demás formas, hasta la reforma del Oficio de las Horas llevado a cabo por el Concilio de Trento y por el Concilio Vaticano II.

2. EL AYUNO Y LA LIMOSNA
Los cristianos ayunaban algunos días a la semana, no sólo porque era una tradición judía, sino también porque Jesús lo había recomendado reiteradamente. La Didajé menciona el ayuno semanal el miércoles y el viernes como de origen apostólico; en Roma el ayuno se extendió también al sábado. La práctica del ayuno se difundió ampliamente en la Iglesia durante el siglo II, tanto en el ámbito privado como en el cultual. San Ireneo de Lyón es el primero en informar sobre la existencia de un ayuno preparatorio para la fiesta de la Pascua; que dará origen posteriormente a la Cuaresma. Al principio este ayuno no tenía una duración uniforme; en algunas Iglesias se limitaba a un día, en otras se alargaba a dos días, en otras, a tres, y en Roma y Alejandría a siete. Inicialmente este ayuno prepascual no era tanto una purificación previa a los misterios pascuales cuanto un recuerdo del ayuno de Jesús en el desierto; pero posteriormente se practicaba como una preparación penitencial para celebrar los misterios de la muerte y resurrección de Cristo.

El ayuno de cuarenta días (cuaresma) se estableció en la Iglesia de Roma en torno al año 350; y ya estaba plenamente organizada en tiempos del papa español San Dámaso (366-384); era un tiempo de preparación inmediata y muy intensa para el bautismo de los catecúmenos y la reconciliación de los penitentes, a quienes acompañaba toda la comunidad con la práctica de la limosna, del ayuno y de una oración más intensa.

En la Iglesia primitiva la limosna se entendía como algo que se hacía en conexión con la oración y el ayuno; y había que hacerla en secreto, como había dicho el Señor, que unió la limosna en secreto (Mt 6,2-4) con la oración en secreto (Mt 6,5-6) y el ayuno en secreto (Mt 6,16-18). Los Pastores escribieron reiteradamente sobre la limosna; pero sobresalió entre todos San Cipriano, según el cual la limosna alcanza la gracia y expía las faltas diarias cometidas después del bautismo. Clemente Romano ponía la limosna por encima de la oración y del ayuno. Estas recomendaciones de los Pastores fueron la causa de que, a lo largo de los siglos II y III, las distintas Iglesias pudieran llevar a cabo una obra impresionante de caridad y de beneficencia.

3. LOS CRISTIANOS Y LA SOCIEDAD CIVIL
Los cristianos de los tres primeros siglos se reconocen y se sienten perseguidos por las autoridades estatales, y mal considerados por la sociedad en general; sin embargo ellos se experimentan a sí mismos formando parte de la sociedad; y los apologistas rechazan de palabra y por escrito la asociabilidad de que son tachados por la plebe. Tertuliano rechaza de plano la acusación de ausentismo atribuida a los cristianos respecto a los deberes cívicos y a su inserción plena en la sociedad circundante: «Nosotros, los cristianos, no vivimos apartados del mundo; nosotros frecuentamos, como vosotros, el foro, los baños, los talleres, las tiendas, los mercados, las plazas públicas; nosotros ejercemos las profesiones de marineros, de soldados, de agricultores y de comerciantes, poniendo a vuestra disposición nuestro trabajo y nuestro ingenio».

También es cierto, sin embargo, que los cristianos estaban plenamente convencidos de que, aunque formaban parte de la sociedad civil circundante, no tenían ciudad permanente en este mundo, sino que estaban en camino hacia la ciudad definitiva del más allá; y por consiguiente, ni la sociedad, ni la política, ni el arte, tenían que ser considerados como elementos absolutos y definitivos, sino relativos y pasajeros. La moral cristiana les impedía participar, si no en todos, por lo menos en muchos eventos que se desarrollaban en la vida social de cualquier ciudad del Imperio Romano.

Las diversiones y los espectáculos que, a lo largo de los días, las semanas, los meses y los años, tenían lugar en la vida de las ciudades, planteaban a los cristianos ciertas dificultades de conciencia provenientes del ámbito de la religión pagana, que les impedían participar en ellos, porque esto llevaría aparejado el consentir en el culto idolátrico. No sólo Tertuliano, que era bastante rigorista, sino también autores anteriores a él, condenaban las fiestas y los espectáculos por motivos religiosos y morales. Tertuliano aprueba que los cristianos tomen parte en las fiestas de familia, como bodas y otras celebraciones domésticas, con tal de que se evite siempre cualquier compromiso religioso idolátrico.

Respecto a la formación física, se dividen las opiniones de los cristianos; la condenaban quienes consideraban los ejercicios gimnásticos como un deporte porque esta consideración implicaba algunos matices religiosos, porque se celebraban en honor de los dioses; y, así, Tertuliano condena tanto la desnudez como el excesivo cuidado del cuerpo; y sobre todo condena la palestra donde se entrenaban especialmente los gladiadores, cuyo espectáculo llevaba consigo la muerte de los perdedores. En la misma actitud negativa frente al desnudo de los gimnasios se situó Lactancio, el preceptor de los hijos de Constantino; en cambio, Clemente Alejandrino no sólo permitía sino que incluso recomendaba los ejercicios físicos de los gimnasios, siempre que se practicasen con moderación, porque el deporte conserva y mejora la salud material y espiritual.

Los niños cristianos, como los paganos, tenían sus propios juegos infantiles; en las catacumbas se han encontrado lápidas y sarcófagos con niños que juegan al aro y grupos de niños que juegan a las «nueces»; y en el lóculo de una niña se ha encontrado incrustada en la argamasa una muñeca articulada de madera. Abundan también los testimonios relativos al juego de la pelota, tanto entre los niños como entre los mayores; el juego de la taba (Una taba es un hueso de las patas traseras del cordero, el juego consiste en el lanzamiento de la taba a modo de dado al suelo o sobre una mesa), que, si inicialmente era de niños, más tarde se convirtió en un juego de adultos con apuestas de dinero. Los Pastores condenaban sin reparos los juegos de azar que arruinaban a muchos padres de familia. Esta afición estaba tan arraigada, incluso entre los cristianos, que el Concilio de Elvira (305) apartó de la comunión eclesial a los fíeles sorprendidos jugando dinero a los dados.

Con mayor razón se prohibía a los cristianos asistir al teatro por su origen ligado al culto de los dioses; por tener que participar en ciertos actos de culto pagano, los cristianos tampoco podían desempeñar ciertos cargos públicos, especialmente el de flaminio que era un oficio originariamente sacerdotal pagano, pero que con el tiempo perdió esa condición sacral, y era más honorífico que religioso. Las autoridades eclesiásticas fueron más tolerantes con el cargo de duunviro o magistrado que presidía el gobierno de las ciudades; el Concilio de Elvira no excomulga a los cristianos que aceptan ese cargo; pero no deben frecuentar la Iglesia durante el tiempo de su oficio, porque sería muy difícil que evitaran todo compromiso cultual que tal cargo llevaba aparejado.

Fue una solución que implicaba una cierta tolerancia, pero en modo alguno connivencia con el culto pagano, pues no se trataba propiamente de un acto cultual, sino de ciertas ceremonias más bien cívicas, aunque tuvieran ciertos visos de culto público. A finales del siglo III, los cristianos en la parte oriental del Imperio desempeñan cargos muy elevados en el gobierno de las ciudades; e incluso en el mismo palacio imperial de Diocleciano en Nicomedia; estos funcionarios cristianos fueron explícitamente liberados de cualquier compromiso religioso en el desempeño de sus cargos, hasta que Diocleciano se convirtió en el más cruel de los perseguidores de la Iglesia.

4. LOS CRISTIANOS Y LA CULTURA PROFANA
Cuando el cristianismo hizo su aparición en la cuenca mediterránea, nuevas ideas invaden el Imperio Romano, y se alumbra una nueva cultura; en pocos siglos se produjeron transformaciones muy profundas en el modo de entender al hombre y su historia. La difusión del cristianismo coincidió con el declive y posterior derrumbamiento de la cultura antigua.

Por todo el Imperio Romano proliferaban las comunidades cristianas. La opresión contra esta nueva religión no cesará hasta el advenimiento del emperador Constantino, quien reconoció y garantizó su libertad; pero el primer emperador cristiano tomó también otra decisión que traería profundas consecuencias no sólo para la política, sino también para la cultura de Occidente: la fundación de Constantinopla sobre la antigua población de Bizancio. Constantinopla se convirtió en la Nueva Roma, la nueva capital política del Imperio, mientras que la Antigua Roma siguió como residencia del supremo Pastor de la Iglesia, y símbolo de la cultura cristiana.

La actitud inicial del cristianismo frente a la cultura griega fue de indiferencia e incluso de cautelosa reserva; pero desde la segunda mitad del siglo II aparecen ya dos corrientes bien diferenciadas: la actitud de los escritores latinos, especialmente Tertuliano, Minucio Félix y San Cipriano, tuvo un marcado talante de polémica que acabó convirtiéndose en rechazo frontal de la mayor parte de las aportaciones de la cultura grecorromana, como si se tratase de una mera invención del demonio, que no podía servir en modo alguno para la formación de la vida cristiana. Lactancio, en cambio, como hombre bien instruido en las aportaciones de Roma a la cultura, se mostró más conciliador, sobre todo para con la literatura clásica.

Frente a esa actitud negativa de los autores de la Iglesia latina, se advierte una actitud más benevolente en los escritores de la Iglesia oriental, los cuales, si por una parte rechazaban, como no podía ser de otra manera, todo lo que de idolátrico se desprendía de esa cultura, aceptaban, en cambio, la belleza que se desprende de las creaciones artísticas y literarias de los autores griegos y latinos. Quizás haya que exceptuar el Discurso contra los griegos de Taciano, oriundo de Siria, para quien la filosofía griega no era más que necedad y engaño; pero este autor es un caso excepcional porque caerá en la herejía rigorista del encratismo.

Para Clemente Alejandrino la filosofía y la poesía griegas no sólo no son una invención diabólica, sino que se ha de ver en ellas un verdadero regalo de Dios, en cuanto que la filosofía enteramente volcada hacia la interioridad del hombre, preparó a la humanidad para aceptar la fe en los misterios cristianos; y la poesía griega, especialmente la tragedia, enseñó a los hombres a levantar su corazón y su mente a Dios. También Orígenes mira con gran simpatía algunas realizaciones culturales griegas.

Mientras el Imperio se mostró hostil a los cristianos se comprende fácilmente que éstos no mostraran especiales simpatías por la cultura profana que sustentaba una institución tan cruel. A pesar de todo, los cristianos pertenecientes a las clases más elevadas de la sociedad no renunciaron a una formación intelectual conforme a su rango; hubo incluso algunos escritores que cultivaron de un modo especial la cultura profana; ahí están el poeta Comodiano, y los filósofos Julio el Africano, Arnobio y Lactancio, que tuvieron un éxito considerable no sólo entre los cristianos, sino incluso entre los paganos.

Sin embargo será preciso esperar a San Basilio y su amigo San Gregorio Nacianceno para que los escritores cristianos reciban pacíficamente las aportaciones educativas de la cultura profana de Grecia y de Roma.

5. LOS CRISTIANOS Y EL SERVICIO MILITAR
El cristianismo rechazó durante los tres primeros siglos todo cuanto en el Imperio Romano era pura mundanidad; y, sin duda, esta mundanidad tenía su máxima expresión en la exigencia de ofrecer sacrificios cultuales al Emperador y, por consiguiente, la obligación de reconocer a un puro hombre como presencia visible de la divinidad. Pero, por otra parte, esto no fue obstáculo para que los cristianos aceptaran una postura de clara e incondicional lealtad a la perdurabilidad del Imperio con todas sus consecuencias, una de las cuales era la constitución de un ejército profesional que lo defendiera.

Sin embargo, una cosa es aceptar la presencia del ejército y otra formar parte de él. Y en este segundo caso, no se puede atestiguar la presencia de soldados cristianos en el ejército de Roma durante los dos primeros siglos; pero tampoco existe durante ese tiempo vestigio alguno de polémicas en torno a la legitimidad cristiana o no respecto a que un cristiano se enrolase en las filas del ejército.

Los testimonios contrarios al servicio militar empiezan a finales del siglo II y perdurarán hasta la paz constantiniana (313). Los autores más significativos que se opusieron a la presencia de los cristianos en el ejército fueron Tertuliano, después de su paso a la herejía montanista, Hipólito Romano, Orígenes y Lactancio. Las razones que esgrimen para oponerse al servicio militar son dos: en primer lugar, por el peligro de idolatría, porque a los soldados se les exigía, además de jurar, por los dioses, fidelidad a Roma, la frecuente obligación de asistir oficialmente a ciertas ceremonias del culto pagano; y, en segundo lugar, porque los soldados están constantemente en peligro de tener que matar a alguien, a lo cual se opone radicalmente el mandamiento de amar al prójimo como a uno mismo.

Sin embargo, abundan también los testimonios favorables al servicio militar de los cristianos: el propio Tertuliano, antes de convertirse al montanismo, saluda con entusiasmo a los cristianos enrolados en el ejército; San Cipriano menciona a una familia entera de mártires, dos de cuyos miembros eran soldados. Las persecuciones de Decio y de Valeriano provocaron el martirio de muchos soldados cristianos. En tiempos del emperador Diocleciano abundaban los cristianos en su ejército; y si no hubo muchos mártires entre ellos, se debió a que antes de empezar la persecución cruenta habían sido degradados y expulsados del ejército, precisamente por su condición de cristianos.

La Iglesia, es decir, sus Pastores como colectividad, no tomó, durante los cuatro primeros siglos, ninguna posición oficial ni a favor ni en contra del servicio militar; por eso mismo, durante el siglo IV algunos cristianos, el caso más célebre quizá sea el de San Martín de Tours, renunciaron al ejército, no por el peligro de idolatría que ya no existía, sino por el peligro de tener que matar a alguien en las batallas.

Después de la proclamación del cristianismo como religión oficial del Imperio por parte del emperador Teodosio (380), ya se formaron ejércitos compuestos exclusivamente por cristianos, prohibiéndose la presencia de soldados judíos y paganos. El servicio militar se consideró tan «inocente» como otro oficio cualquiera. Los soldados cristianos no hacían nada más que cumplir con su condición de ciudadanos que tienen que servir y defender al Estado. El problema del «homicidio» en la guerra fue solucionado por San Agustín (+430): No se debe matar a ningún hombre, a no ser los soldados o que se desempeñe una función pública; es decir, que no se mate por sí mismo, sino por los demás y por la ciudad en virtud del poder legítimo que se ha recibido del Estado.

6. LOS CRISTIANOS Y LA ESCLAVITUD
El mundo antiguo vivía obsesionado por la esclavitud, que consistía en que un hombre pertenecía a otro hombre como si de un objeto material se tratase. La esclavitud era algo temible para el individuo, pero también algo lógico para el grupo de los esclavos; es decir, se aceptaba la esclavitud como algo normal en medio de aquella sociedad romana, en la que grandes multitudes de hombres esclavos servían a un grupo reducido de hombres libres.

La esclavitud era un fantasma del que nadie podía considerarse libre para siempre; nadie, por poderoso que fuera, estaba exento de que no pudiera llegar un día en que perdiera su condición de libre para caer en la dura condición de esclavo. Eran muchos los motivos por los que alguien podía caer en la esclavitud: todo nacido de mujer esclava aunque el padre fuese libre, la guerra, el castigo por haber cometido un delito socialmente reprobable, padres que venden a sus hijos libres.

La aparición del cristianismo supuso una verdadera revolución, al proclamar la igualdad absoluta de todos los hombres ante Dios; su influencia sobre la desaparición de la esclavitud será lenta pero decisiva; la Iglesia suaviza y acorta las diferencias entre los esclavos y sus amos. El cristianismo, sin embargo, no se enfrentó directamente con este problema, porque, al principio, no lo necesitó; su espíritu y su doctrina llevaban consigo unos principios éticos fundamentales que, al expandirse en medio de aquella sociedad, hacían imposible que la esclavitud se pudiera mantener porque era realmente incompatible con el cristianismo.

San Pablo marcó la línea a seguir en la abolición progresiva de la esclavitud, despertando en los esclavos la conciencia, por una parte, de su dignidad personal, conduciéndolos a la aceptación de una situación que, aunque evidentemente injusta, su fe de cristianos se la hacía más soportable; y por otra parte recordando a los amos que sus esclavos son iguales a ellos ante Dios y, por tanto, les deben un trato benévolo. En la Carta a los Efesios traza San Pablo el programa a seguir por los esclavos y por sus amos cristianos: «esclavos, obedeced a vuestros amos de este mundo con respeto y temor, con sencillez de corazón, como a Cristo, no por ser vistos, como quien busca agradar a los hombres, sino como esclavos de Cristo que cumplen de corazón la voluntad de Dios; de buena gana, como quien sirve al Señor y no a los hombres; conscientes de que cada cual será recompensado por el Señor según el bien que hiciere, sea esclavo o libre. Amos, obrad de la misma manera con ellos, dejando las amenazas; teniendo presente que está en los cielos el Amo vuestro y de ellos, y que en él no hay acepción de personas» (Ef 6,5-9).

El propio San Pablo traza las líneas de conducta de toda la Iglesia, que son acoger, elevar, convertir, bautizar, suavizar las mutuas relaciones entre amos y esclavos, sin caminar con demasiada prisa ante una situación injusta, pero firme, estable, de la sociedad de entonces, avalada por siglos y siglos. Pero ni San Pablo ni, después de él, las comunidades primitivas condenaron explícitamente esta institución que, como sistema de organización social y económica, se consideraba natural e incluso necesaria. Es cierto que la filosofía estoica, elevándose al concepto de la personalidad humana y de la igualdad natural de todos los hombres, había afirmado que la esclavitud era contraria a la misma naturaleza humana; pero en la práctica no tuvo repercusión alguna.

Es cierto que las comunidades cristianas y sus Pastores hablaron poco de este problema, pero hicieron mucho en contra de la esclavitud acogiendo en su seno a los esclavos, los cuales por su condición de tales carecían de una religión; y los aceptaron en plan de igualdad con los libres bautizados; en la Iglesia todos tenían los mismos derechos y deberes; según San Pablo, Onésimo, desde su bautismo, había dejado de ser esclavo para convertirse en «hermano carísimo» (Flm 16). Y, en la misma línea paulina, dice Lactancio: «Para nosotros no hay siervos, sino que a éstos los consideramos y llamamos hermanos en el espíritu y consiervos en la religión»; y se practicaba de tal manera, que en las comunidades primitivas hubo esclavos que alcanzaron la categoría de diáconos, presbíteros e incluso obispos y papas; esclavos fueron probablemente el papa San Clemente y con toda seguridad Hermas, el autor del Pastor, y el papa San Calixto I; y se tuvo en la más alta consideración a los esclavos que alcanzaron la corona del martirio, como fue el caso de Santa Blandina de Lyón y Santa Felicitas de Cartago.

Una parte de las limosnas que se recogían en la asamblea litúrgica se destinaba a la liberación de esclavos, y se llamaba «limosna de la libertad»; San Ambrosio, y no fue caso único, vendió en una ocasión los vasos sagrados para liberar a unos esclavos; y San Clemente exalta el ejemplo de algunos cristianos que hicieron la heroicidad de someterse a la esclavitud a fin de liberar a esclavos que estaban en peligro de abandonar la fe. Pero la Iglesia recordaba también a aquellos esclavos cristianos que entendían mal la libertad cristiana y pretendían ser rescatados a costa de los dineros comunes de la comunidad, que el servicio tiene también un profundo sentido cristiano por el cual han de soportar su situación para honrar a Dios.

Constantino dio una serie de disposiciones tendentes a suavizar las condiciones de vida de los esclavos: prohibió marcarlos en la cara, suprimió la crucifixión que se les podía aplicar como castigo, declaró culpables de homicidio a los amos que hubiesen causado la muerte a algún esclavo, prohibió que los padres fueran separados de los hijos o los hermanos entre sí cuando algún amo vendía sus haciendas, y castigó el rapto de una mujer esclava como si se tratase de una mujer libre.

Las Constituciones apostólicas defendían la legitimidad del matrimonio entre los esclavos; y los amos debían casarlos en caso de que viviesen en desorden; el papa Calixto I autorizó el matrimonio entre libres y esclavos o libertos, en contra de la costumbre y de las leyes del Imperio; y Constantino permitió que los senadores se casaran con esclavas. Sin embargo, aún tendrán que pasar muchos siglos hasta que se elimine la esclavitud.

7. LAS PROPIEDADES DE LA IGLESIA
Cualquier grupo o asociación necesita unos medios materiales, por mínimos que sean, para conseguir sus fines; la Iglesia primitiva no escapaba a esta regla sociológica; pero el cristianismo era una religión ilícita en el Imperio y, por consiguiente, no estaba habilitada para poseer bienes materiales que gozaran de tutela jurídica. Sin embargo, las comunidades cristianas más importantes en cuanto tales poseyeron algunos bienes que fueron creciendo a medida que pasaba el tiempo y se incrementaba el número de los cristianos.

Al principio los lugares que necesitaba la comunidad cristiana se reducían a un espacio donde celebrar su culto y algunas áreas sepulcrales en las que enterrar a sus muertos. El culto se celebraba en las casas particulares que tenían un espacio suficiente para acoger a la comunidad; eran las iglesias domésticas que, con el tiempo, fueron donadas por sus dueños a la comunidad o compradas por ésta a sus dueños.

Con los lugares de enterramiento pasó algo semejante; al principio, naturalmente, los cristianos difuntos eran sepultados en los mismos lugares que sus propios familiares paganos; sin embargo, desde muy pronto los cristianos procuraron ser sepultados junto a sus hermanos en la fe; y, entonces, algún cristiano que tenía un área sepulcral amplia la prestaba para enterramiento de los miembros de la comunidad; y posteriormente estas áreas sepulcrales también pasaron a ser propiedad de la comunidad por donación o por compraventa.

Cuando los lugares de culto o de enterramiento pasaron a ser propiedad de la comunidad cristiana, ésta, empero, no podía figurar públicamente como titular de los mismos, porque no estaba reconocida por las leyes; y, entonces, figuraban a nombre de algún cristiano a título personal. Esta modalidad no garantizaba plenamente la propiedad, porque se podían presentar casos, como así sucedió en alguna ocasión, en los que el titular de las iglesias domésticas o de los cementerios se pasaba a una secta o apostataba, y entonces la comunidad perdía sus posesiones. Y, aunque las áreas sepulcrales no podían, por ley, cambiar su condición de tales, sus titulares podían sepultar en las sepulturas cristianas a herejes y cismáticos e incluso a paganos de su familia.

Era por tanto imprescindible encontrar otra modalidad de propiedad. Desde finales del siglo II, las comunidades cristianas poseían corporativamente lugares de culto, cementerios y otros bienes raíces que les pertenecían en cuanto tales, y no ya a algunos de sus miembros. Lo cual significa que había cambiado la situación jurídica, probablemente con el advenimiento de Cómodo al Imperio, que fue más tolerante con los cristianos. El papa Ceferino (199-217) confió al diácono Calixto, futuro papa, la administración del gran cementerio que la comunidad de Roma poseía en la Via Appia, y que más tarde será conocido como Cementerio de Calixto. En Cartago había también algunos cementerios que eran conocidos por todos como propiedad de los cristianos.

De lo que ya no hay duda es de que, en la primera mitad del siglo III, en tiempos del emperador Severo, la comunidad cristiana de Roma en cuanto tal planteó un pleito a una asociación de bodegueros por un terreno público que lindaba con un templo cristiano, y el tribunal imperial dictó sentencia a favor de los cristianos; lo cual implica un reconocimiento, por lo menos implícito, de la capacidad jurídica de la Iglesia para poseer bienes inmuebles. Después de la persecución de Valeriano (257-258), Dionisio de Alejandría y otros obispos de la región fueron convocados ante el fisco imperial para devolverles las iglesias y cementerios que les habían sido confiscados, no solamente como propiedades dedicadas al culto, sino como propiedades propiamente dichas de la Iglesia.

Otro tanto ocurrió en tiempos de Aureliano; una disputa por la posesión de la casa episcopal de Antioquía entre Pablo de Samosata, depuesto de su cargo, y el nuevo obispo, fue zanjada por los tribunales a favor del obispo que estuviera en comunión con el obispo de Roma, cláusula que no deja de ser extraña en una sentencia imperial. Pero la demostración más palpable de la capacidad jurídica de la Iglesia para poseer bienes muebles e inmuebles, desde antes de la paz constantiniana, está en que el Edicto de Milán (313) dispone que se devuelva a la «corporación» de los cristianos todos los bienes que le habían sido confiscados durante la persecución de Diocleciano.

Todo esto significa que los cristianos, antes de concluir la era de las persecuciones, eran reconocidos ya como una asociación religiosa con derecho a poseer bienes muebles e inmuebles.

Pero ¿las comunidades cristianas, además de sus lugares de culto y sus cementerios, poseían otros bienes? ¿Muchos o pocos? En general, las comunidades cristianas no sobresalían por sus riquezas; poseían lo suficiente para su funcionamiento y para atender a los pobres; y todo dependía de las donaciones voluntarias de sus miembros. Algunas Iglesias, sin embargo, como Roma, Alejandría, Antioquía y otras, y muy especialmente la de Roma, a lo largo del siglo III tenían fama de ser muy ricas, de poseer muchos tesoros. El ministro de finanzas de Valeriano conminó al diácono Lorenzo para que entregara los tesoros de la Iglesia al fisco imperial; sin duda alguna, gracias a las considerables donaciones de algunos cristianos, dueños de grandes fortunas, el obispo de Roma era considerado por todos como un personaje importante, por más que todo lo que poseía la comunidad romana, se empleaba en la asistencia a los pobres y enfermos.

8. LA CONDUCTA MORAL DE LOS CRISTIANOS
a) La moralidad cristiana
El estilo de vida que conducen los cristianos, los diferencia netamente de los paganos. De su misma identidad de cristianos brotaban unas exigencias de moralidad que los colocaban muy por encima de la moralidad que exigían las religiones paganas.

Es un hecho sintomático de la moralidad y buena conducta, tanto de los cristianos en general como de cada cristiano en particular, el que, entre las decenas de miles de cristianos que fueron martirizados, torturados o desterrados, por orden de los tribunales del Imperio en las más distantes y distintas ciudades de la cuenca del Mediterráneo, no se encuentre ni un solo cristiano que haya sido condenado por conducta inmoral. Es más, los cristianos causaban una sincera admiración entre los paganos por la altura de sus costumbres, aunque éstos no siempre pudieran entender la raíz más profunda de donde dimanaba el estilo de vida de aquellos hombres como los demás.

Sin duda que los cristianos de los primeros siglos dieron altísimos ejemplos de fidelidad a la moral evangélica; ellos constituían en medio de aquel mundo pagano, descrito por San Pablo con colores tan tétricos (Rom 1,18-32), un remanso donde brillaba con luz propia el mensaje moral del evangelio de Jesús. Sin embargo, esto no debe inducir a un error bastante frecuente entre los cristianos de hoy, que suelen ver un santo en cada cristiano de los primeros siglos. Aquellos cristianos eran hombres débiles como los de hoy. La historia de las persecuciones atestigua que en determinados momentos muchos cayeron en la apostasía; la historia del sacramento de la penitencia es asimismo el mejor testigo de que en la Iglesia primitiva también abundaban la debilidad y el pecado.

El ideal de vida de los cristianos de los primeros siglos está bien dibujado en la Carta a Diogneto. Parece como si el autor de esta espléndida apología de la moralidad cristiana hubiera querido contraponer, punto por punto, la moralidad de los cristianos a la moralidad de los paganos. San Pablo describía con colores muy tétricos la conducta moral y el estilo de vida de los paganos (Rom 1,18-32).

b) La conducta de los cristianos: ideal y realidad
"Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por el lugar en que viven, ni por su lenguaje, ni por su modo de vida. Ellos, en efecto, no tienen ciudades propias ni utilizan un hablar insólito, ni llevan un género de vida distinto. Su sistema doctrinal no ha sido inventado gracias al talento y especulación de hombres estudiosos, ni profesan, como otros, una enseñanza basada en la autoridad de los hombres.
Los cristianos viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho.
Los cristianos viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte, y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos; carecen de todo y abundan en todo. Sufren deshonra, y ello les sirve de gloria; sufren detrimento en su fama, y ellos atestiguan su justicia. Son maldecidos, y bendicen; son tratados con ignominia, y ellos, en cambio, devuelven honor. Hacen el bien, y son castigados como malhechores; y, al ser castigados a muerte, se alegran como si se les diera la vida. Los judíos los combaten como a extraños, y los gentiles los persiguen, y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar el motivo de su enemistad.
Los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. El alma ama al cuerpo y a sus miembros, a pesar de que éste la aborrece; también los cristianos aman a los que los odian. El alma se perfecciona con la mortificación en el comer y beber; también los cristianos, constantemente mortificados, se multiplican más y más" (Carta a Diogneto, c.5-6).
Evidentemente, ni la tétrica descripción que hace San Pablo de la conducta moral de los paganos responde plenamente a la realidad, ni el cuadro tan bello de la conducta moral de los cristianos pintado por el autor anónimo de la Carta a Diogneto, refleja la realidad de la vida moral de los mismos.

San Pablo trazó, sin duda, una caricatura negativa del mundo pagano, que tendría que ser completada con los rasgos de una religiosidad sincera, vivida dentro de la piedad sencilla de la vida familiar que conducía a los paganos a las cercanías del ideal de vida descrito por aquellos auténticos directores espirituales de la sociedad romana, como Séneca y otros filósofos que con sus enseñanzas procuraban elevar la moralidad de las gentes.

Otro tanto acaece con la Carta a Diogneto, la cual traza, más que la realidad, el ideal de esa vida nueva que el cristianismo aportó al mundo antiguo; es decir, describe lo que debería haber sido su conducta moral, conforme a las exigencias del evangelio de Jesús; pero en realidad, hay que rebajar en un porcentaje bastante elevado tan bellos ideales, porque la historia de la penitencia es muy elocuente a este respecto.

Sin embargo, todo eso no es óbice para que no se pueda afirmar con verdad que el testimonio de vida y santidad de los primeros cristianos fue muy elevado, pues lo reconocían hasta los mismos paganos que admiraban en ellos, sobre todo, la honestidad de costumbres, la fortaleza ante la muerte, y el amor mutuo que se manifestaba en la asistencia a los pobres y enfermos. En este sentido se expresa el apologista Teófilo de Antioquía cuando describe el tenor de la vida moral de los cristianos: en contraposición a los paganos, se halla entre los cristianos el sabio dominio de sí mismo, se practica la continencia, se guarda la monogamia, se halla extendida la castidad; se elimina la injusticia, se borra el pecado hasta las raíces; se ejercita la justicia, se observa la ley, se manifiesta la piedad en obras, se reconoce a Dios. La verdad es considerada como el bien más sublime. La gracia los conserva, la paz (de Dios) los defiende, la palabra sagrada los guía, la sabiduría los enseña, la vida eterna los dirige. Dios es su Rey.


ÁLVAREZ GÓMEZ, JESÚS. (2001). HISTORIA DE LA IGLESIA. MADRID: BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS

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