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HISTORIA DE LA IGLESIA

LA ESPIRITUALIDAD DE LOS LAICOS EN LA ÉPOCA CAROLINGIA
a) Los laicos
El derecho de patronato y el sometimiento del clero a los grandes laicos
A pesar de las Capitulares, que pedían sin cesar que la paz y la concordia reinaran entre los obispos y los condes, los clérigos, los monjes y los laicos, pesadas rivalidades y graves conflictos opusieron frecuentemente a los clérigos frente a los laicos.

Las disputas se plantearon sobre los aspectos de orden material: el pago de los diezmos, los impuestos a los sirvientes, la usurpación de tierras de la Iglesia, el pillaje de los bienes del obispo o de los clérigos difuntos. Si en tiempo de Carlomagno se registraron numerosas restituciones de los bienes eclesiásticos confiscados, con la reaparición de los desórdenes que siguieron a la desaparición del Imperio carolingio y las invasiones normandas y sarracenas, reaparecieron las alienaciones y se suscitaron reclamaciones repetidas en cada concilio. Los obispos colocaban la restitución del patrimonio eclesiástico como la condición primera del restablecimiento del orden y de la paz, pero raramente obtuvieron satisfacción. Los clérigos, en contrapartida, se apoderaban directamente de las prerrogativas y de las funciones de los laicos. A pesar de las protestas de Alcuino, los obispos y los abades carolingios tuvieron, frecuentemente, un papel político más importante que sus funciones religiosas. Consejeros del rey, missi, jefes de la armada, embajadores, ofrecían al príncipe la doble ventaja de una fidelidad más segura y no tener hijos que casar. En el siglo siguiente, los Otones confiaron cargos públicos a los obispos para contener la feudalidad laica.

A su vez, los laicos intentaron ejercer plenamente sus derechos y en especial el del patronato sobre las iglesias por ellos fundadas. Sobre el derecho del fundador a la propiedad total del edificio, apenas hubo discusión. El patrono podía vender la iglesia; en caso de discusión sobre el origen de la propiedad, una posesión de treinta años equivalía a un derecho definitivo. Sin embargo, a causa del uso sagrado del lugar, la legislación intenta limitar los derechos de propiedad.

Pero los conflictos más fuertes provinieron de la colación del beneficio. El patrono quería instalar en él al cura de su elección y buscarlo de su agrado. El obispo imponía su autorización y prohibía el despido sin motivo. Por ello, frecuentemente, los propietarios acogían un clérigo extraño a la diócesis, en ruptura con la autoridad del ordinario, pero que se mostrase obsequioso con su patrono. En realidad, estos clérigos domesticados, a pesar de la superioridad de su ordo, eran tratados por sus dueños como servidores. Servían los platos en la mesa, llevaban los perros a la caza, conducían los caballos de las damas. Agobardo, arzobispo de Lyón a comienzos del siglo IX, en una carta virulenta denuncia la domesticación del sacerdote por el laico poderoso. A pesar de las protestas de los obispos, esta situación se prolongó y a mediados del siglo IX Jonás de Orleáns constata con amargura: «Hay sacerdotes tan pobres y tan despojados de dignidad humana, tan despreciados por los laicos, que no solamente éstos los toman como intendentes y contables de sus bienes, sino como domésticos laicos y no los admiten como convidados a su mesa». Esta situación, en la que el sacerdote estaba relegado al rango de doméstico, tenía una doble consecuencia: envilecía al clero —un sacerdote digno no podía aceptar esta condición— y acrecentaba el desprecio y la insubordinación de los ricos laicos.

Por otra parte, la resistencia a las órdenes de los obispos era frecuente: el laico adúltero, incestuoso o ladrón de los bienes eclesiásticos permanecía insensible a las amenazas, incluida la excomunión. Los obispos denunciaron ante Luis el Piadoso a estos potentes, a estos palaciegos, que se dispensaban de ir a la iglesia, o impedían que sus gentes asistieran.

Las usurpaciones de abadías y obispados por los laicos
Ante esta situación, se comprende mejor cómo los laicos sin escrúpulos intervinieron directamente en los asuntos religiosos o solicitaron funciones eclesiásticas. Las actuaciones fueron de diferentes clases, desde presiones para sustraer a los sacerdotes a la obediencia de sus obispos o la de los sufragáneos a su metropolitano, hasta la expulsión manu militari.

El mismo rey atribuyó a los laicos la encomienda de ciertas abadías: Carlos el Calvo dona Marmoutier a su hijo Luis y muchos monasterios en Aquitania a su sobrino Pipino; Luis el Joven concedió abadías y condados a Hugo, el bastardo de Lotario y Waldrada. En defecto del mandato real, el laico despojaba el monasterio por la fuerza. El mismo episcopado se convirtió en presa de los laicos, como ya había sucedido antes de la reforma de Bonifacio y de Pipino, de manera que en 895, sobre la sede Utrecht, un laico, conde, de buena reputación, aunque no estaba preparado para desempeñar el cargo de obispo, sucedió al obispo Baudric. Contra estas intrusiones, contra las abadías laicas en particular, la legislación conciliar permanecía impotente a causa de las concesiones o encomendaciones reales y del silencio cómplice de muchos obispos. La Capitular de Ver del año 735 decretaba que si un monasterio caía en manos de los laicos sin que el obispo pudiera impedirlo, los monjes podían irse a otra abadía. Pero cien años más tarde, el concilio de Meaux-París elevó una protesta solemne contra los abades laicos:

«Quienes, contra toda autoridad, contra los decretos de los Padres y la costumbre de toda la religión cristiana, se instalan en los monasterios en medio de los sacerdotes, de los diáconos y de los religiosos, como señores y maestros, y deciden, como si ellos fuesen los abades, sobre su vida y su regla [...] Esta es la abominación de la desolación, no solamente de la religión, sino de la salvación presente y eterna de los falsos rectores y sus subditos, del rey y del reino y de los grandes del reino que suscitan tal desorden».

— La opresión de los «pobres» por los grandes
Si los grandes respetaban tan poco a los hombres y las cosas de Dios, algunos laicos ricos y bien nacidos no fueron caritativos con sus subditos, con los pobres que, según la teoría de los ordines, esperaban de ellos el pan y la ayuda humana necesarios para vivir.

La noción de pauperes Christi comenzaba ya a elaborarse y comprendía las viudas, los huérfanos y todos los demás pobres, es decir, los que no tenían parte en el poder. Objeto de las obras de misericordia, los pauperes Christi eran prácticamente un ordo protegido por la ley. Los pauperes tenían derecho en prioridad a la justicia del conde y un clérigo debía estar presente cuando se juzgara su causa. Debían ser protegidos de las exacciones de los poderosos. El patrimonio de los huérfanos estaba protegido por la autoridad pública. En caso de hambre, se debían hacer donaciones especiales a los pobres.

Las prácticas prohibidas a los grandes en relación con los pauperes procedían de la opresión, el desprecio y la rapiña. Ciertas faltas provenían del género de vida de la aristocracia. Por su pasión por la caza, los grandes devastaban cercas y cosechas. Obligaban a los pobres a venderles o entregarles sus bienes. Para evitar estas ventas forzosas, toda cesión debía hacerse en la plaza pública, ante el conde. En su visita pastoral anual, el obispo debía vigilar estos excesos y apelar al juicio real en caso de resistencia de las autoridades locales culpables. Lo más grave fue que los obispos, los abades y sus procuradores laicos se entregaron a las mismas exacciones. Las Capitulares de 811 se hicieron eco de estos pobres laicos, de sus llantos contra su obispo, contra su abad, contra su conde. Si rehuían entregarles sus bienes, los llenaban de vejaciones, los cargaban de impuestos, los designaban sin cesar para el oficio del ost, hasta que el campesino, de grado o por fuerza, les vendía sus bienes. Era difícil escapar de estas injustas imposiciones que se extendieron durante todo el siglo. Los soberanos carolingios no cesaron de exigir la protección de los pobres, pero sin efecto, porque, en tanto que su autoridad disminuía, los poderes locales crecían a lo largo del siglo IX sobre un número de miserables cada día más grande a causa de las invasiones.

La autoridad pública debía proteger a los refugiados, los nuevos pobres, que huían de los normandos. El conde debía confeccionar una lista de ellos. Los refugiados conservaban su libertad si eran libres y no se les debía imponer exacción alguna. Podían escoger un nuevo protector y trabajar sobre una nueva explotación. Sólo el matrimonio les estaba prohibido a causa de la incertidumbre de su estatuto personal. En el pensamiento de los soberanos, la huida no era sino provisional. En la práctica, los raids normandos y sarracenos se adentraron cada vez más profundamente en el corazón de los reinos carolingios y contribuyeron a hacer desaparecer el orden público que había impuesto Carlomagno y su sucesor inmediato. Los pobres y estos nuevos pobres se vieron de nuevo entregados sin defensa a la justicia de los poderosos, de los que muchos se comportaban como los normandos.

Pero más que este desencadenamiento de violencia debido a la guerra, fue más grave la existencia de un verdadero sentimiento de superioridad social en el interior de la sociedad laica, a causa de su contradicción con la teoría organicista de los ordines. Jonás de Orleáns denuncia a estos ricos y a estos poderosos que rehusaban sentirse de la misma naturaleza que los pobres o los siervos, y trataban a sus inferiores con el mayor rigor:

«Es necesario que los jefes no crean que sus subordinados son sus inferiores por su propia naturaleza, como lo son por el orden. Es necesario que los poderosos y los ricos, instruidos, sepan que, por su naturaleza, sus siervos y todos los pobres son sus iguales».

b) La pastoral de los laicos
El desarrollo de la red parroquial
En los tiempos carolingios se elaboró una pastoral de los laicos que, a través de la Edad Media, ha llegado hasta nosotros.

En la Galia, la red parroquial había comenzado a constituirse en el mundo rural desde el siglo V. Este movimiento se prolongará hasta el siglo IX en las regiones de la vieja cristiandad bajo el triple impulso de los laicos, de los obispos y de los abades. Pero en las regiones de Germania conquistadas a la fe en el curso de los siglos VIII y IX, donde fueron creadas diócesis muy vastas, la red parroquial progresó lentamente. A partir de las primeras parroquias-madres, que tenían a su cabeza un arcipreste, se fundan, para las poblaciones recientemente convertidas, nuevas parroquias con derecho de bautizar, de percibir los diezmos y de sepultura.

Los obispos tuvieron necesidad de una ayuda para administrar tan grandes diócesis. En los siglos VIII y IX buscan socorro en la institución de los corepíscopos (de cora = campo, y epískopos), que tenían la misión de supervisar e instruir al clero y visitar los sectores alejados de la diócesis. Convertidos en indispensables a causa de la extensión de la diócesis y de la progresión de las parroquias, su influencia creciente asustó a los obispos. Los corepíscopos fueron severamente atacados en el concilio de Meaux-París del año 845 y en las «falsas decretales». Desaparecieron en Francia a finales del siglo IX , y en Alemania en el siglo X. Fueron reemplazados en sus funciones administrativas por los arcedianos, que debían vigilar un sector geográfico de la diócesis. Los arcedianatos estaban divididos en decanatos o arciprestazgos según el título del clérigo colocado a su cabeza. Esta evolución, acabada en Francia a finales del siglo IX, no se terminó en Germania sino durante los siglos XI y XII.

La visita pastoral del obispo a las parroquias
En el Imperio carolingio, los concilios establecieron la obligación de la visita canónica a cada parroquia. El abad Reginón de Prüm da, a comienzos del siglo X, una instrucción detallada sobre el modo como el obispo debía realizar su visita y mantener el tribunal sinodal. En efecto, en cada parroquia el obispo nombraba un grupo de siete laicos cristianos irreprochables, obligados por juramento a denunciar las faltas y los abusos. Estos testigos sinodales constituyeron en torno al obispo un tribunal parroquial que conocía todas las faltas graves de los fíeles. Gracias a este procedimiento sinodal, las prácticas paganas fueron poco a poco extirpadas. La acción represiva en el plano religioso se hizo posible dentro de la parroquia y fue ejercida por los mismos cristianos. A lo largo del siglo X, en el Imperio la parroquia se convirtió en una realidad viva en la conciencia del pueblo cristiano.

La liturgia
La mejor manera de favorecer la vida religiosa de un laico era hacerlo participar en la liturgia. Carlomagno y sus sucesores consideraron que la reforma litúrgica formaba parte de su programa de gobierno. Carlomagno consagró numerosas capitulares a esta cuestión, hablando del reposo dominical, de la asiduidad de los fíeles al Oficio Divino, de la obligación de la oración, de la reglamentación de las fiestas religiosas, del bautismo, de la penitencia, de la práctica de la comunión. Prosiguiendo la obra de su padre, Luis el Piadoso, intentó reemplazar la liturgia galicana por la liturgia romana. Mandó copiar el Sacramentario gregoriano que le envió el papa Adriano en 781; este Sacramentario recibió diferentes suplementos debidos principalmente a Benito de Aniane. Alcuino, por su parte, enriqueció la liturgia concediendo un lugar importante a la penitencia, la fiesta de Todos los Santos, la devoción a la Trinidad, a la cruz y a los ángeles.

La predicación
En una civilización donde predomina la cultura oral, la predicación es el medio más seguro de ganar a los hombres para el cristianismo. Predicar es, pues, el primer deber del obispo y de sus colaboradores los sacerdotes urbanos y rurales. Pero el oficio de predicador no se improvisa, los obispos y el rey en su Admonitio generalis dan consejos. Afirma Teodulfo: «Que los que conozcan las Escrituras las prediquen, que los que las ignoran digan: alejaos del mal, haced el bien, buscad la paz». Para comentar las Escrituras se constituyen muy pronto homiliarios, que reagrupan seguidos el ciclo de las fíestas de los sermones de los Padres de la Iglesia y sobre todo los de San Agustín. En principio, todos los sacerdotes debían poseer en sus bibliotecas homiliarios. Hincmaro recomienda a sus sacerdotes tener las cuarenta homilías de Gregorio Magno sobre los Evangelios. Si no se podían utilizar los homiliarios, el predicador debía contentarse con recordar a los fíeles lo esencial de las verdades católicas comentando el Credo o los consejos de la moral elemental; podía ilustrar su sermón con ejemplos sacados de la vida de los santos, pero la utilización de los textos hagiográficos era aún rara y estaba reservada a los días de fiesta y de peregrinación, porque los obispos desconfiaban de una literatura cuyo origen no pueden controlar. Finalmente, el predicador debía hacerse comprender por el auditorio utilizando la lengua de todos, pues el latín era la lengua de los sabios. Si el sacerdote no podía enseñar en público en una lengua comprensible a sus oyentes, debía renunciar a su cargo. El concilio de Tours de 813 decidió que los sermones debían estar adaptados en lengua romana o germana para que todos puedieran comprenderlos.

Existió otro medio para transmitir el mensaje de las Escrituras, es lo que se llama «la predicación muda», la imagen. En la época carolingia el papel de las imágenes provocó numerosos debates y un desacuerdo con la Iglesia bizantina. Desde mediados del siglo VIII esta cuestión opuso al papado y al emperador de Oriente. Es el problema del iconoclasmo que salpicó a Occidente.

El canto litúrgico
La práctica del canto litúrgico tuvo un gran desarrollo en el Occidente carolingio. En cada gran iglesia, en cada gran monasterio, los jóvenes cantores son instruidos en la schola cantorum. El cantor (chantre) debía elevar el alma del pueblo, no solamente por la sublimidad del texto, sino por la dulzura de su sonido. Los cantores carolingios crearon una escritura musical notando con un acento agudo o grave las modulaciones de la voz según que la melodía suba o descienda. Por estas notas, llamadas «neumas», reencontraron el principio de la escritura musical que había sido olvidado desde el final de la Antigüedad. Para mantener las largas vocalizaciones del Alleluia, se ideó hacer corresponder palabras a las notas, cada movimiento de la melodía estaba figurado por una sílaba: son los tropos. A finales del siglo IX, los monjes tratan de enriquecer su canto añadiendo a la melodía un acompañamiento musical o vocal, primer paso de lo que llegará a ser la polifonía, fuente de la música moderna. Finalmente, se produjeron instrumentos musicales como el órgano, importado de Bizancio; la cítara de seis u ocho cuerdas; la lira celta que los irlandeses dieron a conocer; los instrumentos de percusión; los címbalos; las campanillas, etc. El pueblo ama la música y el canto en la iglesia. Se producen las innovaciones; se prefieren, frecuentemente, los cantos religiosos populares, mal compuestos y poco ortodoxos. Se pide a los fieles que se contenten con cantar el Kyrie, el Gloria y el Sanctus. Después el pueblo debía permanecer en silencio y escuchar los cánticos.

El bautismo y su preparación. El descanso dominical
El bautismo de los niños, impuesto por las capitulares, era de uso universal desde el siglo IX, salvo en las marcas recientemente conquistadas. Un mínimo de instrucción religiosa: el conocimiento de memoria de el Credo, el Pater, se extendió por medio de la predicación y fué exigido a todos los que realizaban un acto religioso público, especialmente a los padrinos del bautizando. A los príncipes carolingios se les ha atribuido la obligación del descanso dominical y estacional.

Las ofrendas, la comunión
Terminada la predicación en la misa, los fíeles son invitados a aportar sus ofrendas ante el altar, no solamente pan, aceite, cera, sino también dinero. Pero como la procesión de las ofrendas perturbaba la ceremonia y creaba desorden en torno al altar, donde las mujeres no tenían acceso, se aconsejó a los laicos entregar sus dones antes del Evangelio o después de la misa. El pan eucarístico, en adelante no fermentado, según la costumbre judía, es preparado con anticipación. Pequeños panes son ofrecidos a los participantes en las grandes fiestas. La procesión de la comunión, bajo las dos especies, pierde su importancia porque los fíeles comulgan muy raramente a pesar de las recomendaciones del emperador y de los obispos. Se advierte a los laicos contra los peligros de una mala preparación, las santas especies deben ser veneradas con respeto. En estas condiciones no se puede imponer la comunión diaria, los obispos exigen al menos tres comuniones por año: Navidad, Pascua y Pentecostés.

El año litúrgico
El año litúrgico se divide entre el ciclo de Navidad y el de Pascua. En las dominicas del Adviento, los fíeles se preparan para celebrar Navidad no durmiendo juntos los matrimonios, ayunando y, si era posible, confesándose. A partir de Septuagésima, los fieles son invitados a renovar su vida por medio de vigilias, limosnas y oraciones. El momento de entregar el diezmo y de prepararse para la confesión anual era el miércoles de Ceniza.

Además de los dos ciclos de Navidad y Pascua, los poderes seculares y religiosos fijaron las fiestas de obligación: Ascensión, fiestas de los Apóstoles, Natividad de San Juan, fiestas de San Miguel, de San Remigio, de San Martín, de San Andrés y las fiestas marianas en número de cuatro: Purificación, Anunciación, Natividad y Asunción. El culto mariano proviene de Oriente a Roma; aunque no penetra aún en los medios populares, sí comienza a llamar la atención y el fervor de los letrados. Algunos días del año están consagrados al ayuno y a la oración: las Rogativas, las Témporas. Más aún en períodos de dificultades y calamidades. Los reyes deciden ayunos y oraciones excepcionales

La penitencia, su desarrollo
La confesión privada, introducida en el continente por los monjes insulares, se mantuvo en todas partes. Ni la teología ni la práctica de la penitencia llegaron, en los siglos IX y X, a una forma práctica de confesión de los pecados. La fórmula absolutoria no existía, salvo en el caso de algunas cartas de absolución —por otra parte, sin valor sacramental—, utilizadas únicamente por los obispos. La confesión al sacerdote se impuso sobre la confesión a Dios y a los laicos, pero el sacerdote no absolvía. Dirigía a Dios súplicas (deprecationes) rogándole que perdone al penitente, que no se siente liberado hasta después de haber cumplido la penitencia. Si el penitente muere antes de cumplir la penitencia ¿quedaba perdonado? Pero las grandes penitencias impuestas por el confesor podían rescatarse por medio de oraciones y de limosnas e, inclusive, pidiendo a una tercera persona que hiciera penitencia en su lugar. Tales procedimientos son considerados como abusos y descalificaron a «los penitenciales» de origen irlandés, que definen y tarifan los pecados, discordantes entre sí y algunas veces generadores de vicios por su precisión. Las autoridades eclesiásticas no pudieron controlar su origen, y opinaron que debían ser quemados. Los obispos desean volver a la práctica antigua de la penitencia pública, al menos para las faltas graves. La penitencia pública es puesta de nuevo en vigor no sólo por los príncipes: Luis el Piadoso debió hacer su penitencia pública en San Medardo de Soissons (833), sino también por todos los grandes pecadores, el miércoles de Ceniza. El excomulgado es semejante al expulsado de la comunidad familiar y tribal en los derechos germánicos. El excomulgado debe pasar un tiempo en ayunos, vigilias, oraciones, limosnas, no comer carne, no participar en los banquetes, etc. La penitencia pública, y todo lo que tiene de riguroso, no puede reemplazar a la penitencia privada que se iba desarrollando. Se encamina así hacia la distinción que se hizo clásica: la falta grave pública necesitaba una penitencia pública, y la falta oculta sólo necesitaba una penitencia privada y tarifada.

La fijación de la doctrina canónica del matrimonio cristiano
En los tiempos carolingios se estableció definitivamente la doctrina del matrimonio canónico, se introdujo su uso, poniendo así el fundamento de la familia.

El matrimonio, sacramento de los laicos por excelencia, tomó entonces el sentido, la forma que conservó hasta el concilio Vaticano II. Frente a una sociedad germanizada que dejaba al hombre libre en sus empresas sexuales, los obispos del Imperio carolingio elaboraron la doctrina del matrimonio cristiano. A la poligamia de hecho, a la repudiación de la mujer al gusto del marido, opusieron la igualdad absoluta del hombre y de la mujer en el matrimonio: «No hay sino una sola ley para la mujer y para el hombre», la unión monogámica e indisoluble. En un mundo rural y compartimentado donde se practicaba el matrimonio endogámico, retomando los viejos imperativos mosaicos del Levítico, combatieron el incesto, esto es, el matrimonio entre parientes próximos o alejados. A la unión oficial, por el simple consentimiento mutuo, o al rapto ritual de la esposa, opusieron el matrimonio en forma canónica precedido de las amonestaciones, la encuesta sobre el parentesco, la autorización de los padres, la bendición del sacerdote. Por medio de una práctica cotidiana y ciertos procesos sobresalientes, como el de Lotario II, Roma y el episcopado carolingio, eliminaron toda forma de divorcio, salvo en caso de incesto de uno de los esposos o de impotencia manifiesta del marido. La legislación asegura la protección y los derechos del hijo contra la tentativa de aborto o las negligencias de sus propios padres. A pesar de la resistencia de las costumbres tradicionales o el peso de las estructuras económicas estrechamente cerradas, a pesar de los matrimonios sin bendición, la doctrina del matrimonio indisoluble prevaleció.

Muchos autores dieron a los laicos algunos consejos, reducidos en general a que se pusieran en guardia contra los abusos del matrimonio. Muy impregnados de espiritualidad monástica, los clérigos insistían paradójicamente sobre la castidad en la vida conyugal, exclusivamente dirigida a la procreación. Jonás de Orleáns fue el único en el libro II de su De institutione laicali que ofreció a los laicos de su tiempo un verdadero tratado del matrimonio cristiano, más completo y matizado que las moniciones de sus contemporáneos. Jonás apoya su concepción del matrimonio sobre el Génesis, las epístolas de San Pablo y el libro de San Agustín sobre el matrimonio. Descartando la teoría naturalista del matrimonio, lo define por su finalidad: la continuidad de la especie. En esta perspectiva, el acto sexual no podía ser anárquico, pues según el versículo del Eclesiástico (3,1-8), tomado por San Pablo: «Hay un tiempo de abrazarse y un tiempo de separarse». Del Levítico y del Eclesiástico toma las prohibiciones ligadas al ciclo de la mujer y añade las de los tiempos litúrgicos. El acto sexual, aunque legítimo, era generador de placer, por lo que era incompatible con los momentos fuertes de la vida religiosa: el domingo, el día de fiesta, la Cuaresma, los períodos de ayuno y de penitencia. Conforme el mismo Jonás, muy pocos de sus coetáneos cumplieron estas restricciones.

Otras prácticas religiosas
El pueblo puede expresar sus sentimientos religiosos fuera de la iglesia y al margen de los oficios. Para extirpar las prácticas mágicas, los clérigos componen oraciones y bendiciones según una tradición tomada del Antiguo Testamento. Todos los grandes actos de la vida son acompañados de cánticos sagrados; el sacerdote bendice los campos, las viñas, el lecho nupcial, el corte de la primera barba. Pronuncia oraciones para pedir la lluvia o asegurar las buenas cosechas, para escapar de las bestias salvajes o los peligros del viaje. Bendice el pan, el vino, los instrumentos de trabajo. Para conocer el autor de un hurto era suficiente con tocar la espalda del presunto culpable con un cirio bendecido y pronunciar una oración. Encantamientos cristianos son especialmente utilizados para alcanzar la curación de los enfermos. Todas estas oraciones están acompañadas del signo de la cruz, son trasmitidas oralmente o por medio de manuscritos médicos recogidos por los clérigos.


ÁLVAREZ GÓMEZ, JESÚS. (2001). HISTORIA DE LA IGLESIA. MADRID: BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS

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