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HISTORIA DE LA IGLESIA

EL MENSAJE CENTRAL DE JESÚS: "EL REINO DE DIOS"
1. Esa extraña expresión: "Reino de Dios".
La expresión "Reino de Dios" no es nada marginal en los Evangelios, donde es citada 122 veces, de las cuales 90 en boca de Jesús. Recordemos que Mateo, como escribe para judíos que por tradición nunca escriben el nombre de Dios, usa la expresión "Reino de los Cielos", pero se refiere a la misma realidad conceptual.

La expresión "Reino de Dios" nos resulta lógicamente extraña porque es un concepto bíblico, hebreo, oriental, acuñado en el Antiguo Testamento y que ha tenido diversos matices de significado según la época en que ha sido usado.

Para entrar en el significado de esta expresión que después utilizó Jesús como clave de toda su predicación, es necesario recordar la historia de Israel. Durante el tiempo del éxodo y de la conquista, Yahvé era invocado como Pastor y Guerrero de Israel. Cuando el pueblo adquiere una tierra y elige a un rey, los sacerdotes y salmistas empiezan a invocar a Yahvé como Rey de Israel y de todo el universo (Sal 47; 93).

Pero la monarquía israelita fue efímera y problemática. En el año 931 Israel se divide en dos reinos. En 721 los asirios dominan el reino del norte y unos años más adelante cae el reino del sur. El templo es arrasado y el rey deportado a Babilonia. Los tiempos del rey David se recuerdan con añoranza como la "edad de oro" de Israel y se despierta la esperanza de que algún día, Dios suscitará en su pueblo elegido, un nuevo rey, distinto, que implantará de manera definitiva el reinado de Dios. Esta esperanza, que alimentó a los israelitas desde el fin del destierro (529) (segundo éxodo) hasta tiempos de Jesús, es conocida como "Mesianismo" o espera de Mesías (del ungido, del nuevo rey).

Durante más de 500 años este mesianismo fue interpretado de diversas maneras por sacerdotes, sabios y profetas. Entre tantas hipótesis, dos rasgos permanecen constantes como características del Reino de Dios tan esperado:

— será universal, pues con el destierro de Israel ha descubierto que "su Dios" es el "único Dios vivo" y por lo tanto "el Dios de todos".

— y será total: abarcará tanto el orden exterior como también el interior: se dará en tiempo y espacios concretos, pero se extenderá hasta el final de los tiempos.

2. Jesús y el Reino de Dios.
En los albores de la era cristiana, Palestina era una olla ecléctica en plena ebullición; las promesas bíblicas se cocinaban entre mitologías orientales, conceptos helénicos y filosofías romanas en boga. Es en este contexto donde aparece ese atrevido profeta galileo con una sorprendente Buena Noticia:

"El tiempo se ha cumplido, el Reino de dios está cerca, conviértanse y crean en la Buena Nueva" (Mc 1, 14).
Lo que Jesús anuncia, no es a sí mismo, ni una doctrina, ni siquiera a la Iglesia, sino al Reino de dios que en su persona se acerca. (Pue 226). Ese es su Evangelio, su buena noticia: el Reino de Dios está inaugurado, Dios revela en Jesús su respuesta definitiva a la condición humana. Pero, ¿qué entiende Jesús por Reino de Dios? ¿qué sentido y que contenido le da a esa vieja expresión tan llevada y traída en el judaísmo precristiano?

Los Evangelios, como testimonios vivos y populares de las primitivas comunidades cristianas, no nos dan una síntesis ordenada y concisa de lo que Jesús entendía por Reino de Dios, pero si nos dan elementos suficientes para reconstruir el tema. A partir del análisis del conjunto de parábolas , podemos señalar cinco características fundamentales del Reino de Dios:

A.- Novedad.
Los israelitas esperaban los tiempos mesiánicos: una nueva Creación (Is 45,7-8; 65,17); un nuevo Éxodo (Is 42,9; 43,19); y una nueva Alianza (Jer 31,31-34; Ez 36,26); el Mesías será el nuevo David (Ez 34,23); el nuevo Templo (Ez cap 40 al 43); la nueva Tierra Santa (Ez 47,13 - 48,29); la nueva Jerusalén (Is 54,11-17).

El Mesías esperado llegó a Israel inesperadamente. Su novedad fue absoluta tanto en el tiempo como en la manera de ser. Jesús resultó un escándalo para los judíos (1Cor 1,23). Su manera tan novedosa de pensar y actuar, chocó de frente con las expectativas que tenía Israel sobre el Mesías. Aunque de linaje davídico, Jesús nació y vivió entre los pobres a quienes de manera especial anunció su Buena Nueva. Lejos de huir de los pecadores, los buscaba y departía con ellos. Cuestionó el orden establecido y denunció que del Templo se hubiera hecho una cueva de ladrones. Enmendó la Ley de Moisés. Desacreditó a los fariseos. Se declaró superior a Abraham y Salomón. No restituyó visiblemente el Reino Davídico y murió como un ladrón condenado por la "justicia". Es lógico que un personaje tan sorpresivo no encaje en el esquema de Mesías que los israelitas ya tenían prefabricado.

Para los gentiles (léase mundo greco-romano) Jesús y su Reino son una novedad tan grande que raya en la necedad (1Cor 1,23). Cuando San pablo anuncia en el areópago a un Dios crucificado y resucitado, los sabios atenienses lo dejan hablando solo y se retiran con una sonrisa en la boca (Hech 17,22-34). Ardido por este acontecimiento, Pablo escribe desde Corintio una de las páginas más bellas de sus epístolas: su disertación sobre la sabiduría del mundo y la sabiduría cristiana (1Cor 1,17-2,15). Queda claro: ese novedoso Jesús, para el mundo griego, sabio y racional, no pasa de ser una locura oriental.

Jesús resume su proyecto hacia el hombre y hacia el mundo, en una vieja fórmula israelita a la que da un contenido totalmente nuevo:

"El Reino de Dios ya está aquí" (cfr Lc 17,21)
Esa es la noticia más trascendental y maravillosa de la historia. Una manera inédita de entender el mundo y la vida. Un estilo radicalmente distinto de relacionarse con el hombre y con Dios.

"Cristo trajo toda novedad, trayéndose a sí mismo" (San Ireneo).
"Mira que hago un mundo totalmente nuevo" (Ap 21,5)
La primera característica del Reino de Dios es su novedad. Su anuncio en parábolas es desconcertante. La mirada de Jesús perfora las apariencias. Es una mirada cubista: ve todo desde todos lados. Su pensamiento está muy lejos del nuestro (Is 55,8-9). Incluso su manera de expresarlo: en imágenes. Su mensaje no cabe en conceptos, para desesperación de todos los que somos herederos de la filosofía griega.

Jesús vivió su mensaje con absoluta originalidad. Su conducta, en aras a construir el Reino, no tiene punto de comparación. El fue Profeta, Maestro, Médico y Pastor, pero de una manera totalmente distinta. Tanto para sus contemporáneos, como para los discípulos de cualquier tiempo o cultura, el estilo "Jesús" de vivir, siempre será una sorpresa que rebasa y desinstala.

B.- Bondad.
Los hebreos expresaban en imágenes su expectativa mesiánica: del desierto brotarán ríos de agua viva (Is 12,3); del agua brotarán árboles frutales y medicinales (Ez 47,1-12); abundarán el trigo y el aceite (Os 2,24); los montes destilarán vino nuevo y las colinas leche (Joel 4,18); Habrá paz entre los hombres (Is 2,4); e incluso un nuevo orden ecológico (Os 2,20; Is 11,6-9; 65,25).

Jesús cumple y supera en mucho las expectativas hebreas: en Él, Dios se hace presente personalmente en nuestra historia (Jn 1,14); con Él, Dios deja de hablar fragmentariamente y nos ofrece su mejor palabra (Heb 1,1; Jn 1, 1-18); Jesús nos regala su Espíritu que hace brotar dentro del creyente ríos de agua viva (Jn 7,37-39); Él es el vino nuevo que verdaderamente alegra el corazón del hombre (Mt 26,29; Sal 104,15); Él es el pan que da la vida (Jn 6,51); Jesús trae la mejor de las noticias, Dios es nuestro "Abba" (papa), y por lo tanto todos somos hermanos (1Jn 3,1); el Reino de Dios ya está en medio de nosotros (Lc 17,21).

La novedad del Reino de dios que se hace presente en Jesús, es la mejor noticia que puede haber para el hombre. El Reino es algo "bueno" en sentido de júbilo, alegría, liberación profunda y universal. El Evangelio, como dice su etimología, es la Buena Noticia por autonomacia. "Eu" = buen; "angelos" = anuncio (cfr Mt 4,23; 9,35; 24,14; 26,13). El Reino es vida, libertad, salvación, filiación, fraternidad, justicia. Como decía San Pablo: Cristo excede todo conocimiento, pues es incomparablemente mejor de lo que cualquiera pudiera pedir o pensar (cfr Ef 3,14-20).

La segunda característica del Reino de Dios es su bondad. No hay alegría más profunda que la de aquel que descubre al Padre y a los hermanos "al estilo Jesús".

C.- Totalidad.
El Reino de Dios es:

Un nuevo orden de cosas que abarca la totalidad de lo existente: tiempo, espacio, hombre y sociedad.

Una Buena Nueva integral, globalizante y pluridimensional, que atañe a todo el hombre (en lo material, espiritual, individual y social); y a todos los hombres (de todo lugar y de todo tiempo).

Una nueva vida. Una realidad viva que crece inconteniblemente y que tiende a abarcar todo. Una Buena Nueva anunciada a todos los hombres, especialmente a los pobres y a los pecadores. Una realidad que ya está presente, pero todavía no está consumada.

El Misterio del Reino

No hay en los Evangelios una definición o un tratado sistemático sobre lo que entendía Jesús por el Reino de Dios. Su significado hay que "rastrearlo" tanto en sus palabras como en sus obras. Tal vez la "veta" más rica para lograr una idea general sobre el tema sea el conjunto de las parábolas, a pesar de su desconcertante simbolismo polisémico (Mt 13,13). Sabemos que el anuncio del Reino en imágenes es uno de los fragmentos de la tradición que con más seguridad se remontan al mismo Jesús de Nazaret. Del análisis atento y objetivo de las parábolas podemos deducir algunas características del reino que Jesús anunciaba y construía.

El Reino de Dios no es un territorio, no se localiza aquí o allá (Lc 17,21). No es como los reinos de este mundo (Jn 18,36). Para Jesús tiene un significado distinto: es un nuevo orden de cosas de acuerdo al plan de Dios sobre el mundo y el hombre:

Allí donde se cumple la voluntad de Dios, allí donde el hombre alcanza el máximo de desarrollo y libertad, allí donde se piensa y vive al estilo de Jesús, allí está el Reino de Dios.

Es por eso que muchos autores más que de reino de Dios hablan, de "Reinado de Dios", porque no se trata de un concepto geográfico, sino teológico. Sin embargo, el proyecto de Jesús es que este Reinado de Dios se extienda, a través de sus discípulos, a todos los territorios del mundo (Mt 28,19).

El Reino de Dios es una realidad viva, que crece incontenible y que tiende a abarcar todo. La Buena Nueva no es una doctrina abstracta, sino un acontecimiento que renueva la vida. Es algo que acontece. Alguien que llega, que se aproxima, que irrumpe. Es un suceso. Una ola incontenible, que a pesar de sus modestos comienzos, avanza transformando al mundo entero.

Los destinatarios del Reino

El Reino de Dios es una Buena Nueva para todo el hombre

Jesús anuncia su Buena Nueva a "hombres" no a "almas". Su mensaje no es solamente espiritual, pues su realización incluye aspectos materiales: tanto la vida como la salud física; tanto la supresión de la pobreza como de la opresión y del cautiverio. El Reino es tierra (año jubilar), justicia, paz y todos los valores materiales y sociales que realizan al hombre.

"El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor." (Lc 4, 19 )
"Jesús les respondió: «Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva «." (Mt 11, 4-5)
Pero el hombre no termina en sus necesidades materiales. El Reino anunciado es "de Dios". Jesús inaugura una nueva forma de relacionarse con el Padre como un papito (Abba). Y si Dios es Padre, todos somos hermanos. Oración, humanismo fraternal, perdón, compromiso, alegría cristiana, seguridad de ser amados, etc., todos los valores espirituales que llevan al hombre a su plenitud forman parte del proyecto del Reino. Dios reina allí donde los hombres tienen la posibilidad real de llegar a su desenvolvimiento cabal, en todas las dimensiones de su existencia.

Así lo enseñaba San Pablo:

 "El Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo." (Rm 14,17)
El Reino es una Buena Nueva para todos los hombres

Jesús quiere la Salvación de todos, (1Tim 2,4; Mt 24,14) es decir, una vida plena en esta vida y en la otra: Lógicamente empieza por preocuparse por los que tiene más cerca, los judíos: "No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel" (Mt 15,24) pero pronto abre su anuncio a las dimensiones del mundo: "Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se pondrán a la mesa en el Reino de Dios." (Lc 13,29). Sin negar esa perspectiva universal, Jesús dirige su predicación preferencialmente a dos grupos de personas: Los pobres y los pecadores. Ellos son los destinatarios privilegiados de la Buena Nueva.

La Buena Nueva es anunciada a los hambrientos y sedientos. A los sin ropa y sin techo. A los desempleados y limosneros. A los enfermos y a los que lloran porque la vida les pesa insoportablemente. ¡Cuantas veces se ha traicionado al Evangelio queriendo "espiritualizar" esta dimensión del Reino! Los pobres son los pobres sin adjetivos.

"… y se anuncia a los pobres la Buena Nueva. " (Mt 11,5)
"… porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva." (Lc 4,18)
"… Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios." (Lc 6,20)
La Buena Nueva es anunciada a los pecadores. A los "deudores" simbolizados en publicanos y prostitutas. Este anuncio escandaliza a los que se creen buenos y justos, simbolizados en los fariseos. (Mt 11,6; 23,1ss)

"En verdad os digo que los publicanos y las rameras llegan antes que vosotros al Reino de Dios" (Mt 21,31)
"Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: "Este acoge a los pecadores y come con ellos." (Lc 15,1-2)
Sin embargo llama la atención cómo Jesús nunca deja de intentar la evangelización de los ricos en dinero y suficiencia. Casi todas las parábolas que anuncian la Buena Nueva a los pecadores, no fueron dirigidas a ellos, sino justamente a los que no se creían pecadores (fariseos, saduceos, escribas, sanedrín etc.). La invitación de entrar al Reino no excluye a nadie, aunque para sabios, ricos y auto-suficientes sea tan difícil aceptarla, como para un camello pasar por el ojo de una aguja. (Mt 19,24).

La hora del Reino

El reino de dios no es una realidad "solo para la otra vida", como muchas veces se piensa, influidos por la expresión de Mateo: "el Reino de los Cielos". El Reino culmina y cristaliza en la otra vida, pero Jesús lo anuncia ya para este mundo. Para Jesús esta vida es tan verdadera como la otra. Para San Juan la vida eterna comienza aquí:" Si alguno dice: "Amo a Dios", y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve." (1Jn 4,20). La predicación cristiana en la Edad Media insistió demasiado en la otra vida en detrimento de la presente. Esto es una deformación histórica que lamentablemente se aleja del mensaje evangélico.

Dijo Jesús ante Pilato: "Mi Reino no es de este mundo" (Jn 18,36). Y muchos han interpretado falsamente: el Reino es para la otra vida. La otra vida es la buena, la eterna, la verdadera. Esta es una prueba pasajera que hay que soportar. El más acá no interesa, lo que vale es el "más allá".

Esta falsa interpretación está en la base de muchos errores históricos: la justificación de la conquista, la sacralización de reinos temporales, la no participación política de los cristianos, etc. La exégesis moderna coincide en que esta breve cita no puede contradecir el alud de citas que testimonian que el Reino debe comenzar desde este mundo. ¿Cómo negar la tarea práctica de Jesús por construir una verdadera fraternidad "ya desde aquí" que incluso le costó la vida?

Lo que quiso decir Jesús es: "Mi Reino no es como los de este mundo" pues no tiene fronteras, ni ejércitos, ni leyes fijas, sino que es una Utopía sobre la plenitud humana que no puede regionalizarse, ni identificarse con ninguna realidad terrena, pero que debe servir como polo magnético para transformar todas las realidades personales y sociales de este mundo.

Del análisis de los Evangelios podemos deducir que el Reino está enclavado en las coordenadas del tiempo y a la vez que paradójicamente las rebasa. Podríamos diferenciar tres etapas distintas:

a) Su irrupción en la persona de Jesús de Nazaret, quien claramente afirma en su persona "YA LLEGÓ". (Lc 17,21).
b) Su anuncio, construcción y extensión en un mundo ajeno y a veces hostil al proyecto de Dios. Esta etapa iría desde la Ascensión de Jesús hasta el fin de los tiempos. Los discípulos de Jesús, constituídos en Iglesia, debemos extender el Reino que por una parte "ya está" presente pero por otra "todavía no" se ha consumado.
c) Su irrupción final y triunfante al consumarse la historia humana en el fin de los tiempos. A escala individual, cada ser humano vive este fin en el momento de su muerte.
Nuestro mundo está muy lejos de parecerse a la Utopía del Reinado de Dios por la que Jesús dio su vida. Estamos muy lejos de vivir los hombres como los hijos de un mismo Padre. Lejísimos de compartir el pan de la existencia con alegría y fraternidad.

Ni siquiera en los países que se llaman cristianos se da la paradoja del Evangelio. ¿Por qué? Simplemente porque faltan auténticos seguidores de Jesús. Son otros valores profundamente paganos (como el dinero, el poder y el placer) los que realmente rigen la vida de los hombres y de las sociedades, aún en el llamado "Occidente Cristiano".

Este negro panorama de nuestro mundo, es atravesado por un rayo de esperanza que apunta hacia el ideal del Reino: tenemos el ejemplo de Jesús, su Palabra, su Espíritu, los Sacramentos, cientos de ejemplos heroicos (los santos) y la comunión con todos los que militan activamente en las filas del Reino. La tarea más urgente es transformar la extensión cuantitativa del cristianismo, en militancia cualitativa y efectiva por el Reino. Los Cristianos tenemos mucho que aportar, pues el Evangelio no solo es una instancia insobornable y universal, sino también la mayor reserva mística de la humanidad para construír un mundo plenamente humano.

D.- Gratuidad.
El Reino es de Dios. Es decir, es un don inaccesible al hombre atenido a sus propias fuerzas. Es una noticia y un proyecto que rebasa toda ideología. No puede regionalizarse ni volverse estático. Nada ni nadie puede ser identificado con él, exepto Jesús. Nadie puede decir que está aquí o allá (Lc 17,21). El Reino es gracia, regalo, don. Es el resultado de la acción de Dios en el hombre y en la historia. Ante la grandeza de ese don, todos somos como niños (Lc 18,17). Ese don se pide con humildad y perseverancia en la oración (Mt 5,10). La actitud más elemental que se impone a todo hombre es la de abrirse al Don de Dios.

E.- Responsabilidad.
El Reino es el Don de Dios por excelencia. Nadie puede alcanzarlo ni merecerlo como si fuera un salario (Mt 20,1-16). Sin embargo, si bien todo es gracia, el hombre debe responder a esta oferta de Dios. Para poder recibir el Reino es imprescindible la respuesta humana libre y adulta:

Una búsqueda activa del Reino y su Justicia (Mt 6,33); la disposición a sacrificar todo lo que se posee (Mt 13,44); una radical opción por los pobres y su proyecto de fraternidad (Lc 6,20); la capacidad de soportar las persecuciones (Lc 6,22); un espíritu esencialmente distinto a la suficiencia legalista de los fariseos (Mt 5,20) en una palabra: el cumplimiento de la voluntad del Padre (Mt 7,21).

No hay "pase automático" para entrar al Reino. Se necesita una decisión personal. Para abrazar sus exigencias y hacerse discípulos de Jesús, es necesaria una conversión tal, que Juan la compara con un nuevo nacimiento (Jn 3,3). Todo hombre que es alcanzado por el anuncio del Reino, es decir, que se confronta con la persona de Jesús, entra en una "crisis" (vocablo que viene del griego y significa juicio, decisión, cambio brusco, conflicto o tensión, y de manera figurada, momento decisivo y difícil en la evolución de algo o de alguien).

La respuesta del hombre al don de Dios es la Fe, que para el Evangelio es la fuente de toda vida religiosa. Todos podían oír la Palabra y ver los milagros de Jesús que proclamaban la venida del Reino (Mt 13,13) pero no todos entendían esta Palabra (Mt 13,19) ni la llevaban a la práctica (Mt 7,24). Creer es la característica del discípulo (Mc 1,15), la condición para que suceda el milagro de la construcción del Reino (Lc 7,50; 8,48). La inteligencia de la Fe es esperanza activa y amor efectivo, principalmente al hermano necesitado y desconocido.

El Reino de Dios cristaliza en el mundo y en la historia en la medida que haya hombres que respondan al anuncio de la Buena Nueva siguiendo los pasos de Jesús. Desde esta óptica, el Reino "no viene", "no cae del cielo", sino "hay que acercarlo", "hay que encarnarlo" en nuestra historia personal y social en base a respuestas inteligentes y generosas .

La mayor parte de las parábolas ilustran esta dimensión del Reino. El acento de la predicación de Jesús está en suscitar respuestas lúcidas y adultas en sus oyentes. Jesús no se cansó de levantar la voz y de lanzar directas e indirectas para sacudir y despertar a un pueblo apático y abúlico que no respondía a su anuncio.

La hora crítica de la decisión personal

"Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. Porque como en los días que precedieron al diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el arca, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos, así será también la venida del Hijo del hombre." (Mt 24,37-39)
Jesús urge a tomar una decisión personal en alguno de los momentos decisivos de la vida, como serían: el encuentro con Él y su novedoso anuncio del reino; las situaciones personales de crisis; los grandes momentos de la vida; la certeza de nuestra muerte o la expectativa del fin del mundo.

La opción por Jesús y por el Reino de Dios es un momento que cambia toda la vida y que tiene que construirse pacientemente en la cotidianidad de la vida diaria.

La posibilidad de responder "no"

"Si quieres ser mi discípulo…" (Mc 8,34; Mt 19,21). El Evangelio nos muestra un Jesús profundamente respetuoso de la libertad humana. Jesús nunca impone su mensaje, sino solamente lo propone. Siempre queda abierta la posibilidad de decir "no", sea rechazando abiertamente a Jesús , como lo hicieron sus enemigos, o sea haciéndose el desentendido y refugiándose en una muchedumbre apática , que de hecho ni anuncia ni construye el Reino.

La posibilidad de responder "si"

Si el capítulo 2 de la Epístola a los Hebreos, nos habla de una nube de hombres bíblicos que dijeron sí a Dios en el Antiguo Testamento, en el Nuevo Testamento y en la historia de la Iglesia podemos encontrar una nube mucho mayor de hombres que han dicho "si" a Jesús y a su propuesta del Reino. La invitación es para todos. Es cierto que son los pobres (como sus doce discípulos) y los pecadores (como María Magdalena) quienes naturalmente están más cerca del Reino. Pero la puerta está abierta para todos: ahí están como botones de muestra, el rico Zaqueo y el sabio fariseo Saulo de Tarso.


Gozalez Roser, Antonio. (1987). El Mundo, el Reino y la Iglesia. México D.F.: Editorial Progreso.

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