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HISTORIA DE LA IGLESIA

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EL ENCUENTRO BRUTAL DE OCCIDENTE CON ORIENTE. LAS CRUZADAS [11]

a) Antecedentes. Los orígenes de la cruzada.

La cruzada es uno de los fenómenos más complejos de la Edad Media, sobre cuyo significado continuamos preguntándonos. Si se estudian los móviles que empujaron a Pedro el Ermitaño, a San Bernardo o a San Luis a predicar la cruzada o a tomar la cruz, se percibe que la liberación de Jerusalén les importaba mucho menos que el ideal de imitar a Cristo. El fracaso del intento se salda con un enriquecimiento interior del cruzado, que es el fin verdadero del cristiano. El aspecto material de las cruzadas condiciona su éxito espiritual. Esta paradójica constatación muestra las dificultades que encuentra el historiador cuando intenta desenmarañar en los corazones el camino espiritual que movió a tantos occidentales a tomar la cruz desde finales del siglo XI a finales del siglo XIII.

Los orígenes de la cruzada son suficientemente conocidos. Las peregrinaciones a Jerusalén se abastecieron durante la alta Edad Media de numerosas tropas de cristianos deseosos de venerar la tumba de Cristo. La destrucción del Santo Sepulcro por el sultán Hakim y la conquista de Tierra Santa por los turcos seléucidas causaron un golpe en las conciencias cristianas. La Reconquista española proporcionó los modelos psicológicos y los procedimientos jurídicos y militares de las cruzadas, transformando una expedición ordinaria en una verdadera guerra santa contra los infieles.

El papado se hizo guerrero. El papa León IX tomó las armas contra los normandos, pero sin intención de conquista religiosa. En 1064 Alejandro II concedió indulgencia plenaria a todos los que participaran en la lucha contra los musulmanes en España. Gregorio VII a lo largo de su pontificado manifiesta otras intenciones, retomando una idea ya manifestada por Silvestre II (Gerberto): lanza un plan contra los turcos, vencedores de los cristianos de Oriente (1074); y desea ser a la vez dux y pontifex, jefe del ejército y prelado, soldado y sacerdote. La intromisión de la Iglesia iba más lejos. La idea de ganar el perdón de los pecados a punta de espada se hacía presente. Si matar a un cristiano era totalmente condenable, masacrar a los paganos era equivalente a combatir por el triunfo de Cristo. Los ejércitos recibieron la bendición apostólica. La expedición armada implicaba para todos sus integrantes la participación en la indulgencia plenaria, fórmula clásica de la cruzada.

Desde finales del siglo X, los estandartes sagrados se ajustan a las tradicionales enseñas de los escuadrones de los caballeros. A la milicia de Cristo —esto es, las tropas cristianas prontas para el combate— respondía el estandarte de Cristo, la cruz coronada por el lábaro de Constantino. Las banderas religiosas hicieron su aparición a la cabeza de las procesiones; los sacerdotes las podían enarbolar a la cabeza de las tropas. Era práctica frecuente en Bizancio en el siglo X portar las banderas con el nombre y la representación del santo en ellas. En primer lugar, San Benito; después, y sobre todo, los santos guerreros: San Miguel, San Mauricio, San Sebastián, San Jorge, San Demetrio, San Teodoro y San Mercurio. Esta práctica se extendió en Occidente.

b) Las ocho cruzadas

La primera cruzada

En 1087, el papa Víctor III envió las banderas de San Pedro y concedió una indulgencia a los marinos italianos que marchaban a la guerra contra el África musulmana. Lanzó también la idea de una marcha masiva contra los ocupantes paganos de Jerusalén.

En el concilio de 1095 de Piacenza, se presentó una embajada enviada desde Constantinopla para pedir ayuda militar contra los turcos. Occidente había sido ya frecuentemente solicitado: mercenarios normandos y escandinavos habían combatido para el basileus; y Roberto el Frisón había respondido favorablemente a las llamadas de los bizantinos. El emperador de Constantinopla quería salvar su imperio; tenía necesidad de tropas, reclamaba la solidaridad cristiana y llamaba a las puertas de la Sede Apostólica para lograr la reconquista del Santo Sepulcro.


El Papa Urbano II convoca el Concilio de Clermont
 
El papa Urbano II parte para Francia, y en el concilio de Clermont de 1095 toma la decisión y compromete al pueblo cristiano a lanzarse en una peregrinación masiva que debía estar armada. Existen muchas hipótesis y explicaciones para esclarecer el gesto del papa. Los motivos pudieron ser numerosos y confluir todos al mismo tiempo. La idea de una guerra dirigida por la Iglesia estaba ya difundida; la de ganar la indulgencia por medio del combate contra los paganos, también; la perspectiva de recobrar Jerusalén gracias a una expedición venida de Occidente había sido ya lanzada y expresamente pedida. Urbano II da el último paso aportando algunas ideas nuevas. Se encuentra en Puy con el obispo Ademar de Monteil, quien fue su legado de la expedición; en Saint-Gilíes habla con el conde Raimundo IV, quien fue el jefe militar. La novedad se encontraba en el hecho de conceder la jefatura de la expedición a un legado del papa, lo que convertía a la Iglesia en la sola dueña del territorio a ganar; el ejército de los caballeros no sería sino un instrumento.

La jefatura era, pues, religiosa; el estandarte, también. La cruz que todos los peregrinos, armados o no, debían portar era el primer elemento del uniforme. Las palabras de Urbano en Clermont fueron escuchadas solamente por los miembros del concilio, pero contenían tal idea, denotaban tal espíritu de decisión y de convicción que alcanzaron un eco que ninguna decisión de concilio alguno había tenido jamás. El eslogan era: «Dios lo quiere». No era el sucesor de San Pedro, el vicario de Cristo, quien había hablado; era Dios en persona quien pedía la ayuda. En lugar de pequeños grupos individuales, se organizó un ejército de peregrinos que partía para Oriente con el fin de conquistar Jerusalén al turco.


Papa Urbano II
 
Hay diferentes y numerosas razones para explicar la amplitud del movimiento popular, su espontaneidad y sus excesos. La puesta en marcha más lenta de los barones es perfectamente lógica. Poco importa la presión demográfica, las malas cosechas, la sed de aventura, la necesidad de conquistas, la búsqueda de botín; lo que pesa sobre todo es la fe, ella sola lanzó las masas a los caminos, después de haber sido animadas por predicadores como Pedro el Ermitaño o Gautier San Avoir con sobrenombre simbólico. La primera oleada —la del pueblo abigarrado, hombres, mujeres y niños, algunos caballeros, algunos peatones— se apaga poco a poco antes de ser totalmente anulada. Sigue una segunda oleada, armada, de caballeros, conducida por un legado del papa, que es la que consigue su fin y al mismo tiempo provoca una tercera oleada, igual de desordenada que la primera y también insuficiente. Jerusalén es conquistada el 15 de julio de 1099 y se constituyen los principados cristianos de Edesa, de Antioquía, de Trípoli en Siria y el reino de Jerusalén.

La verdadera cruzada fue entendida como una peregrinación, y todos los caballeros de Cristo, como los pobres de Cristo que hicieron el largo viaje, eran peregrinos, viajeros en camino hacia Jerusalén. Con la creación de los Estados Latinos, la noción mantenida en el momento de partida se modificó lentamente. Durante cuarenta años se trató solamente de ayudar a mantener las conquistas. Se retomó la idea de la peregrinación a Jerusalén; la perspectiva de establecerse en Oriente, de convertirse en agricultor, comerciante o soldado impulsó a más de uno, pero el aspecto religioso dejó de ser preponderante.

El nacimiento del movimiento templario aporta alguna novedad, puesto que procura el nacimiento del caballero monje, la militia Christi, un ejército de la Iglesia y no solamente al servicio de la Iglesia. La idea de Urbano II alcanzaba unos frutos más allá de sus intenciones; el papa se convertía en el jefe de un verdadero ejercito desde el momento en que los templarios —después los hospitalarios— dependían directamente de él, y no sólo protegían a los peregrinos, como siempre lo habían hecho los monjes, sino que formaban batallones y poseían fortalezas.

La segunda cruzada

Edesa cayó en 1144. Este condado no era sino un principado anexo fruto de la avaricia de un barón, pero su conquista por el Islam anunciaba otras, y se consideró como un signo de alarma. Eugenio III publicó el 1 de diciembre de 1145 una bula en la que exhortaba a la venganza y tomaba la iniciativa de lanzar de nuevo a la cristiandad al asalto de Tierra Santa. El papa definió más concretamente los privilegios reconocidos a la cruzada. Hasta entonces la cruzada se beneficiaba de la situación reconocida al peregrino, cuya persona era confiada a la Iglesia; los procedimientos judiciales emprendidos contra él quedaban suspendidos. Eugenio III precisó los privilegios temporales del cruzado, extendiendo a sus bienes y a su familia la protección que él gozaba y acordó la moratoria de las deudas. Otros privilegios espirituales fueron concedidos a la cruzada: el perdón de los pecados y de las faltas pasadas, una verdadera indulgencia. La cruzada se convirtió en penitencia expiatoria de los pecados más graves. En este contexto, el cruzado quedaba bajo la jurisdicción de la Iglesia y escapaba al brazo secular.


San Bernardo de Claraval predicando la Segunda Cruzada
 
Junto al papa cisterciense que tomaba la antorcha de Urbano II, San Bernardo, el animador de los templarios mueve la segunda cruzada. Más claramente que en 1095, se entiende que la cruzada era responsabilidad de los soberanos, de los jefes de la caballería occidental. En Vézelay, el 31 de marzo de 1146, el rey Luis VII tomó la cruz y con él una muchedumbre de príncipes y de señores que colocaban la cruz sobre sus vestidos. La intransigencia del predicador era total, el voto de partir hacía de los cruzados caballeros de Cristo, la cruzada interrumpía las guerras fratricidas entre cristianos. Según algunos historiadores, la decisión de Luis VII era una expiación y su peregrinación a Tierra Santa una penitencia. Sin embargo, a los ojos de todos, el rey actuaba como señor de la caballería francesa. San Bernardo recorrió el este y el norte de Francia, después el oeste del Imperio y convenció a Conrado III a partir.

Fue la primera cruzada de los soberanos, siguió el itinerario de Godofredo de Bouillon, debió igualmente tratar con los griegos —con la ventaja de que la emperatriz era una cuñada de Conrado III— y sufrir en Anatolia. Los alemanes huyeron pronto batidos y eliminados, los franceses llegaron a colocar sus fuerzas delante de Damasco, en tanto que enfrentamientos particulares agriaron la situación. Este fracaso, fruto de la impericia estratégica de los caballeros, recayó sobre San Bernardo, que se justificó afirmando que la culpa era la indignidad de los cruzados.

Tierra Santa vivió desde entonces una situación cada vez más desagradable. La llegada irregular de recursos no permitía reforzar la defensa frente a los musulmanes, cada vez mejor organizados y reagrupados bajo la autoridad de Saladino. La catástrofe de 1187 era inevitable; tras el desastre de la batalla de Hattin en Galilea, Jerusalén se perdió. Saladino fue tolerante con los vencidos y los prisioneros; manifestó cuánto había crecido la comprensión entre las dos religiones durante el siglo XII; aparecieron las leyendas sobre su intención de convertirse.

La tercera cruzada


Ricardo Corazón de León
 
La llamada lanzada a Occidente para la tercera cruzada fue más fuerte que en 1145. Tenía a Jerusalén por argumento, como en 1095, pero se había modificado todo el contexto. El papado llama directamente a los reyes de Francia e Inglaterra, que se hacían la guerra, mientras que el emperador Federico I se encontraba entonces en conflicto con el papa. La realización de la tercera cruzada debía paralizar todos los conflictos locales. En realidad prevalecieron los intereses de éstos. Gregorio VIII (1187), y después Clemente III (1187-1191), quería una cruzada colectiva, para la que era necesaria una larga tregua en Occidente. Llamó a una organización militar eficaz de la que se excluyeron todos los parásitos e inútiles. Un cisterciense, el cardenal de Albano (1188), convenció a los soberanos y comprometió a los príncipes. Se concedió el beneficio de las indulgencias, se cobró un impuesto oficial. Europa entera se levantó. Federico Barbarroja partió el primero y encontró en Asia una muerte accidental que decapitaba su armada (junio de 1190); Ricardo Corazón de León tuvo tiempo de conquistar Chipre (1190); Felipe Augusto quería alcanzar la sede de Acre, con un ojo siempre puesto en Normandía, Picardía y Flandes, y regresó a su reino cuanto antes. Ante tal desunión y rivalidad no fue posible reconquistar Jerusalén. Sin embargo, las brillantes victorias de Ricardo junto a Jaffa y en la batalla de Arsuf procuraron por lo menos una pausa militar a los cruzados; además, en 1193 murió Saladino. Un armisticio (2 de septiembre de 1192) fue el término de la tercera cruzada. Saladino prometió a los peregrinos a Jerusalén libre acceso y protección, pero el Santo Sepulcro continuó en manos del Islam. Tierra Santa y las Iglesias latinas de Oriente pervivirían aún un siglo, y Jerusalén permaneció presente mucho tiempo en el espíritu de los cruzados.

Las otras cruzadas


San Luis IX rey de Francia
 
El papado, que había tomado desde el comienzo la iniciativa de la cruzada, se esforzó en despertar los ánimos desfallecidos. En 1203, la cuarta cruzada partió de Venecia, produciendo un gran escándalo, pues condujo a la conquista de Constantinopla.

En 1218 la expedición desembarcó en Egipto. Después de 18 meses de asedio conquistó Damieta (1219). Sería la quinta cruzada.

La cruzada de Federico II de 1228, cuando estaba excomulgado, tuvo más de acción diplomática que de expedición militar.

Sólo las dos cruzadas de San Luis, en Egipto en 1245 y en Túnez en 1270, fueron animadas de un gran impulso. Después de ellas no hay sino intentos fallidos, a pesar de los repetidos llamamientos del papa. La cruzada no era más que una nostalgia.

c) Las cruzadas: participación y consecuencias


Cruzada de los pobres
 
Las cruzadas fueron la obra de Occidente. Participaron los reyes, los príncipes, los caballeros, los barones, pero también la gente sencilla, el pueblo, incluso los niños.

Las clases inferiores de la sociedad participaron en el ideal de cruzada y se esforzaron en ponerlo en obra; entre ellos persistió durante mucho tiempo, incluso cuando ya había desaparecido en el grupo caballeresco. Pedro el Ermitaño predica la cruzada de los pobres en 1095. A su llamada se organizaron bandas populares, compuestas de campesinos y vagabundos, y se dirigieron a Oriente. A comienzos de la cuarta cruzada, que terminó tan mal, Fulco de Neuilly predicó una cruzada reservada a los pobres. Estos movimientos fueron espontáneos, sin un previo pensamiento político o financiero, casi siempre presente entre los barones. Puede ser que estos movimientos populares fueran las solas cruzadas religiosas, aun cuando el pillaje y la violencia jalonaron su marcha. Los mismos «niños» (mejor, los adolescentes del pueblo sencillo) fueron en diferentes ocasiones movidos por emociones semejantes. En 1213, Esteban, un joven pastor de Vendóme, creyó estar elegido por Dios para liberar Jerusalén. Detrás de él, un millar de jóvenes dirigidos por sacerdotes y aventureros se embarcaron en Marsella para terminar en los mercados de esclavos de África. Tropas de jóvenes alemanes siguieron en el mismo momento a Nicolás, que profetizaba la creación del reino de la paz en Palestina. Un gran número murió en el camino.

Las consecuencias religiosas de las cruzadas fueron considerables. Los cristianos de Europa descubrieron en Tierra Santa a las civilizaciones orientales, sus ritos y sus creencias; algunos cruzados se trajeron los gérmenes del catarismo; todos percibían, al contacto de las Iglesias bizantinas, un cristianismo menos primitivo que el suyo. El Evangelio, la figura de Dios, de Dios hecho hombre, se hacía presente en todos los espíritus de un modo más concreto. En cambio, a lo largo de las cruzadas, después de la desastrosa expedición contra Constantinopla, las relaciones entre los griegos y los latinos, ya malas, acabaron de deteriorarse. La rivalidad entre las dos confesiones —por todas partes los cruzados habían instalado una jerarquía latina en Oriente— comprometió todo intento serio de acercamiento. La gran masa del pueblo, que no había podido participar directamente en la expedición, se asocia por la oración y por la limosna y se beneficia de indulgencias y de gracias que el papado extiende sobre todos aquellos que colaboran con la obra pontificia. Por esta asociación mística a una obra lejana, el papado logra hacer de la cruzada una empresa de la cristiandad. Empresa pontificia, unitaria, agresiva contra todos los creyentes extranjeros, contra los judíos, los musulmanes y bien pronto contra los cataros, la cruzada contribuyó a forzar el alma común de la cristianad occidental. Para volver unánime a un pueblo es necesario darle un ideal en que participar y una tarea que cumplir. El papado ofreció a Occidente la ocasión de reunirse para librar la tumba de Cristo. Uniendo las energías de la cristiandad latina en el deseo de conquistar Jerusalén, el papado contribuyó a neutralizar las fuerzas de división que comenzaban a manifestarse en Occidente. La colaboración de los soberanos y de los caballeros de toda Europa a este gigantesco esfuerzo contribuyó a crear en las conciencias el sentimiento de la unidad cristiana.

Estos aspectos, casi incomprensibles para los escritores modernos, señalan la profundidad del movimiento de la cruzada, en la cual se puede ver menos una expedición militar que un caminar del corazón.

d) Órdenes hospitalarios y militares


Templarios
 
La fundación y el desarrollo de las dos más grandes y más célebres órdenes militares en Tierra Santa y Occidente: los templarios y los hospitalarios, fue paralelo. Si bien la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén [12] podía preciarse de una mayor antigüedad en la función hospitalaria, la de la Milicia del Templo de Jerusalén se desarrolló rápidamente. Para el Temple se admite hoy que el cabildo del Santo Sepulcro contribuyó a su nacimiento de manera importante. Los canónigos realizaban la doble función pastoral y hospitalaria y ellos mismos fueron los primeros en poner los medios para preocuparse de los peregrinos cada vez más numerosos a partir de 1099. El patriarca procura su atención al hospital de Santa María Latina y toma caballeros a su servicio. En este contexto, toma cuerpo el movimiento de creación de un grupo encargado de la defensa de los peregrinos en la ruta de Jaffa a Jerusalén.

Uno de los animadores fue el canónigo Hugo de Payens, que fue a Francia en 1128 en busca de ayuda material y de apoyo moral. Instruido por el patriarca Esteban sobre la elección de un reglamento para aquella comunidad militar, asiste al concilio de Troyes, donde encuentra a los abades de Citeaux y Claraval, así como a obispos y otros barones. Se elabora una regla para los hermanos que se instalaron en el antiguo Templo de Salomón, próximo al Santo Sepulcro, y se hicieron llamar hermanos de la Milicia del Templo de Jerusalén. Hugo de Payens viaja a Inglaterra para buscar apoyos financieros y socorros en hombres. Desde 1130 uno de sus compañeros permanece en Francia para gestionar los intereses de la naciente Orden, en tanto que Hugo regresa a Tierra Santa a fin de cohesionar a los templarios. El cisma de Anacleto provoca una ruptura del Temple con el patriarca de Jerusalén. San Bernardo da todo su apoyo a la nueva milicia, para la que escribe un elogio y una defensa. El Temple se adhiere solamente al papado y obtiene de él, unos años más tarde, los privilegios y el hábito.

La Orden conoció un éxito rápido. Las donaciones vinieron en masa, bajo todas las formas, tierras, hombres, dinero. La expansión del movimiento fue extraordinaria: desde la Champaña pasó a Inglaterra; desde Provenza y Languedoc, a España y a Portugal. Después de la muerte de Hugo (24 de mayo de 1136) se aceptó elegir un maestro que fuese noble; su sucesor, Roberto de Craon, creó un cuerpo de clérigos capellanes y se separó de toda tutela fuera de la del papa; hermanos sargentos coexistieron con los caballeros. La segunda cruzada (1147-1149) permitió apreciar a los templarios y su Orden dio un nuevo paso adelante. Su hábito blanco con la cruz roja se hizo familiar para todos. Se fundaron encomiendas por todo Occidente, especialmente en Francia. Hacia 1180 la Regla conoce los primeros cambios.

La Regla de 1128 comprende 76 artículos, habla de los votos a pronunciar, de la obligación de los oficios, de la comida en común, de los ayunos y de las oraciones, de los entredichos y de los diferentes miembros de la Orden: caballeros, escuderos y domésticos. Los capellanes se sumaron más tarde. Ante todo debía reinar la disciplina, la obediencia al maestro, la modestia en el comportamiento, la comida en silencio, el entrenamiento militar, el combate hasta la abnegación. Las obligaciones religiosas eran pocas: asistencia a misa, recitación de Pater noster. El régimen alimenticio estaba concebido en función del esfuerzo a realizar. Los cambios de la Regla de 1180 precisan el necesario origen noble y caballeresco de los caballeros, especialmente distinguido el de los sargentos; establece la jerarquía y los oficios.

La Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén conoció un desarrollo paralelo, pero la función hospitalaria no perdió jamás su importancia. En sus comienzos era una cofradía de laicos, organizada y dotada, confirmada por Pascual II en 1112 en relación estrecha también con el Santo Sepulcro. La tradición sitúa como punto de partida de la Orden a Gerardo. Cuando murió en 1130 el movimiento ya estaba funcionando. Su sucesor, Raimundo de Puy (1120-1158), juega un papel decisivo para el desarrollo de la Orden en Oriente y en Occidente. No existía regla precisa para estos laicos que vivían en comunidad estrecha y entregados a una vida religiosa. Habia caballeros, clérigos-capellanes y hermanos-enfermeros. El cambio a Orden Militar provoca una crisis hacia 1130. Esta evolución no fue jamás criticada.

La tercera cruzada provocó la creación de la tercera Orden, la de los teutónicos. Los alemanes disponían hasta entonces de una dependencia del Hospital de San Juan, confiado a un prior alemán. Las condiciones del asedio de Acre provocaron su transformación. Las tropas alemanas, resto del gran ejército del emperador Federico I, muerto en el Salef, se habían presentado delante de la ciudad bajo la dirección de numerosos duques, condes y obispos. El duque de Sonabe, Federico, hijo del emperador difunto, quiso establecer una Orden que compitiera con la del Temple y del Hospital y se apoyó en la fundación hospitalaria. Los burgueses de Bremen y de Lübeck habían creado un hospital provisional, que fue instalado en la ciudad de Acre. En 1190, el duque Federico confía la dirección a su capellán Conrado y a su camarero Burcardo. Conrado puso las bases de la Orden, a la que dio la Regla de San Juan y el nombre de Orden del Hospital de Nuestra Señora de Jerusalén; estas declaraciones ponían de manifiesto el carácter principalmente hospitalario, y la esperanza de recuperar la Ciudad Santa. El papa acordó en 1191 su protección. En 1197, los cruzados alemanes esperaban la participación del emperador Enrique VI. Con el anuncio de su muerte, decidieron transformar su Orden hospitalaria y tomaron de la Orden del Temple los caballeros, los clérigos y los otros hermanos, siempre manteniendo una gran preocupación por los enfermos. Un caballero se convirtió en maestro de la Orden, Henri Walpolo, y tomaron un hábito, el manto blanco y la cruz negra. Inocencio III confirmó esta nueva Orden el 19 de febrero de 1199.




NOTAS
[11] E. DELARUELLE, L 'idee de croisade au Moyen Age (Turín 1980); F. COGNASSO, Storia delle crociate (Milán 1967); R. GROUSSET, Histoire des croisades et du royanme fmnc de Jérusalem, 3 vols. (París 1934-1946); M. A. LADERO QUESADA, Las cruzadas (Bilbao 1968); R. PERNOUD, Les hommes de la Croisade (París 1977); H. PLATELLE, Les croisades (París 1994); S. RUNCIMAN, Historia de las cruzadas (Madrid 1956-1958); L. GARCÍA-GUIJARRO, Papado, cruzadas y órdenes militares. Siglos XII-XIII (Madrid 1995).
[12] H. BOODAN, Les chevaliers teutoniques (París 1995).

Paredes, Javier. (1998). Diccionario de los Papas y Concilios . Barcelona: Editorial Ariel, S.A

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