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HISTORIA DE LA IGLESIA

LA LITURGIA, LA VIDA RELIGIOSA. SIGLOS IV AL VIII
I. LA LITURGIA DURANTE LOS SIGLOS IV AL VI
a) La liturgia de los sacramentos. La Eucaristía.
El septenario clásico (los siete sacramentos) fue codificado a partir del siglo XII, época en que la palabra sacramentum tomó su sentido moderno. Hasta entonces sólo existían tres sacramentos litúrgicamente constituidos: la Eucaristía, las ordenaciones sacerdotales y la iniciación cristiana —la penitencia, el bautismo y la confirmación—. El resto —matrimonio, ritos fúnebres, oficio divino, etc.— permaneció durante largo tiempo como ejercicio de devoción cuyo ritual se fue cristianizando poco a poco.

Salvo excepciones, los obispos de los siglos IV al VI no impusieron a los fieles la comunión frecuente, pero sí los pusieron en guardia sobre los peligros que llevaba consigo una comunión indigna que profanaría el sacramento, por lo que su frecuencia disminuyó mucho desde finales del siglo IV. Lo que importa no es comulgar poco o mucho, sino dignamente. Se preparaban mediante un triduum de ayuno, abstinencia, limosna y oración, prácticas que perdonaban los pecados ligeros. Los obispos galos piden a los fieles que no comulguen sin haber recitado el Pater. La oración dominical perdonaba los pecados veniales; permitía, pues, comulgar.

La realidad de la transformación del pan en el cuerpo de Cristo y del vino en su sangre, y la presencia real, está netamente afirmada en todos los ritos, aunque el empleo de pan ordinario exija un esfuerzo de fe a los fieles. Tenía lugar mediante la recitación de la anaphora que contiene las verba Christi del recitado de la Institución, las únicas palabras que el sacerdote dice in persona Christi (solución de los latinos). Para realizar la consagración del vino existieron muchas soluciones, de las que una era la consagración por contacto, que se realizaba dejando caer en el cáliz una parte de la hostia consagrada. Aún no existía la devoción eucarística fuera de la misa.

Hasta inicios del siglo V, la misa comenzaba con un breve saludo del obispo. Más tarde se incorporó una entrada solemne del obispo, asimilada a un adventus triunfal de Cristo, acompañado del salmo 148 y un cántico del Nuevo Testamento. Roma prefirió el Gloria in excelsis Deo y la Galia el cántico de Zacarías, padre del precursor.

Las lecturas fueron tanto aclamatorias como catequéticas; en número de tres en la Galia, España y Milán, sólo dos en Roma. El cántico entre las lecturas es el más antiguo de todos los de la misa, se trata de un salmo al que después se le añadió, a finales del siglo IV, un dicho popular. En España, Roma y Milán lo hicieron seguir de un alleluia con largas vocalizaciones, desconocido en África y la Galia hasta los carolingios.

El sermón no formaba parte de la celebración; en Roma, como en Oriente, se predicaba poco, al contrario que en África. Después del sermón tenía lugar la bendición y la despedida de los catecúmenos, y a continuación se cerraban las puertas. Este rito perduró hasta el siglo VIII.

Algunos ritos cantaban en seguida el Credo, símbolo bautismal introducido en la misa por razones apologéticas. Venía inmediatamente la oratio fidelium, gran oración litánica del diácono que se acababa con una oración sacerdotal. Conservada en la Galia, en España y en Milán, desapareció en Roma a mediados del siglo VI, salvo el día de Viernes Santo.

Se pasa al ofertorio, es decir, a disponer sobre el altar el pan y el vino que va a ser consagrado y a las oraciones que acompañan a este rito. Sin duda muy breve en los orígenes, fue solemnizado a partir del siglo IV con una procesión triunfal de adventus y el uso del incensario. En Roma, la oración del ofertorio era la secreta; en la Galia, la lectura de los nombres de los que habían ofrecido las oblaciones y se terminaba con una colecta post nomina, en la que se insistía en el aspecto sacrificial del ofertorio. Antes de diversificarse en muchas tradiciones, el canto del ofertorio fue el salmo 23, en uso también en Constantinopla, aunque allí fue sustituido por un himno, el Cherubikon, en torno al 573-574.

El beso de paz precede inmediatamente a la oración eucarística en la Galia y en España, como en todo Oriente. De modo inverso ocurrió en Roma y en África, donde seguía al Pater.

Inmediatamente, comenzaba la gran oración eucarística (sólo Roma habla de Canon). El prefacio era parte integrante. Roma lo cortó del resto de la anáphora por el canto del Sanctus. Como las anáphoras orientales, las oraciones eucarísticas latinas son a la vez simples y variables, salvo en Roma y en Milán. La anáphora ideal, no romana, está formada solamente de tres partes: Prefacio, Post Sanctus y Post Mysterium, que reagrupan muchos elementos: una acción de gracias, un recuerdo de la economía de la Salvación (de la Creación a la Redención), el recitado de la Institución (o anamnesis) eventualmente una epíclesis (oración para pedir a Dios que envíe su Espíritu sobre la oblata a fin de consagrarla) y la doxología final. El recitado de la Institución latina (Qui pridie) no es el mismo que en Oriente y varía según los ritos. Los dípticos de los vivos, después los de los muertos, eran leídos durante la anáphora en Constantinopla y en Roma.

El rito romano coloca el Pater al final de la anáphora; en otras partes se encuentra justo antes de la comunión y la anáphora es inmediatamente seguida de la fracción de la hostia en muchos trozos y de la comixtión, que consiste en dejar caer una de las partes en el cáliz. La preparación para la comunión se realizaba con el beso de paz (solamente en Roma), con el Pater (salvo en Roma) o con el Credo (en España después de 589). El cántico de la comunión fue el salmo 33. Era seguido en todas partes de una última oración; en Roma después de la bendición del obispo acompañada de la oración superpopulum; en la Galia esta bendición era mucho más solemne y se situaba antes de la comunión. Finalmente, el Ite missa est romano (literalmente: "Id en misión evangelizadora") que concluye la ceremonia.

b) La iniciación cristiana
La iniciación cristiana conoció una evolución mayor; una escisión en muchas entidades distintas: bautismo y confirmación, el bautismo de los niños y la fórmula bautismal Et ego te baptizo... Fue en Roma donde la iniciación presentó más particularidades interesantes y es la mejor conocida gracias al Sacramentario gelasiano.

El catecismo, esto es, la preparación de los adultos al bautismo, fue codificada a finales del siglo II o comienzos del siglo III. Esta formación se continuaba a través de diferentes etapas: preparación penitencial y catequética, bautismo y confirmación conocida hoy día bajo el nombre de iniciación cristiana. Esta disciplina conoció su apogeo en los siglos IV y V bajo la influencia de Roma, y fue modificada en el siglo VIII por los carolingios. A comienzos del siglo V, el bautismo de los niños se practicaba sólo a los que se encontraban en peligro de muerte. La transición se produce en Roma a lo largo del siglo VI, reemplazada por una disciplina enteramente nueva concebida para niños o bebés.

Los adultos convertidos al catolicismo que no habían recibido el bautismo se denominaban audientes, y asistían como oyentes a la primera parte de la misa, hasta que una monición del diácono les daba la señal de partir. Cada año, los audientes que se sentían prestos a recibir el sacramento se hacían inscribir al comienzo de la Cuaresma y se convertían en competentes o electi, esto es, catecúmenos stricto sensu. Este período de catequesis intensa duraba cuarenta días. Algunos permanecían simples audientes hasta la víspera de su muerte, ya porque tuvieran miedo de no ser capaces de mantener las promesas de su bautismo, ya porque habían determinado obtener in extremis el perdón de todas sus faltas. Los concilios condenaron esta actitud.

Desde comienzos del siglo V, la gran mayoría de los cristianos morían bautizados. La preparación al bautismo se realizaba durante el tiempo de preparación a la Pascua. Después de un ritual de entrada oficial en el catecumenado, al comienzo de la Cuaresma, los electi pasaban tres escrutinios («pruebas probatorias»); el último llevaba consigo dos traditiones: la del Credo de Nicea-Constantinopla y la del Pater (la traditio de los cuatro Evangelios presente en el «gelasiano» no es primitiva). Estos tres escrutinios dominicales desaparecieron a lo largo del siglo VI.

Finalmente, durante el curso de una última reunión en la mañana del Sábado Santo se celebraba el rito de la effeta (o apertio aurium) con la abrenuntiatio diaboli y la redditio Symboli pública, que fue una particularidad romana. El bautismo tenía lugar el mismo día, después de la bendición de la fuente, en el curso de la vigilia pascual previa a la celebración de la Eucaristía.

El bautismo llevaba consigo tres inmersiones a las que seguía la respuesta a una pregunta trinitaria (Creáis in Deum Patrem...? Creáis in Iesum Christum...? Creáis et in Spiritum Sanctum...?), salvo en España, donde sólo se practicó una, en un sentido antiarriano. El acto que daba valor al bautismo era la triple respuesta. Se añadía la formula «Yo te bautizo...» (Mt 28,19), dicha por el ministro. Fórmula que pudo ser introducida en el siglo VI, pasando al ritual carolingio

El bautismo era inmediatamente seguido de la confirmación y, finalmente, de la primera comunión. Los orígenes de la confirmación (la segunda unción posbautismal) son muy discutidos, aunque parece específicamente romana y difundida por los carolingios.

Por lo que concierne, finalmente, a la penitencia, se asiste desde el siglo V al declive de la penitencia pública, que se abría en Roma el miércoles de Ceniza y se terminaba el Jueves Santo con la reconciliación de los penitentes. Ésta fue reemplazada por una penitencia privada, que llevó consigo la confesión auricular de los pecados cuya gravedad es determinada por los confesores con la ayuda de manuales que les proporcionan tarifas indicativas: se trata de los penitenciales, de los que los más antiguos datan del siglo VI.

La idea de compilar estos catálogos de pecados no es en sí ni «irlandesa» ni «germana» ni aún menos «medieval»; existió en Constantinopla en la misma época. Su aparición ocurrió sencillamente en el momento en que las autoridades eclesiásticas de todo el mundo cristiano comprendieron que la disciplina antigua había pasado. El nuevo sistema representa un progreso: la penitencia se convierte en renovable para los pecados gruesos («mortales»); mientras que para los pecados ligeros («veniales») no cambiaba la disciplina antigua; se perdonaron siempre por la práctica del ayuno, la limosna y la oración, especialmente la del Pater. Pero esta penitencia era imperfecta; el penitente debía cumplir la satisfactio, que era proporcional a la gravedad de la falta cometida y algunas veces tan pesada que fallaba, sin duda, en el mismo punto de partida. Este cambio no llevó consigo la desaparición total de la penitencia antigua que subsistió para las faltas más graves: crímenes de sangre, sacrilegios, perjurios, etc., que los carolingios conservaron.

c) Las ordenaciones sagradas
Es necesario distinguir entre las ordenaciones de los tres ministerios mayores —diaconado, presbiterado y, especialmente, episcopado— y las otras órdenes menores, cuyo número varió según las Iglesias y su época. En Roma las órdenes mayores se conferían por medio de la imposición de manos seguida de una fórmula consecratoria fijada en el «Sacramentario leonino»; en cambio, los receptores de las órdenes menores pasaban un simple examen probatorio y recibían los objetos que utilizarían en el ejercicio de su ministerio.

El ritual romano, muy elemental, no comprendía unciones, por ejemplo de las manos al sacerdote; esto es algo específicamente galo que entró en el ritual romano en el siglo VII, cuando éste se unió con el ritual galo, más desarrollado. En la Galia, en la segunda mitad del siglo V, en el momento de la consagración de un obispo, los prelados consagrantes colocaban el libro de los Evangelios abierto encima de la cabeza del ordenando (ritual conocido en algunas iglesias de Oriente) después de ser llevado en triunfo en una sella áurea. En Roma, los obispos suburbicarios prestaban un juramento de fidelidad al obispo de la ciudad.

d) El matrimonio
Lo específico del matrimonio cristiano es su carácter indisoluble (Mt 19,3-9). Al crear dificultades para los matrimonios mixtos, muy desaconsejados por Tertuliano, dio lugar a la constitución progresiva de un ritual específico que se inculturizó con elementos provenientes del matrimonio romano tradicional: la dextrarum iunctio y la velatio. Sin embargo, existió un matrimonio cristiano. A partir del siglo IV, y sin duda antes, el ritual del matrimonio se fue cristianizando con la presencia del clérigo, que era el testigo de la unión sin ser el agente, y bajo la forma de una bendición y de la velatio nupcialis. Esta bendición fue integrada en una misa ad hoc, con sus lecturas, sus cánticos y sus oraciones propias, en el siglo VI. Su tenor hace esencialmente del matrimonio una institución indisoluble cuyo fin es, ante todo, la procreación, de la que se recuerda que fue instituida y bendecida por Dios, y, de otra parte, una bendición de la esposa, que se apresta a someterse a su marido y se pide al buen Dios que le conceda cualidades semejantes a las de las mujeres patriarcales.

e) La liturgia de la muerte
Comprende tres aspectos: el sacramento de los enfermos (el viático), el rito de los funerales y la celebración de misas por el reposo del alma del difunto. En los primeros siglos cristianos no existió un sacramento particular, con unciones y oraciones. Parece también que la práctica de que comulgaran los moribundos se generalizó en el siglo V. Se asiste, de otra parte, a una cristianización del ritual de los funerales: el fúnebre carmen y la ululatio. La práctica del treintanario gregoriano o en todo caso la costumbre de hacer celebrar una o varias misas por el reposo del alma de los difuntos fue difundida por los Diálogos de San Gregorio (IV, 57). Práctica que nada tiene de «mágico», puesto que se trata de una simple aplicación de la fe en la comunión de los santos, y que tuvo su desarrollo en el siglo VII, aunque no conoció su pleno apogeo hasta el siglo siguiente.

II. LA LITURGIA DURANTE LOS SIGLOS VII Y VIII
Durante el siglo VII y la primera mitad del VIII la liturgia y la vida, religiosa cambiaron notablemente.

a) La liturgia
Las diferentes liturgias
El principal oficio del monje era la oración en común. Hasta mediados del siglo VIII, cada Iglesia tenía su propia liturgia, su propio «oficio divino», según la definición de Isidoro de Sevilla. Existían los ritos romano, ambrosiano, mozárabe, de la Galia, etc. Monjes y clérigos poseían unas obras que los iniciaban en estas liturgias: los sacramentarios, que contenían las oraciones del celebrante de la misa; los antifonarios, que contenían las partes cantadas del oficio; y los leccionarios, donde se encontraban diferentes lecturas del Antiguo y del Nuevo Testamento. En los oficios divinos monásticos la recitación de los salmos constituía la parte fundamental, acompañada de himnos y lectura de textos tomados de la Biblia. El salterio romano, antiguo salterio latino revisado por San Jerónimo, penetró en Inglaterra con la llegada de los misioneros enviados por Gregorio Magno. En la Galia es conocido en el siglo VII. En Roma el sacramentario llamado gelasiano era utilizado en el siglo VII en concurrencia con el sacramentario gregoriano, que contenía 80 oraciones atribuidas a San Gregorio Magno. La liturgia galicana del pseudo- Germán de París, escrita hacia el año 600 y no a finales del siglo VII como se creía, estaba muy influenciada por Oriente. Conocemos bien la liturgia de la España visigoda gracias a la obra de San Isidoro de Sevilla y a la de San Ildefonso de Toledo. Aunque el concilio IV de Toledo (633) quiso unificar esta liturgia, se distinguen dos tradiciones: la de la capital del reino, y aquélla, más arcaica, originaria de Sevilla. El Liber Ordinum indica el orden de las diferentes ceremonias y misas votivas. En cuanto a la liturgia celta es conocida por el antifonario de Bangor, conservado en Milán, y por el misal de Stowe.

El año litúrgico
En todo el Occidente el año litúrgico se presenta de la misma manera, con dos polos: Navidad y Pascua de Resurrección. Pero cada Iglesia tiene sus variantes. En la Galia y en España, el 1 de enero, fiesta de la Circuncisión, está marcado por un ayuno para combatir las mascaradas indecentes. En España, la Semana Santa es ya celebrada con fasto. El Viernes Santo tiene lugar la ceremonia de «la indulgencia» para la reconciliación de los penitentes, que comprende tres actos: oración de los mismos penitentes, intercesión de la asamblea y oración a Dios dirigida por el obispo. Las fiestas de la Virgen son más numerosas en España y en Roma que en otros lugares. Éstas fueron introducidas por los viajeros bizantinos: la Purificación, la Natividad, la Dormición. San Pedro y San Pablo son venerados por todas partes, mientras que el culto de San Miguel se desarrolla en Roma y en la Italia lombarda. En cada Iglesia el culto de los santos tiene un lugar importante en la liturgia.

b) La pastoral popular
La supervivencia de las prácticas paganas
La Iglesia instala sus monumentos sobre toda la tierra conquistada o reconquistada: oratorios, capillas, cruces, testigos de la toma de posesión del suelo. Pero ¿qué ocurre con las almas? Los obstáculos a la pastoral fueron numerosos porque el paganismo se continúa manifestando bajo las formas más diferentes. En España, los concilios de Toledo de los años 589, 680 y 693 condenan la idolatría, el culto a las piedras y a las fuentes, las prácticas mágicas y los ritos funerarios. En la Galia e Inglaterra sucede lo mismo. El concilio de Leptinnes y el indiculus superstitionum confeccionan una lista de las costumbres paganas a inediados del siglo VIII. Los dioses antiguos no están muertos, se honran sus estatuas, se les consagran fuentes o se les ofrecen banquetes. Se mantienen en pie sus templos; en las ciudades el paganismo reaparece en las fiestas del solsticio de invierno o en las calendas de enero. En la misma Roma, estas fiestas se celebraban en torno a la basílica de San Pedro a mediados del siglo VIII, como lo confirma una carta de San Bonifacio al papa Zacarías. Sobreviven, igualmente, las prácticas mágicas, ya para defenderse de las fuerzas del mal, ya para dañar a otra persona. Por lo que se refiere a la primera forma o magia blanca, recordamos los encantamientos y los gestos propiciatorios, los filtros de amor, las fórmulas de curación, pero también el llevar filacterias. Éstas, según Bonifacio, se vendían públicamente en Roma a mediados del siglo VIII. Para las poblaciones incultas estas fílacterias tenían más poder por estar recubiertas de caracteres incomprensibles. La magia criminal o para dañar por medio de maleficios es no sólo denunciada, sino también condenada a muerte. Para conjurar los males que les amenazaban, las poblaciones se entregaban a cantos y a danzas que los clérigos denunciaban como deshonestas y lujuriosas.

El bautismo de los adultos y de los niños
El bautismo se ha simplificado: es suficiente que el neófito responda a las cuestiones que le plantea el sacerdote o el obispo sobre el nombre que quiere llevar, la renuncia al diablo y sus ángeles, a su culto y sus ídolos, y sus hurtos, fraudes, libertinaje, embriaguez y todas sus malas acciones, manifieste su fe en la tres Personas de la Trinidad, y conozca el Credo y el Pater. La mayoría de los textos se refieren al bautismo de los adultos.

Por otra parte, los niños son bautizados en su primera edad. En Inglaterra las leyes civiles y religiosas exigen que el bautismo de los niños tenga lugar un mes después de su nacimiento. Gregorio Magno advierte a los padres negligentes que la salvación de su hijo está en juego si este último muere sin haber recibido el bautismo; sin duda, muchos padres esperaban bastantes años para llevar a sus hijos al bautismo. En la Galia, sobre todo entre las clases aristocráticas, se prefería que fuera el propio niño quien respondiese a las cuestiones del obispo y que tuviese plena conciencia de su compromiso. Pero el bautismo de los niños se fue generalizando poco a poco. El niño era representado por sus padrinos, que debían recitar en su lugar el Credo y el Pater. Con posterioridad, los padrinos debían enseñar las dos oraciones a su ahijado. El niño no recibía educación religiosa particular; sus padres y sus padrinos le ayudaban a que aprendiese lo mínimo para, en adelante, recibir la misma enseñanza que los adultos.

La penitencia privada
Una práctica nueva permitió a cada cristiano profundizar en su vida espiritual, la penitencia privada. Aun cuando la penitencia pública se mantuvo incluso en Roma y en la España visigoda, se introdujo la penitencia privada. Se multiplicaron los «penitenciales», es decir, los libros que proporcionan al confesor un catálogo de pecados acompañados de la taxa de la penitencia. En Inglaterra, el penitencial atribuido a Teodoro, que data de comienzos del siglo VIII, y el penitencial de Egberto, arzobispo de York, así como el atribuido a Beda, se inspiran en los penitenciales irlandeses. En el continente los penitenciales de Columbano se dirigen a los monjes y a los laicos. Llama la atención la minuciosidad con que los pecados y otras abominaciones son detallados así como excesivas penitencias.

La predicación
La predicación es el primer medio para instruir al pueblo. «Por medio de la predicación los iletrados conocen lo que Dios recomienda», escribe Gregorio Magno. La tercera parte de su Regula pastoralis es un verdadero tratado de la predicación dirigida a los obispos. Desde el siglo VI, el obispo, a medida que el número de bautizados fue aumentando, delegó en los sacerdotes la obligación de predicar y les pidió que se inspiraran en los sermones predicados por los Padres o bien que improvisaran. Crodegango de Metz (712-766) en su Regla de los canónigos se duele de que el pueblo cristiano no reciba suficientemente la palabra sagrada, y desea que sus canónigos prediquen dos veces por mes, adaptando a cada público la predicación a fin de que el fiel comprenda al orador. A medida que el latín se iba haciendo menos comprensible, se hizo necesario usar la lengua vulgar; algunos predicadores se hacen ayudar por un intérprete. Cuando el irlandés Aidan convirtió a los nortumbrianos, el rey Oswaldo le sirvió de intermediario ante los grandes. En los monasterios donde se preparaban los misioneros se les enseñaba a predicar y se estudiaban las lenguas extranjeras.

El contenido de estos sermones variaba según el público y la época de la predicación. Gregorio Magno e Isidoro de Sevilla recomendaban comentar la Sagrada Escritura, otros predicadores utilizaban cada vez más los exempla tomados de las vidas de los santos o que proporcionaban un consejo moral. En Italia del Sur, Ambrosio Autpert, hablando a los laicos de Benevento, les pide que no deseen ni se apoderen de los bienes de otros por medio de robo, fraude, mentira o perjurio, que observen el ayuno de la Cuaresma y rescaten las faltas cometidas por medio de limosnas. El predicador exhortaba a los fieles a abandonar las prácticas paganas, y delinea los trazos más importantes de la vida de un cristiano que va regularmente a la iglesia, vive castamente, enseña el temor de Dios a los hijos y los principales vicios. Si el predicador se inspiraba en los sermones de otros, escogía las páginas que denuncian lo absurdo de las prácticas paganas. Los sermones sobre la Escritura no eran generalmente utilizados. La Iglesia animó a confeccionar homiliarios, para que pudieran ser utilizados por los predicadores.

La «predicación muda». Las imágenes
Para familiarizar a los fíeles con los temas bíblicos, la Iglesia utilizó lo que se llamó la «predicación muda», esto es, la imagen. Escribiendo al obispo de Marsella, que se quejaba de ver a sus fíeles adorar a las imágenes, Gregorio Magno le recomienda no suprimirlas «a fin de que los iletrados pudieran aprender al menos mirando los muros [...] Una cosa es adorar las imágenes y otra aprender, a través de la historia representada por la imagen, lo que se debe adorar». Esta carta, que ha pasado al derecho romano, define la actitud ante las imágenes. Los misioneros enviados por Gregorio a Inglaterra se sirvieron de imágenes sagradas para apoyar sus predicaciones. A finales del siglo VII en Jarrow, Benito Biscop adornó su monasterio con pinturas que permitían comprender la correspondencia que existía entre los dos Testamentos.

A comienzos del siglo VIII, la lucha iconoclasta dio a la Iglesia romana la ocasión de reafirmar su posición en relación con el papel pedagógico de las imágenes. La Iglesia pudo sacar partido del gusto particular que los germanos, como todos los pueblos llamados primitivos, tenían por las representaciones de imágenes.

Las peregrinaciones
Los peregrinos iban a buscar las reliquias a Roma y a Tierra Santa. Adamando de lona escribió una «guía de los lugares santos» a partir de la narración que un obispo le facilitó hacia el año 670, guía que usará Beda el Venerable y que conocerá un gran éxito. La hagiografía del anglosajón Willibaldo nos ha dejado la narración de su peregrinación a Tierra Santa. Inversamente, los orientales aportaron reliquias de su país como las de San Jorge, Sergio, Ciro, Cosme y Damián, cuyos nombres están recogidos en muchas iglesias parroquiales.


ÁLVAREZ GÓMEZ, JESÚS. (2001). HISTORIA DE LA IGLESIA. MADRID: BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS

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