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HISTORIA DE LA IGLESIA

EL MONACATO EN OCCIDENTE
a) San Benito y su Regla
Biografía de San Benito

San Benito de Nursia
 
Entre el año 430 y 435 morían San Agustín y Casiano. Hacia el año 480 nacía San Benito en Nursia o en sus alrededores, en la Sabina (Italia), de familia noble o acomodada, de la pequeña nobleza rural. Fue enviado a Roma para cursar el estudio de las artes liberales (que podía ser con vistas a una ulterior dedicación pública). Pero dejó los estudios literarios, abandonó la casa y los bienes paternos y se retiró a vivir sólo para Dios.

En un primer momento se estableció con su nodriza en Effíde (hoy Afile), pero muy pronto la popularidad conseguida gracias a un primer milagro le hizo salir del lugar. Huyó completamente solo a un lugar desierto cerca de Subiaco, a 77 Km. al sur de Roma. Vivió en una cueva ignorado de todos excepto del monje Román, posiblemente del vecino monasterio de San Blas, quien le llevaba regularmente pan. Permaneció allí tres años hasta que comenzó la afluencia de los discípulos.

Una comunidad de monjes que vivía según su antojo, la de Vicovaro cerca de Tívoli, lo llamó para que fuese su abad. Benito se esforzó en enderezarlos, pero ellos intentaron envenenarlo sin éxito. Entonces, el santo volvió a Subiaco, a su soledad. Pero de nuevo fue reclamado por los discípulos y fundó para ellos hasta doce monasterios, cada uno con doce monjes y su abad. En esta época se sitúa la vocación de sus famosos discípulos Mauro y Plácido. Encontramos ya aquí las grandes líneas de lo que será su concepción monástica llena de equilibrada discreción. Por odio y envidia al santo, el presbítero Florencio introdujo en el monasterio a doce muchachas desvergonzadas para que tentaran a los monjes jóvenes y provocaran así la destrucción de la obra de San Benito. Éste, lleno de caridad y delicadeza, prefirió abandonar su obra, y junto con unos pocos discípulos marchó al sur.

Éste es el origen de la nueva fundación, Casino, donde destruyó el ara de piedra que sobre el altozano estaba dedicado a Júpiter, edificando allí su monasterio y consagrando la iglesia a San Martín. Según la tradición, esto ocurrió el año 529. El santo evangelizaba a la población al mismo tiempo que continuaba el desenvolvimiento de su obra monástica.

Es aquí donde conviene situar la redacción de la Regla, aunque no lo hizo de una vez. Parece que primero incluyó hasta el capítulo 66 y después añadió hasta el 73, que cierra la segunda y definitiva redacción, presumiblemente posterior a 540 o 546.

Más adelante accedió Benito a la demanda de un hombre devoto y envió unos monjes a construir un monasterio en las inmediaciones de Terracina.

Después de haber anunciado la que fue primera destrucción de su monasterio, San Benito se hizo llevar a Montecasino, donde murió probablemente el 21 de marzo de 547, siendo sepultado dentro del mismo monasterio en la capilla de San Juan Bautista.

La biografía de San Benito por San Gregorio Magno

San Gregorio I Magno
 
El único documento que nos da a conocer la vida de San Benito es el libro segundo de los Diálogos de San Gregorio Magno. Sería injusto privar de toda historicidad a la única «biografía» de nuestro santo. Gregorio no ha querido exclusivamente describir la figura idealizada del monje perfecto y su propia concepción mística, sino que es su objetivo esencial: la edificación espiritual de Pedro, su destinatario, lo que condiciona su historicidad.

San Gregorio cita a sus informadores, que son especialmente cuatro personajes bien conocidos: Constantino, sucesor de Benito como abad de Montecasino; Valentiniano, monje de Montecasino y después abad de San Pancracio de Letrán; Simplicio, tercer abad de Montecasino; y Honorato, abad de Subiaco, quien aún vivía cuando escribe San Gregorio.

Bajo la apariencia de un escrito puramente maravilloso, esta corta biografía permite hacerse una idea bastante clara del retrato espiritual del santo. Podemos aceptar que San Gregorio escribió su obra sobre San Benito en los primeros años de su pontificado (590-604) y en concreto entre el otoño y el invierno del año 593 y noviembre del siguiente.

La «Regla»
San Benito es famoso por haber escrito una regla para los monjes, notable por su discreción y claridad en su lenguaje. Intentar un comentario sería una empresa temeraria. Bastaría recordar los miles de páginas que sobre ella se han escrito.

En su conjunto, la Regla de San Benito se presenta como una de las más largas de la antigüedad, pero relativamente metódica y completa. Sobresale en relación con las reglas antiguas, que suelen ser fragmentarias e incompletas. Se pueden distinguir en ella dos partes principales, seguidas de un apéndice y cerradas por un epílogo. La primera parte abarcaría desde el prólogo hasta el capítulo VII; la segunda, del capítulo VIII al LXVII; el apéndice y el epílogo, desde el capítulo LXVIII hasta el final, capítulo LXXIII.

La primera parte es predominantemente espiritual, trata sobre las tres virtudes benedictinas principales: la obediencia, la taciturnidad y la humildad. La segunda parte es institucional y disciplinar: regulación de la vida, código penal, distribución del tiempo entre oración, lectura y trabajo. El apéndice se refiere sobre todo a las relaciones fraternas, y el epílogo, de carácter exhortativo-sapiencial, empalma con el prólogo.

La concepción de la vida religiosa en esta Regla es esencialmente vertical. La vida monástica es «una escuela del servicio divino» cuyo maestro es el abad. De aquí que el prólogo comience: «Escucha, hijo, estos preceptos de un maestro». Y de aquí también que lo primero que llame la atención en esta Regla sea la importancia que se le da a la obediencia, de la cual ya se habla en el mismo prólogo.

San Benito concibe la vida monástica como una milicia de Cristo Rey cuya arma más poderosa es la obediencia. Como consecuencia de esta concepción básica de la vida monástica, San Benito comienza su Regla con un largo capítulo dedicado a «cómo debe ser el abad», en cuyo principio coloca el fundamento de la obediencia: «la fe nos dice que [el abad] hace las veces de Cristo en el monasterio». La obediencia se instala desde el principio en el ámbito de la fe; por ella ve en el abad al que hace las veces de Cristo, siendo éste el más fundamental en la concepción de la obediencia religiosa.

El capítulo V de la Regla está íntegramente dedicado a la obediencia, que es caracterizada como «primer grado de humildad», aunque después, en el capítulo VII, consagrado a la humildad, se coloque a la obediencia como tercer grado de la humildad. La obediencia de que aquí se trata es la obediencia «sin demora».

Hasta tal punto la obediencia domina la vida del monje que incluso los detalles de ésta son regulados por la Regla. Un caso especial de aplicación de esta obediencia se da «si a un hermano le mandan cosas imposibles», asunto que ocupa el capítulo LXVIII. La solución es aceptar la orden; si se ve que no se puede cumplir, informar de ello al superior, y si el superior insiste, convencerse de que se puede cumplir y tratar de hacerlo.

En correspondencia con esta concepción y praxis de la obediencia es normal que la Regla de San Benito trate extensamente del abad. Lo hacen los capítulos II: «De cómo debe ser el abad», y LXIV: «La elección del abad». En ellos se tienen en cuenta los rasgos fundamentales de la figura del abad tal como la desea San Benito. El principio fundamental es que, según la fe, el abad hace en el monasterio las veces de Cristo, es concebido como pastor y director de almas. El abad ha de enseñar de dos maneras: con su conducta y con su palabra, y más por la primera que por la segunda. Su preocupación ha de recaer más sobre las realidades espirituales que sobre las materiales.

Una tercera característica de la Regla benedictina es la importancia que se da en la vida monástica a la humildad, hasta el punto de componer un pequeño tratado sobre ella en el capítulo VII. Dos cosas hay que tener en cuenta: primero, que, como advierte Colombás, este capítulo contiene «el meollo de la doctrina ascética de la Regla de San Benito»; segundo, que el contenido del término humildad es mucho más amplio y complejo de lo que se viene entendiendo'desde la escolástica. En efecto, según la Sagrada Escritura y la Tradición patrística, la humilitas está íntimamente ligada con la pobreza y es la puerta del Reino de los cielos (cf. Mt 5,3; 11,29; Flp 2,7-8). La humildad viene a ser una actitud característica y específicamente cristiana, requisito indispensable para entrar en el Reino de los cielos o, mejor, para que el Reino de Dios entre en uno mismo. La humildad se desarrolla en doce peldaños o grados por los que el monje «purificado ya de sus vicios y pecados [...] llegará pronto a ese grado de amor a Dios que, por ser perfecto, echa fuera todo temor» (VII y LXVIIII). La humildad es para San Benito la escala por donde se llega al amor perfecto.

En el capítulo VI San Benito habla sobre la taciturnidad. Es uno de los tratados más reducidos, el silencio en la vida monástica. Comienza el capítulo con una cita del salmo 40, comentada brevemente, y dos citas del libro de los Proverbios. El monje debe evitar absolutamente las palabras malas y lo más posible las buenas. A continuación, dos frases para describir la actitud del monje delante del superior: total silencio o pregunta respetuosa. Finalmente, el capítulo prohibe las bromas y las palabras ociosas. El conjunto del capítulo es lo suficientemente lacónico como para dar la impresión de en sí mismo dar una lección de taciturnidad, como si San Benito quisiera unir el ejemplo a la doctrina.

Otras tres características de la Regla son:

1) La minuciosa reglamentación del oficio divino u Opus Dei (especialmente en el capítulo XVI) como él lo llama corrientemente, que abarca trece capítulos (del VIII al XX) y se apoya en «siete veces al día te alabo», «a media noche me levanto para alabarte» (salmos 118, 164 y 62). Los siete momentos son: Maitines, Laudes, Prima, Tercia, Sexta, Nona, Vísperas (a las tres) y Completas (antes de acostarse). Maitines y Laudes habían de ser cantados a media noche.
2) La ocupación diaria de los monjes, repartida entre el trabajo manual y la lectio divina, se recoge en el capítulo XLVIII de la Regla. Debido a esto, la Regla se ha resumido en el ora et labora o quizás ora, labora et legere. De Vogüe afirma: ora, labora, legere et meditare. Este capítulo comienza afirmando que la ociosidad es enemiga del alma, regla tomada del libro de los Proverbios y del Eclesiastés. La ociosidad es la escuela de los vicios.
3) Sobre la hospitalidad o caritativa acogida de los huéspedes habla en dos capítulos: en el Lili: «Del recibimiento a los huéspedes », y en el LXVI: «De los porteros del monasterio». En el Lili ofrece un curioso contraste entre su comienzo y su final. En primer lugar prescribe que acojan a los huéspedes como a Cristo, con una veneración entusiasta, y termina prohibiendo que los monjes hablen a los huéspedes. En el LXVI se da el mismo contraste que el referido a la acogida de los huéspedes. En un primer momento todo es diligencia para abrir y responder, respeto religioso y caridad ferviente, pero inmediatamente después la puerta se cierra y se pronuncia un juicio severo sobre la salida de los monjes: no es buena para sus almas. La actitud para recibir es amplia, pero la clausura estricta. De este modo se pone de manifiesto la tendencia separatista de la vida monástica, complemento indisoluble del espíritu de acogida.
En el apéndice, San Benito añade a la perspectiva de la vida monástica como escuela la dimensión de comunidad.

A pesar de la excelencia de esta Regla, San Benito en el epílogo (capítulo LXXIII) la considera sólo como un principio de vida monástica. Para recorrer el camino desde este principio a la perfección indica y recomienda a los autores y personajes del Antiguo y Nuevo Testamento, los libros de los Santos Padres católicos y los libros de los autores específicamente monásticos: Casiano, la Regla de San Basilio, etc.

b) La era monástica
El período de la historia europea que transcurre entre la muerte de San Benito (hacia 547) y la de San Bernardo (1153) es conocido con el nombre de «era monástica» o siglos benedictinos, como lo designa M. D. Knowles.

La expresión «era monástica», desde el punto de vista de la evolución de la vida consagrada, es acertada porque de San Benito a San Francisco y Santo Domingo no hay más que monjes, y la Regla de San Benito, una y otra vez, se intenta cumplir en su integridad. La expresión siglos benedictinos tampoco es desacertada, aunque quizás con menos rigor, pues la Regla de San Benito se fue imponiendo poco a poco sobre las demás en un proceso lentísimo a partir de una situación del monacato plural de los siglos VI, VII y VIII, durante los cuales se observaron diferentes reglas y la mayor importancia correspondió al monacato irlandés.

Durante estos siglos VI al XII, los monjes de todas las órdenes, individualmente o en comunidad, constituyeron un rasgo específico de la sociedad continental e insular, influyeron en ella en todos los niveles: espiritual, intelectual, litúrgico, artístico, administrativo y económico. La vida monástica fue un estilo de vida que abarcó no sólo a los propios monjes, sino a un sector importante e influyente de la sociedad que quería vivir conforme a ese modelo. Los monjes tuvieron prácticamente el monopolio del estudio y de la doctrina espiritual; de hecho, aunque no en sentido exclusivo y por sus costumbres y su modo de pensar, dejaron su impronta en toda la cristiandad occidental.

Podemos dividir estos siete siglos en cinco grandes períodos:

1) siglos VI, VII y VIII: expansión del monacato, monacato celta-irlandés, difusión de la regla benedictina;
2) siglo IX: unificación del monacato bajo la Regla de San Benito;
3) siglo X: centralización cluniacense;
4) siglo XI: reacción eremítica, los cartujos;
5) siglo XII: la reforma cisterciense.
c) La expansión plural del monacato. Siglos VI, VII y VIII
San Benito murió en el año 547. A su muerte existían en la zona de Subiaco los doce pequeños monasterios más otro que se había reservado San Benito para los monjes más jóvenes, cuya formación ejercía él personalmente. En 529 fundó el monasterio de Montecasino, después el de Terracina.

La invasión lombarda destruyó el monasterio de Montecasino hacia el año 580, mientras que los de Subiaco y Terracina parece que escaparon a la destrucción. Los monjes casinieses huyeron a Roma, donde el papa Pelagio II (570-590) les asignó el monasterio de San Pancracio, junto a Letrán.

Es probable que estos monjes dieran a conocer allí la Regla de su fundador. Pero quien más contribuyó a su difusión fue la personalidad de Gregorio I Magno con su biografía de San Benito y el elogio de su Regla. Se trataba de un caso similar al de San Antonio de Egipto, que encontró en San Atanasio, arzobispo de Alejandría, su más ferviente propagador mediante la Vita Antonii; San Benito de Nursia tuvo como panegirista al papa Gregorio I Magno. En 593-594 escribió Gregorio el segundo libro de los Diálogos, que es la biografía de San Benito, unos cincuenta años después de su muerte. La difusión posterior de la Regla es compleja, y oscuro el modo en que salió de Italia y se propagó en las Islas Británicas, dada la gran cantidad de reglas monásticas que existían en el siglo VI.

El monacato en Francia

San Cesáreo de Arles
 
En el siglo VI se dio, como afirma Marrou, un «pulular de reglas» de las que se conservan al menos veinte. Las reglas no eran concebidas de una manera rígida, sino que más bien eran entendidas como una inspiración general que el abad de cada monasterio aplicaba según las circunstancias particulares. En su aplicación se combinaban frecuentemente elementos de una y otra regla dando origen a las llamadas regulae mixtae. De esta variedad de reglas destacan las de Cesáreo de Arles, la anónima y enigmática Regula magistri y la Regla de San Benito.

San Cesáreo de Arles pertenece a la segunda generación de los monjes de Lérins, fundados por San Honorato (obispo de Arles, 428-430). San Cesáreo nació en Borgoña hacia el año 470 de familia galo-romana. Ingresó a los veinte años en Lérins (490), donde enfermó de tanta penitencia y fue enviado a Arles para restablecer su salud. Allí el obispo Eonio lo nombró abad de un monasterio construido en la isla del Ródano, cargo que desempeñó durante tres años (499-502).

En el año 502 sucedió como obispo de Arles a Eonio. Construyó un monasterio para monjas en el año 512. Escribió para ellas un esbozo de regla, Regula ad virgines, un tanto desordenada, y después una recapitulatio. Obtuvo para sus monjas, por primera vez en la Galia, el privilegio de la exención de la autoridad de los obispos. Entre 534 y 542, fecha de su muerte, escribe para los monjes otra regla, más sintética y ordenada, Regula ad monachos. Ambas reglas se caracterizan por una influencia agustiniana. Inculca la estricta clausura de las monjas, la no-propiedad y la vida común. Insiste en la humildad y en la obediencia en los monjes. Estas dos reglas inspiraron una serie de ellas.

El monacato en las Islas Británicas
Se produjeron dos oleadas sucesivas monásticas. La primera celta- irlandesa y la segunda anglosajona.

A partir de 550 el monacato celta experimentó un gran florecimiento. Irlanda pasó a tener una organización y ser una Iglesia monacal, en la que los monasterios eran los principales centros de administración eclesiástica, y los monjes, en calidad de obispos y sacerdotes, eran los encargados de la cura de almas. La parroquia monástica se correspondía con el distrito del clan, cuyo jefe era el propietario del monasterio.

Las características de este monacato irlandés en la segunda mitad del siglo VI son: estudio de la Escritura y de los Padres; trascripción de los manuscritos; práctica del ascetismo y de la penitencia; espíritu solitario y a la vez misionero.

El período de expansión tuvo su comienzo con la fundación del monasterio de Hi o Jona en Escocia por Columbano el Viejo en 563. Luego la obra de conversión se extendió hacia el sur, a los anglos y sajones del norte del Támesis. Con esto se llega al final del siglo VI. San Columbano el Viejo muere en 597.

Aquí entra en juego la amplia visión evangelizadora del papa Gregorio I Magno (590-605), de la que ya hemos hablado. Agustín se estableció en Canterbury, de donde fue nombrado arzobispo y fundó en 604 los obispados sufragáneos de Londres y Rochester.


San Columbano el Joven, abad de Luxeuil
 
A finales del siglo VI se produjo una segunda expedición misionera de los monjes irlandeses, esta vez hacia el continente, más importante que la primera. La peregrinatio Christi los lanzaba por los caminos, forma superior de ascesis, a la vez sustituto y búsqueda del martirio. Personaje central es San Columbano el Joven. Nació hacia 540 en el reino de Lanster, situado en el suroeste de Irlanda. A los veinte años dejó el mundo y completó su formación en el monasterio de Claen-Inis, en el actual Ulster. La región estaba poblada de monasterios; cabe destacar el de San Congall por su rigor. Cuando Congall marchó a Belfast para fundar allí su abadía de Bangor, Columbano se fue con él y en sus manos profesó como monje.

San Columbano pasó al continente con doce compañeros, hacia el año 590: la Galia, Austrasia, Champaña, las Ardenas y los Vosgos fueron evangelizados. Su enrancia evangélica lo llevó a la Burgundia, allí el rey Gontran (581-589) le ofreció un territorio desierto donde se levantaron muy pronto tres monasterios: Annegray, Luxeuil (ruinas de una antigua ciudad termal) y Héritier (con tradiciones célticas).

Columbano organizó estas fundaciones a imagen de los monasterios irlandeses y les dio una regla severa. Las celdas de cada monje, en piedra o en madera, se disponían en torno a la celda del abad. Contaban con una iglesia y las construcciones necesarias para la vida en común. Largos ayunos a pan y agua, recitación del salterio, castigo por las menores faltas, confesión frecuente de los pecados, daban a la regla columbaniana un carácter rudo que no tenía la Regla de San Benito. Escribió para sus monjes dos reglas, una espiritual y otra disciplinar, que en el siglo XI fueron rebautizadas como Regula monachorum y Regula coenobialis.

Después de Luxeuil, Columbano llegó a formar comunidades cada vez más numerosas y que comenzaron a propagarse. Su intransigencia moral le llevó a entrar en conflicto con Brunequilda, la reina de Austrasia que los expulsó de Luxeuil en 610. Camino de Roma, obtuvo del rey lombardo Agilulfo y de la piadosa reina Theodolinda la posibilidad de construir su último monasterio a Bobbio, en 614. Murió al año siguiente.

La doctrina monástica de San Columbano está recogida en sus sermones, íntegramente dirigidos a sus monjes. En todos ellos aparecen las mismas ideas maestras: la caducidad del mundo —el hombre y el mundo son transitorios—, la vida es incierta, ciega y cegadora, y la seguridad que proporciona está llena de ilusiones. El único refugio es Dios, cuya semejanza alcanzamos por medio de la humildad de corazón y de espíritu. Junto con la humildad, el otro gran deber del cristiano es la «infatigable caridad». Recomienda la imitación de los sufrimientos voluntarios de Jesús. Evoca la acción profunda y suave del Espíritu Santo. Columbano fue muy devoto del Espíritu Santo, por cuya devoción había tomado su nombre (columba = «paloma», símbolo del Espíritu Santo).

En cuanto al contenido de las reglas, consiste en una serie de capítulos sobre las virtudes que favorecen «los progresos espirituales». No tiene nada de original, salvo respecto a la ordenación de los Salmos para la oración pública que ofrece una novedad: cada una de las horas del Oficio Divino debería estar seguida por una oración silenciosa privada, realizada sine fastidio según las fuerzas, tiempo y posibilidades de cada uno. En cuanto al reglamento de vida, la práctica era austera y los castigos severos. Pero introduce el capítulo de la discreción: ciencia moderadora que hace de cada virtud un medio entre dos extremos que evita la suficiencia y garantiza la humildad.

Con San Columbano el Joven entramos en el siglo VII, y se producen dos hechos importantes:

1) la espiritualidad columbaniana, marcada a golpe del ascetismo más exigente, continuó creando una escuela y propiciando la fundación de monasterios: Solignac, fundado por San Eloy en 632; Fontenelle, por el conde Wandrillo; Corbie, por Santa Bathilde; San Omer, San Bertin, los monasterios dobles de Remiremont, etc.;
2) la fusión de dos movimientos monásticos evangelizadores, el del Norte, anglosajón e iro-escocés, y el del Sur, romano. En el año 665 un monje de lona, San Aidán, fundó el monasterio de Lindisfarne, islote frente a Northumberland, al sur de Escocia y al norte de Inglaterra, entre los antiguos muros romanos de Adriano y Antonino Pío. Esta isla fue la tercera «isla santa» después de Irlanda y de lona. En el sur los monjes romanos convirtieron Kent y Sussex.
Al aproximarse ambas misiones, la del Norte y la del Sur, se abrió un período de interminables controversias entre la Iglesia iroescocesa y la romano-anglosajona. El conflicto se resolvió parcialmente en el sínodo de Whitby (664), en el que prevaleció la tendencia romana. Con su expansión, la regla columbaniana conoció progresivas dulcificaciones bajo el efecto de la influencia benedictina, que terminó por eliminarla en la práctica, al parecer mejor adaptada a las fuerzas humanas. Pero los iro-escoceses siguieron luchando por su tendencia hasta el siglo XII, cuando la cuestión quedó zanjada por el papa Alejandro III, que sometió «la bárbara nación irlandesa» al dominio del rey inglés.

Desde el año 664 la Iglesia anglosajona se convirtió en una Iglesia territorial unida a Roma. Poco después (669), Roma enviaba, para terminar la organización de la Iglesia anglosajona, a dos hombres muy cultos: el sirio Teodoro de Tarso y el africano Adriano.

La lenta supremacía de la Regla benedictina en las Islas Británicas
Durante esta aproximación entre las tendencias misioneras del norte y del sur inglesas, tuvo lugar un hecho muy importante: la introducción de la Regla de San Benito en Inglaterra.

La corriente iro-céltica que desde lona había fundado Lindisfarne había fundado también el monasterio de Rippon en el Norte. Cuando en 654-655 fue abad de este monasterio el monje Wilfrido, quien después intervino como arzobispo de York y en el sínodo de Whitby, introdujo la Regla benedictina.

Pero, según M. D. Knowles, el verdadero fundador de la vida benedictina inglesa fue un contemporáneo y amigo de Wilfrido, San Benito Biscop. Éste se había hecho monje en Lérins y después de haber peregrinado varias veces a Roma acompañó a Teodoro y a Adriano, los nuevos dirigentes de Canterbury. Allí fue por breve tiempo abad del monasterio de San Agustín, pero luego volvió al norte donde fundó los monasterios de Wearmouth (679) y Jarrow (682). Biscop llevó a Inglaterra los usos de los diversos monasterios del continente y entre ellos la Regla benedictina.

Durante casi un siglo el monacato creció hasta ocupar las regiones pobladas de Inglaterra. Al Norte, entre York y los límites de la actual Escocia, la región se convirtió en un gran centro de actividad religiosa, literaria y artística. Su máximo representante fue San Beda el Venerable, discípulo de Biscop. Podemos establecer las siguientes etapas principales del lento proceso con el que la Regla de San Benito (480-544) se fue difundiendo:

1) A finales del siglo VI el papa Gregorio I Magno (590-604) escribió el segundo de sus Diálogos, en el que trata la biografía de San Benito y hace el elogio de la su regla.
2) En el primer tercio del siglo VII, a partir de 630, la Regla de San Benito se introdujo, no sabemos cómo, en los monasterios columbanianos y poco a poco fue reemplazando la de San Columbano.
3) En 654-655, Wilfrido, abad de Rippon, introdujo la Regla en Inglaterra y, a partir de 699, Benito Biscop, que acompañaba al nuevo arzobispo de Canterbury, Teodoro, la extendió en el Sur (Canterbury y Wessex) y en el Norte, en los monasterios de Wearmouth (679) y Jarrow (682). Así es como la Regla llegó a conocimiento de Beda a finales del siglo VII.
4) A finales del siglo VII, Willibrordo, procedente de Rippon, lleva consigo la Regla a Frisia, donde desembarca en el año 689.
5) A principios del siglo VIII, hacia el año 720, Willibaldo la reintroduce en Montecasino.
6) A partir de 722, Bonifacio la lleva consigo a sus fundaciones de Hessen, Sajonia y Franconia.
7) En el Concilium Germanicum de 743 la introduce en Austrasia y, finalmente, en 746 la pone como norma en el importante monasterio de Fulda, desde donde pasa a toda Alemania.
El monacato en Hispania
A lo largo del siglo VII se produjo también en España el desarrollo del monacato. Fue éste el mayor apoyo para el desarrollo de la vida cristiana. Más aún: los mejores obispos del siglo VI fueron escogidos entre los monjes.

Los monasterios hispanos del siglo VI recibieron múltiples influencias:

a) Influencia agustiniana. Es un hecho cierto que alrededor del año 569 el abad Donato llegó a España procedente de África, y se instaló en Valencia con sus 60 monjes y muchos libros. Su sucesor, Eutropio, fue con San Leandro el alma del concilio III de Toledo (589);
b) Influencia oriental. Por un lado, sirios y griegos vinieron a España en el siglo VI; por otro, varios monjes españoles peregrinaron a Oriente: Egeria, San Leandro, Liciniano de Cartagena. Debido a estos contactos se difundió en España la Regla de San Basilio y los textos de San Pacomio traducidos por San Jerónimo. Con el monje de Panonia San Martín llegaron a Dumio (Braga) las «sentencias de los padres del desierto»;
c) Influencia procedente de la Galia, especialmente de Lérins y Marsella. Se citan las obras de Juan Casiano;
d) Influencia céltico-británica a través de las respectivas colonias en el Norte de la Península, especialmente en Britonia, cerca de Mondoñedo;
e) Influencia italiana a través de San Victoriano, quien fundó el monasterio de Asan (Huesca). No fue fácil armonizar todas estas tendencias, lo que se intentó a través de los concilios españoles de Zaragoza (516) y de Lérida (546). Pero las disposiciones eran muy genéricas.
Diferentes legisladores no conciliares intentaron concretar más estas disposiciones. Los principales fueron:


San Isidoro de Sevilla
 
1) San Leandro, nacido en Cartagena hacia 540, obispo de Sevilla en 575, escribe para el monasterio de su hermana Florentina un bello tratado sobre la virginidad al que después se ha llamado indebidamente regla.
2) San Isidoro, quien fue educado en un monasterio (quizás el Honoriacense —cerca de Sevilla?—) pero no monje, escribió para ellos una Regula monachorum. Como fuentes podemos citar a San Benito, aunque no fue su principal inspirador; las «instituciones» de Casiano; la Regla de San Agustín; su tratado De opere monachorum, y copia literal de los escritos de San Pacomio. La regla de San Isidoro es muy humana, muy hispana y muy sevillana. Con la conversión de Recaredo al catolicismo (589) se produjo un gran florecimiento de la vida monástica. Los centros monásticos más importantes fueron Sevilla, Mérida, Zaragoza y Toledo. Del monasterio toledano de San Cosme de los Agalos salieron casi todos los arzobispos de esta ciudad en el siglo VII, incluido San Ildefonso.
3) De Toledo salió también el hombre que dará un carácter nacional al monacato ibérico: San Fructuoso. Pariente del rey Sisenando, nació entre el año 600 y 610. Estudió para clérigo en Palencia, pero interrumpió sus estudios para dedicarse a la vida eremítica en la región del Bierzo hacia 640. Fueron tan numerosos sus imitadores que se ve obligado a construir un monasterio para el que escribe su Regula complutensis. Con posterioridad fundó otros tres nuevos monasterios. Se trasladó a Galicia, Lusitania y Bética. Fue nombrado abad y obispo de Dumio (Braga) y después metropolitano de esta ciudad. Durante su episcopado prosiguió su actividad monástica formando confederaciones de monasterios. Murió en el monasterio de Montelios, junto a Braga. Una nota característica de su regla es el «pacto», curioso sistema de contrato formal entre el abad y los monjes que se someten a su autoridad a cambio de dirección espiritual. Todos o la mayor parte de estos monasterios fueron destruidos a partir de 711.

ÁLVAREZ GÓMEZ, JESÚS. (2001). HISTORIA DE LA IGLESIA. MADRID: BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS

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