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HISTORIA DE LA IGLESIA

SAN JUAN Y LOS DEMÁS APÓSTOLES
1. LAS COMUNIDADES DE SAN JUAN EVANGELISTA
San Juan era hermano de Santiago el Mayor; ambos son llamados por Jesús «hijos del trueno», a causa del ardor de su celo apostólico. Juan es conocido como «el discípulo amado» de Jesús, en cuyo pecho reclinó su cabeza durante la última Cena; junto con su hermano y con San Pedro fue testigo de la transfiguración de Jesús y de su agonía en el Huerto de los Olivos. San Juan fue el único de los Doce que tuvo el valor de asistir a los acontecimientos de la crucifixión y muerte del Maestro en el Calvario. Y fue entonces cuando recibió el encargo de cuidar de María, la Madre de Jesús.

Juntamente con San Pedro, San Juan tuvo un protagonismo relevante en los acontecimientos de la mañana de la resurrección de Jesús y en el comienzo de la comunidad primitiva de Jerusalén; juntos, y enviados por la Comunidad de Jerusalén, van a Samaría para confirmar en la fe a los recién bautizados. A partir de este momento los Hechos de los Apóstoles ya no se ocupan de San Juan; pero abundan las tradiciones en torno a él; algunas con notables visos de autenticidad; y otras son más bien producto de la fantasía de los autores de libros apócrifos.

Una tradición, transmitida por Tertuliano, Clemente de Alejandría y San Ireneo, afirma que San Juan se trasladó con la Madre de Jesús a Éfeso; allí permaneció hasta su muerte; y allí se muestra una tumba en la que había reposado el cuerpo venerado de la Virgen María. Pero es más plausible la tradición que asegura que San Juan permaneció en Jerusalén hasta la muerte de la Santísima Virgen; en el Huerto de los Olivos se muestra también su tumba.

San Juan, después de la muerte de la Santísima Virgen acaecida con toda probabilidad en Jerusalén, se trasladó a Éfeso, desde donde expandió el evangelio por el Asia Menor, creando comunidades que le permanecieron muy adictas. La presencia y actividad misionera de San Juan en Éfeso y en la región circundante, están plenamente atestiguadas por sus tres Cartas y por el Apocalipsis, y garantizadas por San Ireneo, el cual conoció por medio de su maestro San Policarpo de Esmirna una larga cadena de discípulos de San Juan, entre los que se encuentran Papías, San Ignacio de Antioquía y el propio San Policarpo de Esmirna.

A San Juan se le atribuyen el cuarto evangelio, tres cartas, y el Apocalipsis. El autor del Apocalipsis se llama a sí mismo Juan (Ap 1,9) y se presenta desterrado en la isla de Patmos por su fe en Cristo. ¿Pero fue realmente San Juan, el discípulo amado de Jesús, el autor de este libro canónico? Por una respuesta afirmativa están autores tan antiguos y venerables como San Justino, San Ireneo, Clemente de Alejandría, Tertuliano y el Canon de Muratori. Sin embargo, en contra de esta tradición están las iglesias de Siria, Capadocia y Palestina, las cuales no incluyeron el Apocalipsis en el canon del Nuevo Testamento hasta el siglo V. La crítica moderna ha planteado algunas objeciones a la autenticidad joánica, aunque incluso quienes están en contra de la misma admiten un notable parentesco y afinidad entre el Apocalipsis y los demás escritos joánicos; de modo que si no hubiese sido escrito por el propio San Juan, sin duda que ha sido escrito por alguno de sus discípulos bien compenetrado con su doctrina.

El contexto en que está escrito el Apocalipsis denota una gran turbulencia y persecución cruenta contra los discípulos de Jesús, por lo cual hay que situar su composición durante la persecución de Domiciano (95-96). La finalidad del Apocalipsis es sin duda, por una parte, animar a los cristianos perseguidos, y, por otra, alertar a sus comunidades contra los docetas que confesaban que Jesús era hombre sólo en apariencia, y los gnósticos que ponían en duda la divinidad de Jesucristo.

La figura de San Juan ha estado adornada con algunas leyendas completamente fantásticas, aunque han sido transmitidas primero por Tertuliano y después por San Jerónimo: durante la persecución de Domiciano (81 -96), San Juan fue conducido a Roma y condenado a muerte por ser cristiano; llevado a la Puerta Latina, donde comienza la Vía Apia, fue azotado, y después lo metieron en un caldero de aceite hirviendo; pero al salir de él milagrosamente ileso, fue desterrado a la isla de Patmos, donde permaneció hasta la muerte de Domiciano (96), pudiendo regresar después a Éfeso; y allí murió en torno al año 100.

2. LA EXPANSIÓN DEL CRISTIANISMO QUE NO RELATA SAN LUCAS
a) Primeros contactos con la gentilidad en Palestina
Antes que San Pablo y Bernabé hubieran empezado a predicar el evangelio a los gentiles, otros apóstoles habían iniciado ya la expansión del nombre de Cristo entre ellos; el primer caso, anterior incluso al bautismo del centurión Cornelio, fue el de Simón Mago, que no era judío ni prosélito, sino un gentil en quien las gentes creían ver una emanación de la Divinidad por sus poderes mágicos; su conversión se debió, más que a la fe, a «las señales y los grandes milagros» que hacía Felipe (Hch 8,9-13); y, posiblemente, también el eunuco de la reina Candace fue un gentil prosélito, pues en el relato de los Hechos de los Apóstoles no se dice expresamente que fuera un judío de la diáspora, sino que «había subido a adorar en Jerusalén», y regresaba a Etiopía leyendo al profeta Isaías, todo lo cual podían hacerlo también los prosélitos (cf. Hch 8,26-40). Sin embargo, se considera que el centurión Cornelio y su familia fueron los primeros gentiles que abrazaron la fe cristiana.

Los Hechos de los Apóstoles, después de haber narrado la solución que se dio en el concilio de Jerusalén al problema de la admisión de los gentiles sin exigirles la observancia de la ley mosaica, se ocupan solamente de la actividad apostólica de San Pablo, con alguna mención esporádica sobre la actividad de otros apóstoles (Hch 15, 40), donde sin duda predicarían el evangelio a los gentiles; los Hechos de los Apóstoles mencionan la existencia de una comunidad cristiana en Pozzuoli cerca de Ñapóles (Hch 28,14); parece que en una inscripción de un muro de Pompeya, ciudad destruida por la erupción del Vesubio en el año 79, se halló escrita la palabra «cristianos », un indicio sin duda de que allí existía una comunidad cristiana.

b) Las tradiciones de la literatura apócrifa
La primera Carta de San Pedro, dirigida a los cristianos del Ponto, Capadocia, Galacia, Asia y Bitinia, alude a la presencia de cristianos provenientes de la gentilidad. Algunas de estas regiones, como el Ponto y Capadocia, según la narración lucana, estaban representadas en Jerusalén el día de Pentecostés (Hch 2,9). Los Hechos de los Apóstoles, al margen de la acción misionera de Pedro, Juan y Santiago el Menor, ya sea que haya que identificar, o no, a este apóstol con Santiago el hermano del Señor, que está al frente de la comunidad cuando el concilio de Jerusalén (Hch 15), no dicen nada de la actividad misionera de los demás Apóstoles; pero sin duda que, ya sea dentro o fuera de Palestina, trabajaron por la expansión del evangelio.

Desde el siglo II, y sobre todo en el siglo III, la literatura apócrifa intentó llenar el vacío existente respecto a la actividad, vida y muerte de los demás apóstoles; la mayor parte de esta literatura procede de ambientes heréticos, y sus fuentes casi nunca merecen credibilidad alguna porque han pretendido justificar las doctrinas propias de la secta de origen de esa literatura apócrifa. También existe una corriente apócrifa ortodoxa, que pretendía colmar piadosamente las lagunas de la Sagrada Escritura; tampoco sus fuentes son de fiar, pero por lo menos no pretenden justificar doctrina alguna que no sea la oficial de la Iglesia. Es posible que lo único que se pueda aceptar, desde una perspectiva histórica, sean las referencias geográficas o escenarios de la actividad de los Apóstoles.

c) La dispersión de los Apóstoles
Existe una tradición muy antigua, con bastantes visos de credibilidad histórica, que afirma que los Apóstoles permanecieron doce años en la Ciudad Santa, después de la ascensión del Señor; fecha que viene a coincidir con la persecución de Agripa que condujo a la muerte a Santiago el Mayor, y a la cárcel a San Pedro. No es preciso entender esos doce años sin interrupción alguna, puesto que los Hechos afirman que algunos, como Pedro y Juan, hicieron excursiones apostólicas fuera de Jerusalén. Pero lo cierto es que después de la persecución desatada por Agripa contra los cristianos de procedencia palestinense, ya no se conoce ninguna reunión de los Doce, sino solamente de Pedro, Juan y Santiago el Menor, con ocasión del concilio de Jerusalén (Hch 15).

Esa tradición afirma que a cada uno de los Apóstoles se le asignó un lugar para su acción evangelizadora; pero no se conoce con exactitud el destino de cada uno de ellos. Eusebio transmite un texto de Orígenes (f 254), en el que afirma «a Tomás se le asignó, según la tradición, el país de los Partos; a Andrés, Escitia; a Juan, Asia»; y Rufino, al traducir ese pasaje de Eusebio, añade por su cuenta: «a Mateo se le asignó la región de Etiopía, y a Bartolomé la India del Este». Tomás, según los Hechos que llevan su nombre, evangelizó el norte de la India; y modernos descubrimientos han confirmado la existencia del rey Gundaphor, que es mencionado en ese apócrifo.

d) Escenario de la evangelización de los demás Apóstoles
Dejando al margen la acción apostólica de San Pedro y de San Juan, y la decapitación de Santiago el Mayor por orden de Herodes Agripa, que narran los Hechos de los Apóstoles, de los demás Apóstoles solamente se puede apuntar lo que han transmitido algunas tradiciones, cuya veracidad histórica es muy difícil establecer:

Santiago el Menor, hermano de San Judas Tadeo, según la tradición occidental, quedó al frente de la comunidad de Jerusalén al dispersarse los Apóstoles; fue muy estimado por los cristianos y por los mismos judíos; escribió una Carta canónica. Murió mártir en el año 62, siendo arrojado desde el pináculo del Templo. Sus restos son venerados en Roma en la basílica de los Doce Apóstoles. La tradición de la Iglesia occidental, al contrario que la Iglesia oriental, identifica a Santiago el Menor con el Santiago que está al frente de la comunidad cuando el concilio de Jerusalén.

San Mateo evangelizó primero en Palestina, donde escribió el Evangelio que lleva su nombre; después predicó en Arabia, Persia y Etiopía, y aquí sufrió el martirio, clavado al suelo y quemado vivo. Sus restos se veneran en Salerno (Italia).

San Matías, elegido para sustituir a Judas Iscariote, predicó en Judea y en Etiopía; según una tradición, fue decapitado en Judea con un hacha; y según otra habría muerto apedreado. Sus restos reposan en la basílica de Santa Elena en Tréveris (Alemania).

San Judas Tadeo, hermano de Santiago el Menor, según una información de Nicéforo Calixto, predicó el evangelio en Mesopotamia y en Arabia; se le atribuye la Carta canónica que lleva su nombre, dirigida a los cristianos de Asia Menor. Fue martirizado, a flechazos y a golpes de maza, en Edesa; sus restos son venerados en la basílica de San Pedro en el Vaticano.

Santo Tomás, apellidado Dídimo, según Orígenes y Eusebio, predicó el evangelio a los partos y etíopes; pero la tradición más divulgada afirma que anunció el mensaje evangélico en el norte de la India; los llamados cristianos de Santo Tomás se vieron obligados a emigrar a Malabar en el sur de la India, al ser derrotada a mediados del siglo I la dinastía parta del rey Gundaphor. Padeció el martirio a lanzadas en Calamina, lugar cuya identidad se desconoce. Nicéforo Calixto afirma que fue martirizado en Tabrobane (India), y sus restos, según San Efrén, fueron trasladados a Edesa; y después a Ortona (Italia).

San Bartolomé, según el historiador Sócrates, predicó junto con San Felipe en Bitinia; después llevó el evangelio a Armenia, y al sur de Arabia y Etiopía, donde difundió el Evangelio de San Mateo; alguna tradición menciona su estancia en el norte de la India. Fue desollado vivo en Albanópolis de Armenia; sus restos fueron trasladados por Otón III a Roma; y están actualmente en la basílica de su nombre en la Isla Tiberina.

San Simón el Zelote predicó en Persia y Mesopotamia donde, según una tradición, murió crucificado, y, según otra, habría muerto aserrado. Se desconoce el lugar de su sepulcro, pero hay varias ciudades que lo reclaman: Roma, Colonia, y Hersfeld.

San Felipe, según Polícrates, estuvo algún tiempo en Efeso donde fue compañero de San Juan; evangelizó en el Asia Menor, y murió crucificado y apedreado en Hierápolis de Frigia. Sus restos se veneran actualmente en la basílica de los Doce Apóstoles de Roma. A veces han podido surgir confusiones entre el Apóstol San Felipe y el diácono Felipe, uno de los Siete, que también predicó el evangelio en Hierápolis, donde también profetizaban sus cuatro hijas; y allí se encontraban sus sepulcros a principios del siglo III, según atestigua la discusión sostenida entre el presbítero romano Gayo y el presbítero frigio Proclo.

San Andrés, hermano de San Pedro, según Eusebio, predicó el evangelio en Capadocia, Bitinia y el sur de Rusia; pero, según otra tradición, llevó el evangelio a Escitia y Acaya, y fue martirizado en Patrás (Grecia) en una cruz en forma de aspa (Cruz de San Andrés); pero carecen de fundamento histórico los requiebros, llenos de ternura, que habría dirigido a la cruz antes de morir; sus restos se veneran en Amalfi (Italia); su cráneo, que era venerado en la basílica de San Pedro del Vaticano, fue entregado por el papa Pablo VI a la Iglesia de Patrás (Grecia) en un gesto de fervor ecuménico.

Hay que mencionar también la actividad evangelizadora de algunos compañeros de los Apóstoles, cuyos nombres se mencionan en diferentes escritos del Nuevo Testamento: San Bernabé, después de separarse del Apóstol de los gentiles al iniciar el segundo viaje apostólico, regresó a Chipre, su tierra natal, donde continuó predicando el evangelio; se le atribuye la Carta que lleva su nombre, pero no es suya. San Marcos también fue compañero de San Pablo durante un trayecto del primer viaje; pero se separó de él, siendo causa también del distanciamiento de Bernabé. Se le atribuye la fundación de la Iglesia de Alejandría; después trabajó en Roma con San Pedro, cuya predicación sintetizó en el Evangelio que lleva su nombre. San Lucas fue compañero de San Pablo en sus últimos viajes; fue el único discípulo que permaneció al lado de San Pablo durante su segundo cautiverio romano (2 Tim 4,11). Escribió su Evangelio y los Hechos de los Apóstoles. San Timoteo, el discípulo predilecto de San Pablo, le sucedió como obispo de Éfeso, donde fue martirizado en la persecución de Domiciano; a Timoteo van dirigidas dos de las llamadas Cartas Pastorales. San Tito, otro discípulo muy querido de San Pablo, le siguió hasta su primera cautividad romana; después fue enviado por el propio San Pablo a la isla de Creta donde estuvo al frente de aquella Iglesia hasta su muerte, cuyas circunstancias se desconocen. También a Tito está dirigida una de las Cartas Pastorales de San Pablo.

3. LA LLEGADA DE SANTIAGO EL MAYOR A ESPAÑA
La tradición española afirma, por lo menos desde el siglo VII, que Santiago el Mayor fue el primero que predicó el evangelio en España.

Los argumentos a favor de la llegada de Santiago a España son abundantes. En primer lugar, no hay ninguna imposibilidad respecto al tiempo por la temprana muerte del apóstol. Desde la muerte del Salvador (29-30) hasta la muerte de Santiago (42-43) (Hch 12,2), transcurrieron más de diez años, durante los cuales tuvo tiempo suficiente para ir a España y volver a Jerusalén.

Dídimo el Ciego (t 398), que era uno de los hombres más eruditos de su tiempo, formado en la Escuela de Alejandría, afirma expresamente que uno de los apóstoles que convivieron con el Salvador predicó el evangelio en España: «El Espíritu Santo infundió su innegable sabiduría a los apóstoles, ya al que predicó en la India, ya al que predicó en España»; y, puesto que San Pablo, de quien se dice también que fue a España, no convivió con el Señor, tiene que ser Santiago el Mayor, pues respecto de ningún otro apóstol se plantea semejante cuestión.

San Jerónimo (f 420) dice que «un apóstol predicó en el Ilírico, otro en España»; y puesto que fue San Pablo quien predicó en el Ilírico, se deduce que tiene que ser otro distinto de él quien vino a predicar en España.

Teodoreto de Ciro (f 458), buen conocedor de la historia eclesiástica, habla de la misión de un apóstol en España, que no debería ser otro que Santiago el Mayor.

Después del siglo VIII ya abundan los escritores que, como Beato de Liébana, Beda el Venerable, Aldelmo de Malmesbury, y más tardíamente el Misal mozárabe, se refieren a la presencia de Santiago el Mayor en España como a una tradición admitida por todos. Muy probablemente todos estos testigos toman su información del Breviarium Apostolorum, lo cual les da una cierta garantía, porque muy pocos autores consideran ya esta obra como una simple traducción de los Catálogos bizantinos, a los que se les habría interpolado una frase relativa a la venida de Santiago a España.

El Breviarium Apostolorum, una obra compuesta en Occidente en torno al año 600, dice expresamente: «Santiago, que significa suplantador hijo de Zebedeo y hermano de Juan, predica en España y regiones de Occidente; murió degollado a espada bajo Herodes y fue sepultado en Achaia mamorica el 25 de julio»; y aunque es preciso reconocer que en esta obra abundan las referencias a los Evangelios apócrifos, no por eso se le debe negar todo valor histórico, como acaece con la literatura apócrifa en general. El opúsculo De ortu et obitu sanctorum Patrum (Del nacimiento y muerte de los santos Padres) de San Isidoro de Sevilla coincide con esa noticia sobre Santiago.

Un argumento en contra de la llegada de Santiago a España es el silencio. Abundan los escritores, desde el siglo IV hasta el siglo VI, que no aluden para nada a Santiago; y es tanto más de extrañar, cuanto que precisamente esos autores son especialmente importantes respecto a Galicia a causa de la cuestión priscilianista: Orosio, autor de una Historia Universal en siete libros, que abarca desde el origen del mundo hasta su tiempo (s.V), no alude a Santiago; Idacio, obispo de Aquae Flaviae, que escribe una Crónica de Galicia, tampoco menciona ni una sola vez a Santiago; lo propio ocurre con San Martín de Braga.

En conclusión, si no hubiera existido ningún fundamento anterior, no se explicaría fácilmente cómo se introdujo la noticia de la presencia de Santiago en España en el Breviarium Apostolorum, y en el opúsculo isidoriano, De ortu et obitu sanctorum Patrum, y tampoco se podría explicar fácilmente cómo de estas obras pasó después a ser considerada como cosa cierta en toda la literatura medieval


ÁLVAREZ GÓMEZ, JESÚS. (2001). HISTORIA DE LA IGLESIA. MADRID: BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS

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