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HISTORIA DE LA IGLESIA

LA IGLESIA IMPERIAL
1. PROGRESIVA EXPANSIÓN DEL CRISTIANISMO EN EL IMPERIO ROMANO
La conversión del emperador Constantino hizo sin duda atractivo el cristianismo para muchos habitantes del Imperio Romano, y llevó a las puertas de la Iglesia a un buen número de ellos, aunque no fuese nada más que porque el cristianismo era la nueva religión del emperador. Y desde esta misma perspectiva hay que entender también el influjo negativo que para la expansión del cristianismo tendrá, por la misma razón, la apostasía del emperador Juliano, el cual, durante su breve reinado que duró apenas dos años, intentó por todos los medios la restauración del paganismo; pero sus intentos fueron vanos, porque, si bien la mayor parte de la población del Imperio no había recibido aún el bautismo, sin embargo, simpatizaba ya con el cristianismo.

A lo largo del siglo IV, hubo dos segmentos de la sociedad imperial que se opusieron con ahínco a la expansión del cristianismo: por una parte, la aristocracia que ostentaba el poder político e intelectual; y por otra, los campesinos más alejados de las ciudades, los cuales a comienzos del siglo IV todavía desconocían por completo el nombre de Cristo.

Los políticos y los intelectuales fueron especialmente reacios a la doctrina del evangelio, porque desde los primeros siglos los cristianos habían sido considerados por ellos como una masa pobre e ignorante, con la que las clases altas de la sociedad no querían trato alguno. La apostasía, después de la paz constantiniana, no tuvo incidencia especial en las comunidades, ni siquiera entre las familias más aristocráticas; el caso de Juliano el Apóstata fue excepcional; y fue la consecuencia de que el paganismo permanecía aún muy vivo entre los intelectuales, que habían abandonado ciertamente el paganismo politeísta, para caer en una especie de sincretismo religioso, como el caso del filósofo o retórico Libanio y el historiador Amiano Marcelino, que fueron los educadores de Juliano el Apóstata.

Hubo algunos obispos en las ciudades más importantes del Imperio que con gran éxito hicieron una profunda obra de captación de los intelectuales paganos, como San Ambrosio en Milán, San Juan Crisóstomo, primero en Antioquía y después en Constantinopla, San Agustín en Hipona y en todo el norte de África.

Entre los escritores más célebres que se mantuvieron firmes en sus creencias paganas durante el siglo IV figuran Símaco y Nicómaco Flaviano; y respecto a la aristocracia, puede que Prudencio haya exagerado mucho, pero algo de realidad había en sus palabras cuando decía que a finales del siglo IV «un número infinito de familias nobles se volvieron hacia Cristo y se apartaron del abismo de un paganismo vergonzoso». El Senado romano contó entre sus filas un número considerable de senadores paganos hasta que Odoacro derribó el Imperio Romano de Occidente (476). Los grandes maestros de la célebre Escuela filosófica de Atenas, donde estudiaron San Basilio de Cesárea de Capadocia y su amigo Gregorio Nacianceno, se mantuvieron fieles al paganismo, hasta que la suprimió el emperador Justiniano (+564).

No fueron solamente los intelectuales y los senadores los que permanecieron al margen del cristianismo durante el siglo IV; tampoco la evangelización de los campesinos fue fácil; en la parte oriental del Imperio la penetración del cristianismo fue sin duda mucho más rápida que en la parte occidental; en la campiña permanecía una religiosidad idolátrica ancestral que era muy difícil de desarraigar de aquellas mentes. Solamente a finales del siglo IV inició la Iglesia una campaña a gran escala para la evangelización de los campesinos, especialmente de los que habitaban en las regiones montañosas.

Hubo entonces obispos celosos, como Nicetas de Remesiana (366-414), que enviaron grandes levas de misioneros para evangelizar las regiones montañosas de Tracia, cuyos moradores, aunque habían sido sometidos hacía mucho tiempo por el Imperio Romano, vivían en un estado semisalvaje que se había incrementado cuando los bárbaros traspasaron las fronteras imperiales. Otro tanto hizo Virgilio de Trento, quien envió misioneros hasta las zonas más escarpadas de los Alpes, donde San Sisinio y sus compañeros, Martirio y Alejandro, fueron martirizados por los paganos del valle de Anaunia (397).

Los campesinos de las Galias y los pastores de las llanuras de Bélgica y de Flandes fueron conducidos al bautismo por Victricio de Rouen a finales del siglo IV y principios del siglo V, cuando ya se habían mezclado a gran escala con los sajones que habitaban las costas del norte de Europa; pero el gran evangelizador del campesinado del centro y del oeste de Francia fue San Martín de Tours, que abandonó un futuro prometedor en el ejército imperial para vestir el hábito monástico; en su monasterio de Marmoutier formó grupos de monjes que se dedicaron en cuerpo y alma a la cristianización de aquellas regiones.

El celo misionero de muchos obispos se vio reforzado por la misma actividad de los emperadores, sobre todo de Graciano y de Teodosio, los cuales declararon una guerra abierta contra los paganos que, de la noche a la mañana, se vieron despojados de sus lugares de culto y de las estatuas de sus dioses, tanto en la parte oriental como en la parte occidental del Imperio; sobresalieron los monjes de Egipto y de Mesopotamia en esta labor, más que fanática en ocasiones, que acarreó la destrucción de los templos y estatuas de los dioses paganos; en muchas ocasiones el fanatismo no perdonó verdaderas obras maestras del Helenismo tardío; no sin la protesta airada de muchos intelectuales paganos, como fue el caso de Libanio.

2. «DAD AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR Y A DIOS LO QUE ES DE DIOS»
La confusión surgida de las mutuas relaciones existentes entre la religión y estado o poder político, ya se constata en las religiones más antiguas, por un doble motivo: por una parte, el poder, el máximo poder, le pertenece solamente a la divinidad, que se manifiesta en el poder político; de ahí arranca la divinización del Estado y de sus representantes; y, por otra parte, el Estado necesita un elemento que realice la función de integrar o de eliminar cualquier forma de desintegración de la sociedad; y esta función integradora le ha sido atribuida a la religión.

La filosofía estoica puso en ese doble principio las bases de la teología política: los dioses y el estado van de la mano; de manera que no puede haber un estado ateo, un estado sin dioses; como tampoco puede existir un dios sin un estado en el que apoyarse. La religión era así el vínculo de unión de los ciudadanos.

Jesús secularizó el Estado, del mismo modo que secularizó la creación entera, en cuanto que ninguna manifestación suya es dios, sino hechura de Dios creador; la afirmación de la obra creadora de Dios les arrebata a las cosas materiales cualquier vestigio de lo numinoso, para convertirlas en objeto de investigación, de manera que el hombre puede acercarse a ellas para estudiarlas, para dominarlas (Gen 1,28).

La crítica que hace Jesús al poder político de su tiempo es una protesta contra la divinización del estado y de sus representantes; por eso exhorta a sus seguidores a comportarse de una manera diferente a como lo hacen los poderosos y jefes de las naciones (Mc 10,42). Lo cual no significa, sin embargo, que Jesús niegue al estado su autoridad específica, que en modo alguno se ha de confundir y, menos aún, identificar con la autoridad de Dios; cada autoridad tiene sus propias exigencias que no se han de confundir entre sí: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22,21). Por eso mismo, San Pablo y San Pedro exhortan a los cristianos a someterse a la autoridad civil y pagar los impuestos (Rom 13,1,6; 1 Pe 2,13); y a orar por «todos los constituidos en autoridad» (1 Tim 2,lss). Todo lo cual es el mejor indicio de que entre el cristianismo y el poder estatal puede y debe existir una pacífica convivencia beneficiosa para ambos, sin que ninguna de las dos esferas, religiosa y política, se sobreponga a la otra.

Mucho antes de la paz constantiniana, ya se había expresado en este sentido Melitón de Sardes (+172), el cual, después de hacer un elogio entusiasta de las buenas relaciones existentes entre el Estado y la Iglesia, le recuerda a Marco Aurelio cómo el cristianismo era para el Imperio una fuente de bienestar y de grandeza; y le promete al propio emperador y a su familia el mismo bienestar y grandeza si protege a los cristianos. Y Orígenes (+254) promete al Imperio victorias militares si todos sus subditos se hacen cristianos, puesto que las oraciones de éstos son mucho más eficaces para conseguir la victoria sobre los enemigos que la misma oración de Moisés por la victoria de los ejércitos de Israel.

Para Eusebio de Cesárea (+339), el Edicto de Milán significaba el cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento; y, en consecuencia, proyectó sobre Constantino y sobre todo lo que lo rodeaba la máxima sacralización, hasta el punto de que quien le niega la veneración comete un sacrilegio, y su justo castigo no podía ser otro que la pena de muerte. De este modo, por lo menos en cierta medida, el cristianismo ocupaba ahora el puesto de la religión pagana. Esta inversión de la postura de la Iglesia respecto al Estado, llegará a su culminación cuando, en el año 380, el emperador Teodosio proclame al cristianismo religión oficial del Imperio, y proscriba al paganismo a la condición de religión ilícita.

Una convivencia pacífica era imposible a pesar de que el Edicto de Milán se había expresado en términos de libertad religiosa para todos los ciudadanos del Imperio; antes o después, tendría que sobrevenir la tentación de que el poder político quisiera someter el poder religioso a su autoridad, porque la idea de neutralidad respecto a la religión, cualquiera que ésta fuese, no podía entrar en la cabeza de ningún gobernante político de entonces.

Los primeros pasos en la rotura de la neutralidad proclamada, al menos en cierta medida, por el Edicto de Milán, fueron dados por los dos emperadores que la habían firmado: Licinio, retornando a la antigua condición de perseguidor de los cristianos, propia de todos los emperadores anteriores; y Constantino no sólo porque inició una carrera de confrontación con el paganismo, y de favor respecto al cristianismo, sino también por considerarse a sí mismo como obispo desde fuera.

Sin embargo, el talante de Constantino no fue de imposición de su autoridad sobre los asuntos internos de la Iglesia, sino de colaboración con ella, a fin de devolver la paz a la sociedad; de hecho, a pesar de la petición de los donatistas para que interviniera en las contiendas internas de la Iglesia norteafricana, el emperador remitió su solución a los sínodos, que eran las habituales instancias judiciales de la Iglesia de entonces.

Sin embargo, a pesar de que algunas intervenciones de Constantino en las polémicas eclesiales que siguieron al Concilio de Nicea ya fueron más beligerantes con determinadas autoridades eclesiásticas, justo es reconocer que la euforia y la gratitud hacia el primer emperador cristiano adormeció la conciencia crítica y profética de muchos obispos ante algunas decisiones imperiales que favorecieron la expansión del arrianismo. Todo esto hizo que en tiempos de Constantino no se plantease en serio la cuestión de las relaciones que deberían existir entre la Iglesia y el Estado.

Constantino había dado el primer paso que llevaría al cristianismo, a través de un camino erizado de problemas, a la condición de religión oficial del Imperio; pero antes de que esa situación de privilegio llegara a plasmarse en un decreto imperial, los Pastores tuvieron que clarificar, a través de grandes sufrimientos, por dónde deberían discurrir los cauces de unas auténticas relaciones entre la Iglesia y el Estado, entre los ministros de la Iglesia y los ministros del Imperio. La ocasión para ello fueron las permanentes intromisiones de algunos emperadores, especialmente Constancio y Valente, en los asuntos internos de la Iglesia.

Eusebio de Cesárea fue uno de los primeros en reflexionar teológicamente sobre las relaciones entre la Iglesia y el Estado; el padre de la historia eclesiástica, al dejarse llevar por un optimismo desbordado hacia quien sacó a la Iglesia de aquella horrible situación de marginación y persecución cruenta, puso los cimientos del edificio de una teología política según la cual el Imperio y la Iglesia son una plasmación del reino celestial en la tierra, el cual solamente tiene una cabeza suprema que es el emperador cristiano, vicario de Dios y, por lo mismo, señor del Imperio y señor de la Iglesia; esto en fórmula de Eusebio equivale a decir que el emperador cristiano es una especie de obispo universal, que está por encima de todo el colegio episcopal, sobre el cual puede impartir órdenes.

Eusebio ha puesto así las primeras piedras de un edificio en el que encontrarán cobijo los excesos del futuro cesaropapismo bizantino, según el cual el emperador era legítimamente César y Papa a la vez; y a quien se deberían someter todos los asuntos del Imperio y de la Iglesia. Fue León III el Isáurico quien mejor formuló el cesaropapismo, al escribir al papa Gregorio II: has de saber que yo soy César y Papa a la vez.

Es modélica a este respecto la carta que Osio de Córdoba escribió al emperador Constancio; es digna de la pluma del apóstol San Pablo, tanto por la ternura que muestra al emperador, a quien considera como su nieto, como por la firmeza en la defensa de la fe, aunque sea a costa de la propia vida; aquel venerable pastor cordobés, de carácter algo brusco, tierno y firme a la vez, intachable en su virtud, casi centenario ya, se retrató de cuerpo entero en esa carta, de la que se ha llegado a decir que «no hay cosa tan grande, tan sabia, tan generosa, en una palabra, tan episcopal»:

«Yo confesé a Cristo ya una vez, cuando tu abuelo Maximiano suscitó la persecución. Y si tú me persiguieres, pronto estoy a padecerlo todo, antes que derramar sangre inocente y ser traidor a la verdad. De ningún modo puedo aprobar tu conducta, ni tus escritos, ni tus amenazas... No te entrometas en los asuntos de la Iglesia, ni nos mandes sobre puntos en que debes ser instruido por nosotros. A ti te dio Dios el Imperio; a nosotros nos confió la Iglesia. Y así como el que te robase el imperio se opondría a la ordenación divina, del mismo modo guárdate tú de incurrir en el horrendo crimen de adjudicarte lo que toca a la Iglesia. Escrito está: Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios (Mt 22,21). Por lo tanto, ni a nosotros es lícito tener el imperio en la tierra, ni tú, oh rey, tienes potestad en las cosas sagradas».

Esta doctrina del gran obispo cordobés fue aplicada de inmediato por San Ambrosio en su confrontación con el emperador Teodosio el Grande, en la que el obispo de Milán llevó a la práctica aquel axioma lapidario que había formulado frente a las pretensiones del emperador Graciano de poner al frente de aquella Iglesia a un obispo arriano: «el emperador está en la Iglesia, no por encima de la Iglesia».

San Ambrosio se enfrentó dos veces y con gran entereza a Teodosio el Grande: la primera fue con ocasión de los estragos producidos en Calínico, una pequeña ciudad junto al Eufrates por un grupo de fanáticos, con su obispo al frente, en los que fue incendiada la sinagoga judía, y que el emperador mandó reconstruir a expensas del obispo. En realidad la decisión imperial era justa; pero San Ambrosio se opuso a esta intromisión imperial en la jurisdicción de la Iglesia, y exigió, y consiguió, en una celebración pública de la Eucaristía, que el emperador revocase su disposición.

Más humillante aún fue la penitencia pública a la que San Ambrosio sometió a Teodosio por la masacre ordenada por él contra la población de Tesalónica, por haber asesinado sus habitantes a un funcionario imperial especialmente odiado por ellos. San Ambrosio le exigió una penitencia pública; y el emperador se sometió.

Osio de Córdoba estableció las líneas fundamentales de actuación en las relaciones entre la Iglesia y el Estado; San Ambrosio profundizó aún más en la línea trazada por el venerable cordobés, pero sería el papa Gelasio (483-492) quien le diese una aclaración definitiva con rango de magisterio pontificio.

3. ESTRUCTURA Y ORGANIZACIÓN DE LA IGLESIA IMPERIAL
a) Obispos, arzobispos y patriarcas
La rápida expansión del cristianismo después de la paz constantiniana, trajo consigo la creación de numerosas comunidades locales, al frente de las cuales había un obispo, tanto si se trataba de una gran ciudad como de una pequeña aldea. Una vez consagrado un obispo para una determinada Iglesia local, debía permanecer en ella de por vida, de manera que los obispos no podían ser trasladados de una Iglesia local a otra, porque la unión de un obispo con su Iglesia se consideraba como un matrimonio que solamente terminaba con su muerte. A lo largo del siglo IV esta norma se quebrantó con facilidad, lo cual dio origen a conflictos y cismas; y en el siglo V fue mitigada en determinadas circunstancias, como el rechazo del obispo por la comunidad, la expulsión violenta justificada, e incluso por necesidades pastorales, todo lo cual, con el paso del tiempo, dará lugar a una fácil legitimación de los traslados episcopales.

Tampoco estaba permitido que un obispo se diera a sí mismo un sucesor o se nombrase un obispo auxiliar, al estilo de lo que acaeció con San Agustín que fue nombrado obispo auxiliar por el obispo de Hipona.

La constitución de nuevas Iglesias locales con obispo propio competía a los obispos de la provincia, teniendo en cuenta el número de cristianos; cuando el número de fieles era muy reducido, en la Iglesia occidental eran atendidos por sacerdotes itinerantes, enviados por el obispo de la ciudad más próxima; y en la Iglesia oriental, cuando el número de fieles era suficiente, se designaba un korepiscopo, algo así como un obispo de zona, dependiente del obispo de la Iglesia local correspondiente.

A partir del siglo IV, hubo regiones poco extensas, pero muy pobladas, que tenían un número elevado de sedes episcopales; y regiones, en cambio, muy extensas, pero poco pobladas, con un número muy reducido de obispos; el primer caso se dio en el norte de África y en Italia central y meridional, y el segundo, en las Galias, en España y en las regiones del Danubio y de los Balcanes.

Los obispos estaban obligados a residir de un modo permanente en su sede episcopal; los sínodos prohibieron con frecuencia que los obispos estuvieran fuera de sus sedes, lo cual es el mejor indicio de que esa norma se quebrantaba con facilidad.

Poco a poco fue cambiando también la terminología; cada sede episcopal pasó a denominarse Diócesis; y el conjunto de varias diócesis, en Oriente se llamará Eparquía, en Occidente Provincia o Archidiócesis; y el conjunto de varias Eparquías o Provincias recibió el nombre de Patriarcado. El Concilio de Nicea, aunque no emplease exactamente esta terminología, ya conoció y organizó los Patriarcados.

Ya se ha visto en un capítulo anterior cómo el Concilio I de Nicea (325) había reconocido la precedencia de Roma, Alejandría y Antioquía sobre todas las demás Iglesias, y cómo el Concilio I de Constantinopla (381) introdujo un cambio a favor de Constantinopla y en detrimento de Alejandría y Antioquía, el cual aunque no fue reconocido por Roma, acabó por legalizarse en la Iglesia oriental.

Algunos obispos obtuvieron, a título personal, la denominación de Patriarcas; en cambio, con ocasión de la controversia de los Tres Capítulos, después del II Concilio de Constantinopla (553), dos Iglesias consiguieron el título honorífico de Patriarcado a perpetuidad; al declararse en cisma el arzobispo de Aquileya, esta Iglesia se dividió en dos: Aquileya y Grado. Grado se reconcilió pronto con Roma, y para que no estuviese en inferioridad respecto de Aquileya se le concedió el título de Patriarcado, título que pasó después a la Iglesia de Venecia, que permanece todavía; el Patriarcado de Aquileya, que permaneció separada de Roma bastante tiempo, pasó posteriormente a la Iglesia de Udine hasta que desapareció este título en 1751.

b) El Primado del obispo de Roma
El obispo de Roma era el Patriarca de todo el Occidente, incluida la Prefectura del Ilírico. Cuando el emperador Graciano cedió esta prefectura a Teodosio el Grande, el patriarca de Constantinopla quiso someterla a su jurisdicción eclesiástica; pero el papa San Dámaso se opuso y nombró Vicario apostólico, dependiente de Roma, al obispo de Tesalónica.

Él obispo de Roma, en cuanto Pastor de la Iglesia universal, no tenía un título reservado exclusivamente para él, porque los títulos de Papa, Apostolicus, Sumo Pontífice, y otros, los compartía con muchos otros obispos; sin embargo, a partir del siglo IV, se empezó a reservar en exclusiva para él, por consenso implícito, el título de Papa. Gregorio Magno (590-604) se dio el título de Siervo de los siervos de Dios, en contraposición polémica con el título de Patriarca ecuménico que se había dado el Patriarca de Constantinopla; y ése es el título con que los Papas inician todavía hoy sus cartas encíclicas y otros documentos oficiales de la Santa Sede.

Desde el principio, el obispo de Roma era elegido por el clero y los fieles de la comunidad; en cambio los demás obispos solían ser elegidos por la comunidad, pero con la confirmación de los obispos de la provincia. Los emperadores, a partir de Constancio, pretendieron imponer sus candidatos para la silla de San Pedro, con el subterfugio de que ellos representaban a los fieles, aunque admitían también el voto decisivo del clero romano; pero no lo consiguieron; de modo que la libertad en la elección del obispo de Roma se mantuvo en general hasta el siglo VIII; es decir, hasta que el obispo de Roma empezó a ser Soberano de los Estados Pontificios, como consecuencia de la Donación carisíaca de Pipino el Breve (754); desde entonces, se hicieron presentes, primero, las influencias de las familias más notables de Roma; y, después de la coronación imperial de Carlomagno (800), las familias nobles de Roma fueron sustituidas por los emperadores alemanes.

El papa Bonifacio II (530-532) publicó un decreto por el cual se reservaba el derecho de nombrar a su sucesor; pero tuvo que anularlo por la oposición del clero romano.

c) Nuevos cargos y oficios eclesiásticos
El incremento del número de cristianos en las principales ciudades obligó a habilitar otros lugares de culto, distintos de la iglesia episcopal; inicialmente, en Roma estas iglesias se llamaron Títulos, a los que se les asignó algunos clérigos fijos, los cuales seguían perteneciendo al único Presbiterio de la comunidad episcopal; fuera de Roma se generalizó el nombre de parroquia.

Cuando las parroquias rurales se hicieron más numerosas, y sus sacerdotes seguían perteneciendo al Presbiterio de la Parroquia-madre, se constituyó el oficio de arcipreste, o director de un determinado grupo de parroquias, nombre y oficio que no se deben confundir con los del arcipreste de la sede episcopal, que sustituía al obispo en su ausencia.

El archidiácono ayudaba al obispo en la administración de los bienes materiales de la diócesis, y en el ejercicio de su ministerio episcopal; fue muy frecuente que el archidiácono sucediera al obispo en la silla episcopal.

Los sincelos o cubicularios eran consejeros que acompañaban permanentemente a los obispos. Los ecónomos tenían a su cuidado la administración de los bienes de las parroquias; posteriormente fue un cargo inferior al del párroco; con ellos se proveía al ministerio sacerdotal en comunidades que todavía no habían alcanzado la categoría de parroquias. Los abogados o defensores se encargaban de la defensa de los intereses de la Iglesia ante las autoridades civiles. Los notarios ayudaban al archidiácono en lo relativo a la redacción de los documentos eclesiásticos. Los archiveros custodiaban los documentos de la Iglesia. Los apocrisarios eran los nuncios o legados del Papa y de los Patriarcas en la corte imperial; existen desde la segunda mitad del siglo IV.

También se suprimieron algunos oficios que habían tenido mucha importancia en la Iglesia de los tres primeros siglos: los ostiarios que se encargaban de la custodia de las puertas para que no entrasen gentes extrañas a la comunidad; y los exorcistas. Al disminuir el número de mujeres adultas en el catecumenado, el oficio de las diaconisas se hizo innecesario y fue suprimido.

4. ELECCIÓN, FORMACIÓN, SUSTENTO Y PRIVILEGIOS DEL CLERO
La distinción que hace el papa Inocencio I (401-417) entre «clérigos de orden superior e inferior» ya era bien patente a lo largo del siglo IV. Los clérigos del «orden superior» eran los obispos, presbíteros y diáconos, cuya consagración estaba reservada exclusivamente a los obispos; el propio Código Teodosiano les reconoce una situación civil privilegiada. Los clérigos del rango inferior no tenían un estatuto eclesiástico bien delimitado, tanto por lo que respecta al número como respecto a sus funciones en cada Iglesia local; podían crearse otros oficios, según las necesidades de cada Iglesia local, pero los más habituales en todas las Iglesias fueron: subdiácono, acólito, exorcista, ostiario y lector. El subdiaconado fue inicialmente un desdoblamiento del diaconado, razón por la cual hoy día se ha suprimido.

El ingreso en la clericatura comenzaba por el oficio de lector; pero no se ha de entender como si se tratase de un escalafón que llevaría al lector hasta los últimos peldaños de la escala clerical; eran ministerios independientes, aunque es cierto que, posteriormente, especialmente en la Iglesia occidental, se subían escalonadamente los distintos ministerios clericales, de modo que era obligatorio ejercer cada ministerio antes de pasar al grado superior. El Concilio de Sárdica (343) dio una disposición general en este sentido; y los papas Siricio (384-398) y Zósimo (417-418) establecieron los intersticios, es decir, un tiempo intermedio para el paso de un ministerio a otro.

Los sínodos establecían algunas condiciones para la admisión a los ministerios; en general, se exigía una edad mínima: 21 años para el acólito y el subdiácono, 25 para el diácono, 30 para el presbítero, y entre 45 y 50 para el obispo; pero las excepciones se hicieron cada vez más frecuentes; San Ambrosio fue obispo a los 24 años; también se exigía la integridad corporal y la salud física; no se admitía a quienes tenían graves deformaciones físicas o enfermedades mentales, y, sobre todo, se exigía la madurez personal que requería cada uno de los distintos ministerios, y unas cualidades y virtudes morales bien acreditadas.

Se negaba la admisión a los ministerios a los apóstatas en tiempos de persecución, y a quienes provenían de una comunidad cismática o herética, aunque en este caso, generalmente se les dejaba en el rango ministerial que hubieran tenido en su comunidad anterior; así sucedió con los donatistas. Los cánones prohibían también la admisión a los recién bautizados; pero también esta norma tenía excepciones, como fue el caso del propio San Ambrosio que fue elegido para la sede episcopal de Milán cuando todavía era catecúmeno, y consagrado a los ocho días de haber recibido el bautismo; otro tanto sucedió con Nectario, Patriarca de Constantinopla.

Los candidatos a la clericatura eran presentados al obispo por la comunidad; y también al revés, el obispo los presentaba a la comunidad, la cual los aceptaba o los rechazaba; en el caso de los obispos, la comunidad los presentaba a los obispos de las comunidades más próximas, los cuales, por lo menos tres, procedían a su consagración; y en ocasiones eran los propios obispos de la provincia los que designaban y consagraban al obispo de una comunidad.

La formación del clero se impartía en las Escuelas catequéticas; y en las comunidades en las que no existían estas Escuelas, los clérigos, en todos sus grados, se formaban bajo la vigilancia del propio obispo, o en algún monasterio. San Agustín en Hipona y San Eusebio en Vercelli fundaron los primeros seminarios, reuniendo en un lugar determinado a todos los jóvenes que se preparaban para los distintos ministerios. San Juan Crisóstomo escribió un buen manual para la formación de los sacerdotes, titulado Sobre el sacerdocio, en el que expone los diversos ministerios en que se tiene que ocupar un sacerdote; y San Ambrosio escribió sobre el mismo tema en su obra Sobre los oficios de los ministros.

Al principio, los clérigos se procuraban por sí mismos el sustento, independientemente de su ministerio eclesiástico, desempeñando algún oficio artesanal o agrícola; pero a medida que las comunidades tenían un número mayor de fieles, que exigían una dedicación completa de sus ministros, entonces éstos eran sustentados mediante las limosnas y colectas que se hacían en la comunidad en las asambleas litúrgicas. Estos ingresos de las iglesias se dividían en cuatro partes: 1) para el obispo, 2) para el clero, 3) para los pobres, 4) para los gastos de fábrica y mantenimiento de los edificios de culto.

El emperador Constantino concedió a los clérigos en general la exención de los cargos públicos; y concedió a los obispos el Privilegio del fuero, por el cual quedaron exentos de los tribunales civiles, tanto en procesos contenciosos como criminales, de modo que los obispos solamente podían ser juzgados por el Sínodo provincial; y, si se les declaraba culpables, entonces eran entregados al brazo secular, es decir, a las autoridades civiles, para que les aplicasen las penas correspondientes; posteriormente, el emperador Justiniano (527-565) extendió este privilegio a todo el clero y también a los monjes; los clérigos inferiores al obispo y los monjes eran juzgados por el tribunal del obispo.

El propio emperador Constantino concedió también a los obispos jurisdicción en causas civiles; de modo que los jueces estaban obligados a seguir el dictamen del obispo como arbitro previamente elegido por las partes contendientes; este privilegio resultó bastante gravoso para los obispos, porque no sólo los cristianos en general, sino también muchos paganos, acudían al tribunal del obispo, porque estaban seguros de su imparcialidad, y además eran gratuitos.

El número de clérigos durante los primeros siglos fue siempre proporcionado al número de fieles, pero en algunas regiones, como el norte de África durante el cisma donatista y en Italia desde la invasión de los Bárbaros, los obispos se lamentan de la falta de vocaciones para la clericatura. San Agustín y San Juan Crisóstomo quisieron suplir este déficit vocacional acudiendo a reclutar sus clérigos entre los monjes, pero éstos se negaban alegando que ellos tenían vocación de monjes, no de clérigos; no faltaron, sin embargo, casos en los que algunos monjes fueron ordenados de presbíteros y de obispos, incluso contra su voluntad.

Las comunidades cristianas fueron habilitadas para recibir herencias, y más tarde quedaron exentas de las tasas de sucesión; los bienes eclesiásticos estaban siempre exentos de tributos extraordinarios, pero tenían que pagar las contribuciones ordinarias.

El derecho de asilo que anteriormente tenían los templos paganos, pasó ahora a los templos cristianos; y el emperador Teodosio II lo extendió en el año 431 a los lugares contiguos del templo.

5. EL CELIBATO MINISTERIAL
a) En los tiempos apostólicos
La Iglesia naciente estuvo muy ligada a la estructura familiar, no sólo desde la perspectiva del ámbito en que se reunían los fieles para sus asambleas cultuales, la iglesia doméstica, sino también por las cualidades que se exigían a los dirigentes de las comunidades. El obispo, los presbíteros y diáconos tenían que ser buenos padres de familia, estrechamente unidos a sus esposas, para vigilar la buena marcha de su casa: «El obispo debe ser hombre de una sola mujer..., que sepa gobernar bien su propia casa y mantener a sus hijos en la sumisión de manera perfectamente digna, porque quien no sabe gobernar su casa, ¿cómo podrá cuidar de la Iglesia de Dios?» (1 Tim 3,4-5; cf Tit 1,6-9).

El ministro de la Iglesia en la era apostólica es presentado como un hombre casado, ponderado, ejemplar entre sus convecinos; precisamente por estas cualidades, ha sido llamado al ministerio eclesial. Esto significa que en la Iglesia de los orígenes no se tenía prevención alguna contra la mujer ni contra el sexo, en relación con el ministerio eclesial. Nada más lejos por entonces que la ley eclesiástica del celibato.

b) Primeros conflictos entre cristianismo y vida conyugal
La literatura neotestamentaria, en general, mira con gran serenidad e incluso con gran benevolencia la sexualidad como realidad plenamente humana; y se muestra hostil para con algunas corrientes de pensamiento contrarias a la sexualidad, como fueron determinadas sectas gnósticas contrarias al matrimonio.

Lo cual no es óbice, sin embargo, para que el Nuevo Testamento exalte a quienes, por peculiar don del Espíritu, han optado por el celibato (Mt 19,12; 1 Cor 7,7-40). Es el propio San Pablo quien puso en guardia a los cristianos contra ciertas infiltraciones de tendencia gnóstica y dualista, que prohibían el matrimonio (1 Tim 4,1-3).

Algunas de esas tendencias no tardaron mucho tiempo en aparecer en las comunidades cristianas del siglo II, dando lugar a Iglesias cismáticas de tendencia excesivamente rigorista, como el encratismo que consideraba a la mujer únicamente como hechura del demonio, de modo que la unión entre el hombre y la mujer en el matrimonio era considerada como una obra doblemente diabólica; en cambio el varón era considerado como una criatura medio divina y medio diabólica.

Todos los Padres de la Iglesia, incluidos quienes más afectados estuvieron por el rigorismo ascético, como pudieron ser San Jerónimo y San Epifanio de Salamina, se opusieron a estas desviaciones heréticas que contradecían la auténtica concepción cristiana del mundo y de la vida.

Muchos fieles cristianos, a causa de estas infiltraciones heréticas en las comunidades, y debido también a la cada vez más apremiante presencia de la filosofía platónica, encontraban serias dificultades a la hora de armonizar su bautismo y su vida conyugal. Por consiguiente, hay que tener muy bien en cuenta que, en la Iglesia primitiva, no se planteaba problema alguno entre ministerio eclesial y celibato, sino, más profundamente, entre bautismo y vida conyugal.

En los siglos III y IV reapareció con fuerza el encratismo del siglo II, lo cual obligó a algunos santos Padres a una seria reflexión sobre el matrimonio y el celibato, que se puede sintetizar en esta fórmula: el matrimonio es bueno, pero el celibato aún es mejor. Y, a la larga, este entusiasmo por el celibato acabó en un cierto menosprecio del matrimonio; de modo que el Concilio de Gangra (Paflagonia) (340-341) condenó el rigorismo encratita de Eustacio de Sebaste, poniendo a salvo definitivamente la bondad del matrimonio cristiano, y confirmando también el aprecio tradicional de la Iglesia por la virginidad y la continencia.

El Concilio I de Nicea rechazó la pretensión de algunos Padres conciliares de imponer el celibato o la continencia conyugal a los ministros de la Iglesia; la intención de este concilio tendía a salvaguardar la dignidad del matrimonio frente a los encratitas; pero a lo largo del siglo IV abundan los testimonios de escritores eclesiásticos que se declaran a favor del celibato y en contra de la disposición de Nicea.

c) Legislación canónica sobre el celibato en la Iglesia oriental
En la Iglesia oriental se va imponiendo, a lo largo del siglo IV, la práctica de elegir a los obispos entre las filas de los monjes, que, por su propia naturaleza, estaban obligados al celibato, aunque algún obispo, como San Sinesio, puso como condición para aceptar el episcopado que le permitieran seguir conviviendo con su esposa. En Egipto, donde el monacato floreció de un modo especial, se generalizó el celibato entre los obispos; sin embargo, en la Iglesia oriental en general, todavía en el siglo V había obispos casados, hasta que una ley imperial de Teodosio II impuso el celibato a los obispos que eran célibes en el momento de su consagración; a los obispos que se habían casado antes de su consagración episcopal, se les permitía continuar conviviendo con sus esposas, pero en continencia perfecta; esta disposición teodosiana fue confirmada más tarde por el Código de Justiniano (+ 565).

El Concilio Trulano II (692) recopiló y sintetizó la praxis y la legislación relativa al celibato de la Iglesia oriental: se obliga al obispo a vivir en continencia, de modo que si estaba casado antes de su consagración, tenía que separarse de su esposa, pero quedaba obligado a procurarle el sustento. Los presbíteros, diáconos y subdíáconos, si estaban casados antes de su ordenación, podían continuar con su esposa y mantener las relaciones conyugales; pero no podían contraer matrimonio después de ordenados, ni segundas nupcias si enviudaban después de la ordenación; las disposiciones del Trulano II permanecen todavía en vigor, aunque se admiten excepciones respecto al matrimonio de los presbíteros, diáconos y subdiáconos después de la ordenación, e incluso respecto a las segundas nupcias.

d) Legislación canónica sobre el celibato en la Iglesia occidental
El canon 33 del Concilio de Elvira (305), que no hizo otra cosa que recoger una normativa anterior de la Iglesia española, impuso la continencia a los clérigos. Este canon iliberitano estaba destinado a una concreta Iglesia local o, en todo caso, nacional. Las primeras disposiciones en torno al celibato, para toda la Iglesia occidental, se deben al papa Siricio, quien en el sínodo romano del año 385 lo aconsejó solamente a los presbíteros y diáconos; pero posteriormente convirtió este consejo sinodal en obligación en cartas dirigidas al obispo Himerio de Tarragona y a los obispos del norte de África. El sínodo de Cartago (390) hizo suyas las disposiciones del sínodo romano.

Las Iglesias de las Galias, después de haber recibido una carta de Inocencio I (404) en ese mismo sentido, impusieron el celibato a presbíteros y diáconos en los sínodos de Orange (441) y de Arles (524).

El papa León Magno, por razones de justicia, autorizó de nuevo a cohabitar con sus esposas a los clérigos casados antes de la ordenación, pero los exhortaba a observar la continencia; y fue el propio León Magno quien extendió la ley del celibato a los subdiáconos de la Iglesia occidental.

Todas estas normas sinodales y pontificias no imponían a los clérigos propiamente el celibato, es decir, la obligación de no casarse, sino la de observar la continencia con sus esposas, porque en realidad aunque se les prohibía el matrimonio, sin embargo, si se casaban, su matrimonio era ilícito, pero válido; la nulidad del matrimonio de los presbíteros, diáconos y subdiáconos contraído después de la ordenación, no fue establecida hasta el Concilio II de Letrán (1139). Posteriormente ha habido diversos intentos por eliminar el celibato en la Iglesia latina, apelando a falsas bulas pontificias; también se planteó el tema en los Concilios de Constanza (314-317) y en el de Trento, pero, en vez de suprimirlo, ratificaron las disposiciones del Concilio II de Letrán.

6. LITURGIA Y VIDA CRISTIANA
a) Desarrollo de la liturgia en el siglo IV
La liturgia experimentó una profunda reorganización durante el siglo IV. En lo esencial, el culto era fundamentalmente el mismo en todas las Iglesias de Oriente y de Occidente; pero los usos y costumbres, que desde los mismos orígenes de la Iglesia se dejaban a la iniciativa y creatividad del presidente de la asamblea, se han ido uniformando cada vez más dentro de determinados ámbitos geográficos; y así surgieron las diferentes liturgias, de modo que cada Iglesia de una cierta importancia tenía la suya propia: Jerusalén, Liturgia de Santiago; Antioquía, Liturgia de San Clemente; Alejandría, Liturgia de San Marcos; Constantinopla, Liturgia de San Juan Crisóstomo; Roma, Liturgia Romana; Francia, Liturgia Galicana; Milán, Liturgia de San Ambrosio; España, Liturgia Visigótica (después Mozárabe).

En Occidente prevaleció la liturgia romana. Cada una de estas liturgias ha transmitido sus propios Leccionarios y Sacraméntarios. En la Iglesia romana son dignos de mención el Sacramentario Leoniano (s.V), el Sacramentario Gelasiano (s. VIII) y el Sacramentario Gregoriano (s.VIII).

Desde el siglo IV la liturgia experimentó un notable desarrollo: se aumentaron las fiestas; se distinguieron los tiempos litúrgicos; se crearon expresiones más conformes con los nuevos dogmas trinitarios y cristológicos. Las liturgias orientales se enriquecieron con una gran exuberancia de ceremonias, quizá por influjo del ceremonial de la corte imperial de Constantinopla. Las liturgias occidentales, dentro de su extraordinaria sobriedad, introdujeron una gran variedad de oficios: de mártires, de confesores, de vírgenes.

b) Fiestas litúrgicas de Cristo y de la Virgen María
Desde el siglo IV aumentaron en buen número las fiestas de Cristo y de la Virgen. Las fiestas suponían la asistencia a la celebración de la Eucaristía y el descanso. El poder civil apoyó estas prescripciones eclesiásticas.

Las fiestas más significativas de Cristo se agruparon en torno a los ciclos de Navidad y Pascua. En las Galias se introdujo (s.V) en el calendario litúrgico el tiempo de Adviento, como preparación para la fiesta de Navidad; y de las Galias pasó a Roma en el siglo siguiente.

Las fiestas de la Virgen María empiezan a introducirse en la liturgia en el siglo IV; la primera fiesta mariana de la que se tiene noticia fue la Purificación; en el siglo siguiente, y en Jerusalén, la fiesta de la Asunción o Dormición; en el Asia Menor se introdujo la fiesta de la Anunciación en el siglo VI; y la fiesta del Nacimiento de María en Roma, en el siglo VII.

El Concilio de Éfeso (431), al proclamar la Divina maternidad de María, incrementó notablemente su veneración y su culto; a partir de entonces se le dedicaron basílicas, pequeños templos y capillas por toda la cristiandad.

c) Veneración y culto de los santos
Después de la paz constantiniana aumentó la veneración y culto de los mártires; sus reliquias se colocaron en los altares, de modo que un concilio de Cartago ordenó romper todos aquellos altares en los que no hubiese reliquias de algún mártir.

Al concluir las persecuciones cruentas del Imperio Romano, los fieles empezaron a venerar a los nuevos héroes del cristianismo, los monjes y aquellos Pastores que confesaban a Cristo, no ya con la tortura, como aquellos cristianos que habían padecido por Cristo, pero no habían muerto en los tormentos: los nuevos confesores testimoniaban a Cristo con la práctica de las virtudes cristianas. De ahí la distinción entre mártires y confesores del calendario cristiano. El primer cristiano que recibió culto sin ser mártir fue San Antonio Abad, el prototipo de los monjes anacoretas.

En el siglo V se generalizaron las dos fiestas del ciclo de San Juan Bautista, nacimiento y martirio, juntamente con la del protomártir San Esteban. En Roma se celebraba con anterioridad la fiesta de San Pedro y San Pablo, que en el siglo V se extendió a la Iglesia oriental.

Una manifestación de la veneración de los santos fue desde el siglo IV la veneración de sus reliquias, que procedía ya de la época de las persecuciones; ahora estas reliquias eran envueltas en paños preciosos, se guardan en urnas valiosas, y se les dedicaron suntuosas basílicas; pero el culto a las reliquias ocasionó también abusos, supersticiones, y tráfico de reliquias falsas. Algunos herejes negaron la utilidad del culto de las reliquias.

Después del hallazgo de la Cruz de Cristo por Santa Elena, en Jerusalén, empezó la peregrinación a los santos lugares de la vida y pasión de Cristo. Algunos peregrinos dejaron relatos detallados de su peregrinación; sobresale entre todos el Itinerario de Egeria, una monja española, probablemente pariente de Teodosio el Grande, que emprendió una minuciosa peregrinación por todos los lugares de culto que tenían por entonces algún renombre, sobre todo los santos lugares de Tierra Santa, hasta el Sinaí, siendo una de las fuentes más importantes de la Historia de la Iglesia y, especialmente, de la liturgia del siglo IV.

d) Evolución de la liturgia sacramental
El bautismo solemne se administraba anteriormente sólo en la vigilia pascual; pero en el siglo IV también en las vigilias de Navidad y de Epifanía; se construyeron espléndidos baptisterios para el bautismo por inmersión. En el siglo V se generalizó el bautismo de los recién nacidos; lo cual supuso que el catecumenado empezase a decaer.

La confirmación se separó del bautismo cuando éste empezó a ser administrado por simples sacerdotes. En Occidente la confirmación era administrada solamente por el obispo; en cambio, en Oriente podían administrarla también los sacerdotes, pero siempre con el crisma consagrado por el obispo.

La Eucaristía se celebra ahora con gran solemnidad y con formularios fijos, en el marco impresionante de las nuevas basílicas adornadas con espléndidos mosaicos y frescos. La comunión se distribuye todavía bajo las dos especies; el pan consagrado se entregaba en la mano y el vino consagrado era distribuido por el diácono en una copa, en tiempos del papa Agapito (535-536) empezó la costumbre de introducir el pan consagrado directamente en la boca de los fieles; pero esta práctica no se generalizó en Occidente hasta la Edad Media. Se suprimió la costumbre de entregar la Eucaristía para que los fieles la llevaran a su casa. La recepción de la Eucaristía en la celebración litúrgica se hizo cada vez más de tarde en tarde. El sínodo de Agde (506) no consideraba cristianos a quienes no recibieran la Eucaristía por lo menos en las fiestas de Navidad, Pascua de Resurrección y Pentecostés. A los fíeles que asistían a la celebración litúrgica pero no comulgaban, se les distribuía un pedazo de pan bendito (Eulogia). Este pan bendito lo enviaban también a otros obispos como signo de comunión eclesiástica; esta costumbre se introdujo en la Iglesia oriental a finales del siglo ni, y en la Iglesia occidental en el siglo VI.

En la administración del sacramento del Orden, a la imposición de manos y a la oración, que continuaron como elementos esenciales, se añadió en Occidente la unción de las manos.

El Sacramentarlo Gelasiano introdujo nuevos ritos para la consagración de los óleos y la administración del sacramento de la confirmación.

En el siglo IV, con ocasión de las herejías que pusieron en peligro, por una parte, la dignidad del matrimonio, como los encratitas, y, por otra parte, menospreciaban la virginidad cristiana, como Elvidio, los santos Padres y Doctores de la Iglesia clarificaron la doctrina del matrimonio y de la virginidad. Y la legislación civil sobre el matrimonio, durante los siglos IV y V, se adaptó a la legislación de la Iglesia. En Occidente se celebraba la bendición nupcial dentro de la misa; en cambio en la Iglesia oriental se podía celebrar fuera de la misa, en las casas particulares.

Después de la paz constantiniana, al entrar en la Iglesia gentes con escaso espíritu cristiano y mal catequizadas, se multiplicaron los escándalos y los pecados públicos, lo cual obligó a la Iglesia a desarrollar su Derecho penal. La pena más grave seguía siendo la excomunión; y con esta pena se continuó castigando los tres pecados mortales o canónicos: apostasía, adulterio y homicidio; los clérigos podían ser castigados, en caso de cometer faltas graves, con la suspensión a divinis, de modo que no podían ejercer el ministerio sagrado, y con la destitución de su cargo. En España, los obispos podían ser castigados con la privación de la comunión fraterna y del derecho de asistir a los sínodos.

La penitencia pública se mantuvo en vigor, pero con mayor benignidad. A finales del siglo IV, el patriarca Nectario de Constantinopla suprimió la confesión pública, a causa del escándalo provocado por la confesión pública de una matrona; y esta supresión fue implantada también por otras Iglesias de Oriente. En Occidente también el papa León Magno (440-466) suprimió la confesión pública; pero la práctica de la penitencia pública, que se recibía una sola vez en la vida, permaneció hasta bien entrada la Edad Media, hasta que, a través de los monjes irlandeses, se introdujo la penitencia privada y reiterable en todo el continente europeo.


ÁLVAREZ GÓMEZ, JESÚS. (2001). HISTORIA DE LA IGLESIA. MADRID: BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS

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