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HISTORIA DE LA IGLESIA

EL IMPERIO DE CARLOMAGNO
a) Carlomagno (768-814)
La personalidad religiosa de Carlomagno

Carlomagno
 
La Vita Caroli nos proporciona pistas abundantes sobre la piedad de Carlomagno: «Practicaba escrupu- losamente y con el más grande fervor la religión cristiana, de la que había estado imbuido desde la más tierna infancia». Eginardo enuncia numerosos ejemplos de sus prácticas religiosas. El príncipe asistía cotidianamente al canto de las «horas» del Oficio Divino en la capilla palatina. Durante la comida se hacía leer un texto, especialmente La ciudad de Dios de San Agustín. Poseedor de curiosidad religiosa, preguntaba a Alcuino sobre el sentido de las Sagradas Escrituras. Multiplicó las obras benéficas, las fundaciones piadosas y las limosnas abundantes, enviando subsidios a Tierra Santa. A su muerte, por su testamento, repartió las dos terceras partes de su tesoro entre veintiuna iglesias metropolitanas de su imperio, encargando a los arzobispos que lo repartieran entre sus sufragáneos. Así, con la oración monástica y dando a la limosna la prioridad sobre toda otra forma de piedad, el emperador siguió las grandes corrientes de la espiritualidad de su tiempo.

Por la aparente contradicción entre su vida privada y piadosa, fue acusado de hipócrita. Carlos tuvo una concubina en su juventud; repudió a su primera mujer, la hija del rey de los lombardos Desiderio; después de la muerte de sus sucesivas esposas: Hildegarda (+ 783), Fastrada (+ 794), Liutgarda (+ 800), tomó cuatro concubinas. Impidió que sus hijas se casaran, pues quería que permanecieran junto a él, ya que temía tener yernos, y sufría porque tuvieran relaciones ilegítimas con los grandes de su corte.

Para comprender este comportamiento, no se pueden seguir criterios morales o canónicos posteriores. Carlos se conducía como un hombre de su raza, para quien el matrimonio era un gesto privado que dependía del capricho del marido, sin carácter religioso. De joven tomó una «esposa juvenil», como sus camaradas; después la dejó en el momento de cerrar una unión más seria, que tendría un significado para la vida de su clan. Pero éstas eran «bodas a la germánica » que le permitían una gran facilidad para repudiar a su compañera cuando lo juzgara conveniente. Sus otros matrimonios fueron también conforme a las costumbres de la época y realizados con hijas de la nobleza germánica. Se puede suponer que después del año 800 el emperador, ya envejecido, mantuvo relaciones con jóvenes doncellas de palacio, pero de condición servil o humilde, con las que no podía llegar a tener una unión válida, para la que el derecho germánico exigía una igualdad social. Carlos vivió en este aspecto conforme a las tradiciones germánicas, jamás contrajo un matrimonio en forma canónica con la bendición del sacerdote, sino que se conformó con los usos de los suyos. Debemos imaginar la familia de Carlomagno como una especie de tribu patriarcal donde eran educados conjuntamente y al mismo nivel de igualdad los hijos legítimos y los bastardos. Los escrúpulos de conciencia llegaron a los sucesores del gran emperador.

Tampoco debemos silenciar otro aspecto débil de la vida de Carlomagno: su excesiva crueldad para con sus enemigos, aunque no se puede olvidar que generalmente fue alabado por su dulzura y su sentido de la justicia.

Carlomagno, físicamente sano y psíquicamente equilibrado, fue un cristiano sin problemas ni complejos. De una fe robusta y de una gran generosidad, vivió sin inquietudes ni problemas de conciencia.

El nuevo Imperio, año 800
Los acontecimientos.— Pipino dejó dos hijos. El mayor, Carlos, contaba a la muerte de su padre 26 años; el menor, Carlomán, 17. Los grandes rindieron homenaje a Carlos en Noyon; a Carlomán, en Soissons. A Carlos le tocaron las provincias atlánticas desde la Gascuña hasta Frisia; a Carlomán, las tierras centrales y mediterráneas del reino franco.

Carlos, en busca de aliados contra su hermano, se casó con una hija del rey lombardo Desiderio, logrando así, con la mediación de su madre, Bertrada, una reconciliación con este pueblo. El papa Esteban III no aprobó el casamiento lombardo de Carlos y se aproximó a Carlomán, de cuyo hijo, nacido en 770, quiso ser padrino. El 4 de diciembre de 771 murió Carlomán en Samoussy, junto a Laon. Fue enterrado en el monasterio de San Remigio de Reims, hecho que cambió completamente la situación y puso en manos de Carlos todos los triunfos. Antes de Navidad los grandes rendían homenaje a Carlos en Corbeny. La viuda de Carlomán, Gerberta, huyó con sus dos hijos y unos pocos leales a la corte del rey lombardo. Después de un año de matrimonio con la princesa lombarda, Carlos repudió a la hija de Desiderio y la hizo volver a Pavía, consumando así la ruptura con los lombardos.

El nuevo papa, el insigne Adriano I (772-795), modelo de piedad y prudencia, se volvió hacia la anterior política de alianza de Esteban II. Los lombardos encontraron en estos hechos la ocasión propicia para atacar la unidad de los francos y su alianza con Roma. Pero el papa rehusó ungir a los hijos de Carlomán y elevarlos a la dignidad real.

Cuando finalmente Desiderio marchó sobre Roma, el papa llamó a Carlomagno, rey de los francos y patricius romanorum. Carlomagno intentó resolver el conflicto pacíficamente, pero tuvo que entrar en guerra con Desiderio.

Mientras era asediada Pavía, se dirigió inopinadamente a Roma para celebrar la fiesta de la Pascua en la Ciudad Eterna (774). El miércoles de Pascua renovó allí la promesa de su padre (la llamada «donación de Pipino»).

Pero el carolingio, que se había comprometido bajo juramento a defender la sede de San Pedro contra los lombardos y a devolverle las regiones que le habían sido arrebatadas, tras la caída de Pavía en 774, ciñó sobre su propia cabeza la corona de hierro de los lombardos sin tener en cuenta la opinión del papa ni «restituir» todos los territorios reclamados por el pontífice. El nuevo patricius era más que el simple portador de un poder delegado: la soberanía protegida se convirtió en supremacía política.

La situación personal de León III (795-816) era precaria. Después de su elección por unanimidad, su comportamiento con Carlos fue el mismo que el de sus predecesores con los emperadores bizantinos o sus exarcas. Remitió al rey franco no sólo los protocolos de elección, sino también la llave del sepulcro de San Pedro y el estandarte de la ciudad de Roma. Fechó sus decretos según los años del reinado de Carlos, como anteriormente se había hecho según los años de gobierno del emperador bizantino.

No obstante, en Roma existía un fuerte grupo de enemigos del papa que intentaban su abdicación, incluso por medios violentos. El papa necesitaba la mano protectora del príncipe franco. En el año 799 consiguió huir a Paderborn para ver a Carlos, a quien según la antigua costumbre «adoró». Carlos le hizo acompañar de sus grandes en su regreso a Roma. Como las acusaciones contra él —perjurio e impudicia— no quedaron suficientemente rebatidas por la investigación, el papa se purificó prestando un juramento, a raíz del cual, Carlos, que mientras tanto había llegado a Roma, castigó a los enemigos del papa como reos de lesa majestad.

Dos días después, en la Navidad del año 800, Carlomagno, cuando oraba en la basílica de San Pedro, fue coronado emperador por el papa, mientras que la muchedumbre de los asistentes prorrumpía en aclamaciones: «A Carlos Augusto coronado por Dios, grande y pacífico emperador de los romanos, vida y victoria». Y cualesquiera que fueran los puntos oscuros en el concepto imperial de Carlos, él se sintió absolutamente superior al papa, y ello tanto en el usufructo continuado de los pasados derechos sobre la Iglesia territorial como en la adopción o imitación del modelo bizantino. Sin embargo, tras la exaltación de Carlos a la dignidad imperial, el único lugar que quedó para León fue el del Moisés orante.

El significado de la coronación de Carlomagno.—Esta ceremonia, falsamente improvisada, ha suscitado múltiples controversias en torno a las interpretaciones de los motivos que la originaron. Al mismo tiempo, sus consecuencias fueron incontestables: el Imperio de Occidente había resucitado.

La idea del Imperio romano no había desaparecido totalmente en Occidente. Inconcretas y poco «romanas», ciertamente, existían algunas representaciones del Imperio que ejercían múltiple influencia. En el reino de los francos existía ya la idea imperial en sentido cristiano bajo la fórmula Imperium christianum. En el homenaje que se le rindió a Carlomagno tras su victoria sobre los lombardos (775), el sacerdote Catulfo se dirigió a él como «representante de Dios», y como la persona que, haciendo sus veces, tiene que vigilar y dirigir «a todos los miembros»; el papa, en cambio, como sólo representa a Cristo, quedaba en segundo lugar.

Conforme al espíritu de los clérigos, concretamente de Alcuino (730?-804), que preparó el terreno y aclimató los corazones para esta renovatio imperii, se trataba de restablecer el imperio de Constantino, pero ello se dio más en el campo ideológico que en la práctica del derecho. Carlos añadió un nuevo título a los anteriores, de manera que los sobrepasaba sin reemplazarlos. Fue rey de los francos y de los lombardos, patricio de los romanos y gobernador del Imperio romano (Imperium Romanum gubernans). El Imperio era un ideal moral de justicia y de paz, la encarnación mística de un recuerdo prestigioso, y no, al menos al comienzo, una realidad administrativa centralizada y unificada. El Imperio obtenía su homogeneidad a partir de otros principios; del hecho que reagrupaba el conjunto de los cristianos latinos de la Europa continental. Por su diversidad de lenguas, de costumbres y de legislaciones desaparecía su unidad religiosa que, vista desde el exterior por el Islam o por Bizancio, era clara y manifiesta. Los clérigos palatinos vieron en el Imperio una empresa más espiritual que política, mientras que los musulmanes o los griegos denunciaron una voluntad de hegemonía y una máquina de muerte contra ellos. En efecto, se había constituido una realidad política nueva, original, cuyo desarrollo ulterior iba a marcar toda la historia medieval y, a través de ella, el papa y el emperador se iban a enfrentar por el control del mundo, el dominium mundi.

Los instrumentos de la política religiosa de Carlomagno
Carlomagno intentó afirmar su voluntad en tres dominios religiosos: la reforma, la enseñanza y la misión, prolongando la obra de su padre y de Bonifacio, y llevándola a su término. Tres instrumentos le sirvieron para aplicar su programa religioso: los concilios, las capitulares y la institución de los missi, inspectores generales en misión extraordinaria.

Durante su largo reinado y bajo su impulso, se celebraron numerosas asambleas conciliares. Muchos fueron concilios mixtos, a imagen de las reuniones habidas en tiempo de su padre, en las que se sentaron juntos obispos y grandes, como la reunión de Paderborn en el año 777 después de la primera gran victoria contra los sajones, y la de 785 para dividir Sajonia en diócesis, en el curso de la cual fue promulgada la terrible Capitulación sobre Sajonia.

Otras asambleas conciliares, exclusivamente eclesiásticas, se reunieron para tratar problemas teológicos. La más importante se celebró en Francfort en 794 para condenar el adopcionismo, último resurgimiento del arrianismo, de origen español. Carlos presidió esta numerosa asamblea en presencia de los legados por el papa. Finalmente, es necesario mencionar los cinco grandes concilios reformadores de 813 convocados «para corregir el estado de la Iglesia», celebrados en Arles, Chalons-sur Saóne, Maguncia, Reims y Tours.

Entre las capitulares, algunas de ellas son de carácter mixto y contienen prescripciones de administración civil y de medidas religiosas; otras son puramente eclesiásticas como la Advertencia general (Admonitio generalis) del año 789. Algunas de estas capitulares eclesiásticas se inspiran o toman los cánones de los concilios. En los condados, reagrupados en circunscripciones de inspección, delega enviados especiales (missi dominici) proveídos de un poder de misión con prerrogativas y derechos precisos. Un clérigo, obispo o abad, formaba parte obligatoriamente del equipo de missi, y controlaba, con el laico que le acompañaba, el desarrollo de la administración y el funcionamiento normal de la vida religiosa. Se ha conservado el testimonio de la misión en Provenza (778) de uno de estos missi, Teodulfo, obispo de Orleáns.

La conquista y conversión de los sajones
En una Europa donde el progreso del cristianismo y la influencia franca caminaban al mismo tiempo, la voluntad de independencia de los sajones y su paganismo constituían un grave obstáculo. A través de la Capitulatio de partibus Saxoniae se pueden apreciar algunos rasgos del paganismo sajón: adoraban las fuentes, los árboles, los bosques sagrados; creían en las brujas, practicaban sacrificios animales y humanos, canibalismo ritual e incineraban sus muertos. Manifestaron un odio feroz al cristianismo y persiguieron a los clérigos

hasta asesinarlos o expulsarlos del país, lo que provocó el conflicto. Los sajones incendiaron la iglesia de Deventer, fundada por Lebuin en las orillas del Issel. Carlomagno partió de Worms en el verano del año 772, penetró en la Angaria meridional, destruyó el castillo sajón de Eresburg, santuario de Irminsul, y robó sus reservas de metales preciosos. Después de tres meses de campaña se retiró llevándose los rehenes. Durante los treinta años siguientes, con algunas interrupciones, el rey prosiguió la conquista sistemática de Sajonia y su cristianización.

Los sajones se rebelaron en los años 773, 778, 782, bajo dirección de Widukindo, y en 793. Las campañas correspondientes se acabaron en 802 con la ocupación de la Nordalbingia y la deportación de su población. Si consideramos que la protección militar constituyó siempre la garantía de los misioneros, distinguimos tres fases y técnicas en la cristianización de Sajonia.

La primera es la de los choques psicológicos del terror y de los milagros. Carlomagno procedió a gestos espectaculares y provocadores como la destrucción de Irminsul en 772. En el año 782 los sajones atacaron el ejército franco por la retaguardia, quebrantando la palabra empeñada. La terrible respuesta ha quedado fijada en «día de Verdún» del año 782. Carlomagno, tras una previa investigación, mandó ajusticiar en un solo día a cuatro mil quinientos (¿?) sajones entregados por sus propios compañeros de tribu. Fue una acción ignominiosa y cruel de un príncipe cristiano. La dura capitulación paralizó a los sajones, puesto que todos los actos de la religión pagana, todas las violencias contra los clérigos y las iglesias y todos los gestos de hostilidad hacia el cristianismo fueron castigados con la muerte. Como en todos los comienzos de la evangelización, los milagros se multiplicaron para aumentar el crédito de los apóstoles. En 774, con motivo del ataque de Fritzlar por los sajones, dos ángeles les impidieron que fuera incendiada la abadía. En 776, dos escudos de fuego protegieron la ciudadela de Sigeburg. Muchos sajones se convirtieron a causa de dichos espectáculos.

La segunda fue la predicación organizada desde el año 787. La acción propiamente evangelizadora fue confiada a grupos de misioneros que recibieron cada uno un territorio delimitado para trabajar más profundamente.

Por último, la catequesis. La más sumaria estaba reducida a cuarenta días, en algunas ocasiones a dos o tres semanas, cotidiana durante los ocho últimos días. A los misioneros se les entregaba un manual (Ratio de catechizandis rudibus), compuesto a partir del tratado de San Agustín para los catecúmenos, las instrucciones de Alcuino y la obra de San Isidoro de Sevilla. Los misioneros enseñaban la fe y bautizaban en ocasiones en bautismos colectivos.

En su conjunto, se puede decir que la evangelización fue superficial y los misioneros se movieron torpemente. Por ejemplo, la percepción brutal de los diezmos, a pesar de los consejos de Alcuino, fue el origen de las revueltas de finales del siglo. Esporádicamente se produjeron aún revueltas de paganos en los años 804, en 830 y hasta 842, año en que Luis el Germánico fue obligado a ahogar en sangre la última apostasía sajona.

Durante la última fase de la misión fue erigida en Sajonia la jerarquía eclesiástica. Willehad, apóstol de Wihmodia, fundó el obispado de Bremen, del cual él fue el primer titular (787- +789). Liudger, que predicó en Frixia, continuó su apostolado en Sajonia y fundó el monasterio de Mimigernaford. Entre los años 802 y 805, lo elevó a obispado y el nuevo obispo instaló su residencia en la abadía, que tomó el nombre de Münster en el siglo xi. A finales del siglo VIII, el sajón Hathumar se convirtió en obispo de Paderborn en Sajonia del Sur. Bajo el reinado de Luis el Piadoso fueron erigidos los obispados de Halberstadt, Hildesheim, Minden, Osnabrück y Verden. Amalario de Tréveris fundó una iglesia en Hamburgo hacia 804. Pero ninguna metrópoli reagrupó estos ocho nuevos obispados; al oeste permaneció Colonia; al este, Maguncia. La provincia de Maguncia recibió Escandinavia y no Sajonia. A finales del siglo IX Sajonia se había convertido en un territorio cristiano. Con la obra de muchas decenas de misioneros llevaron el cristianismo hasta los países del norte.

b) Luis el Piadoso, el rey de los obispos
La piedad fue la nota dominante del carácter de Luis, hijo y sucesor de Carlos en el Imperio, lo que le valió el sobrenombre de Pío o Piadoso. No por ello puede ser menospreciado y considerado un rey sacristán, más preocupado de la liturgia que del gobierno. Como sus antepasados, fue un brillante soldado que cabalgó por todo el Imperio.

Como su padre, tuvo la gran idea de ejercer la prerrogativa imperial sobre el papado. En el año 824, después de unos disturbios en Roma bajo el pontificado de Eugenio II (824-827), promulgó la Constitución romana por medio de su hijo Lotario, al que había asociado al Imperio y delegado para el gobierno de Italia. El emperador retuvo la jurisdicción suprema y el control del gobierno pontificio, mientras que el ejercicio del poder judicial y administrativo ordinario lo dejó en manos del papa en tanto que soberano del país. La elección pontificia debía ser ratificada por el emperador. El nuevo elegido, antes de ser consagrado, prestaría juramento de fidelidad delante del enviado imperial y el pueblo de Roma. El papa, por contra, tendría el derecho de coronar y consagrar al emperador. Luis el Piadoso y Lotario recibieron la corona de manos de su padre, pero fueron consagrados por el papa, Luis por Esteban IV en Roma en el año 816, y Lotario por Pascual I en Roma en 823. La supremacía del emperador sobre el papa no fue discutida y subsistió hasta Nicolás I en 858. Pero Luis reconoció a los obispos el derecho de control moral sobre la realización de diferentes asuntos, permitiendo que se constituyera un partido sacerdotal, que intentó imponer sus concepciones del poder.

En la Ordinatio Imperii de 817 estableció como fin específico del Imperio cristiano preparar la salvación de las almas y asoció a los obispos al poder, invitándoles a atender y corregir la política imperial. Desde entonces, los obispos no dejaron de recordar esta superioridad nueva a lo largo del siglo IX y de reivindicar un derecho de control sobre la autoridad real. En muchos momentos, especialmente en el año 820 y en la Relación de los obispos al emperador Luis, los obispos publicaron verdaderos programas de buen gobierno, a los que se refería Hincmaro a finales de siglo recordando en el Tratado de la organización de Palacio (882) que el rey estaba sometido a la moral divina y que los obispos eran superiores al príncipe.

Además de estas declaraciones del príncipe, Luis el Piadoso, escrupuloso y honesto, confiando en la santidad de su episcopado, aceptó gestos públicos de humillación religiosa que comprometieron gravemente su autoridad y la de sus sucesores. En el año 822, Luis se sometió en Attigny a una confesión pública de sus faltas para borrar las consecuencias morales del modo cruel con que había tratado a su sobrino Pipino de Italia por haberse rebelado.

Algo parecido fue la penitencia pública que los obispos hicieron que cumpliera el emperador en el año 833, por considerarlo como un obstáculo a la unidad y a la paz del Imperio. Luis, delante de su hijo Lotario y de los grandes, del episcopado dirigido por Ebón, arzobispo de Reims, y el concurso del pueblo reunido en la iglesia de San Medardo de Soissons, depuso las armas, vistió el hábito de penitente y renunció definitivamente al gobierno y al matrimonio, puesto que los efectos civiles de la penitencia oficial duraban más allá del tiempo propiamente dicho penitencial, hasta la muerte. Los obispos tuvieron que reconocer que esta penitencia había sido injustamente impuesta para que le fueran devueltas a Luis las insignias y el uso del poder. La injerencia del episcopado en el funcionamiento interno de la monarquía, tolerada y sufrida por Luis el Piadoso, fue una causa de debilitamiento de la autoridad real.

c) Los sucesores de Luis el Piadoso
Luis prolongó y acentuó la obra reformadora de Carlomagno, ayudado en la ordenación de los monjes de su amigo Benito de Aniane. En el año 817 completó estas medidas con la regla de Aquisgrán para los canónigos. Pero su legislación tuvo siempre una justificación ideológica y un tinte moralizante ausentes en la obra de su padre. Estas mismas tendencias se encuentran en la obra de sus hijos, especialmente en la de Carlos el Calvo (823-877).

Nacido del segundo matrimonio de Luis con Judith de Baviera, Carlos recibió una educación cuidadosa. Conocedor del griego y del latín, fue el más cultivado de los carolingios. Su legislación capitular fue, con mucho, la más abundante de todos los soberanos de su dinastía, pero permaneció inaplicada, por falta de dinero, de hombres y de autoridad. Bajo su reinado, la institución de los missi dejó de funcionar en Francia occidental, en tanto que las invasiones normandas asolaban el reino, afectando particularmente a las iglesias y a los monasterios. El fisco real, escaso de recursos, enajenó tierras eclesiásticas; los cánones de los concilios de finales del siglo están llenos de duras reclamaciones de los obispos contra el poder real.


ÁLVAREZ GÓMEZ, JESÚS. (2001). HISTORIA DE LA IGLESIA. MADRID: BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS

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