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HISTORIA DE LA IGLESIA

EL DEBILITAMIENTO DEL PAPADO
a) «El sínodo del cadáver»
Al asesinato de Juan VIII (15 de diciembre de 882) por los miembros de su familia se sucedieron tres pontificados cortos y dignos: Marino I (882-884), Adriano III (884-885) y Esteban VI (885-891). La elección de los papas se hacía sin que el emperador, Carlos el Gordo, pudiera intervenir. Después de la deposición y muerte del emperador, cada reino de Occidente «sacó un rey de sus propias entrañas», según la expresión de un cronista: Eudes en Francia, Arnulfo en Germania, Rodolfo en Borgoña. En Italia, Berengario, duque de Friuli, y Guy, duque de Espoleto, se disputan la corona hasta el momento en que Guy triunfa y Esteban VI se ve forzado a coronarlo emperador (891). Formoso (891-896) fue el sucesor de Esteban, quien, demasiado mezclado en los asuntos políticos, abrió la puerta a las convulsiones posteriores.

Obispo de Porto, misionero en Bulgaria, Formoso había sido suspendido por Juan VIII por haber participado en una conjura y después restablecido por Marino I. Fue contrario a seguir la política de su predecesor y rechazó la coronación imperial de Guy, pero coronó a Lamberto, su hijo. La presión de la familia de Espoleto fue tan fuerte que Formoso llamó a Arnulfo, sobrino de Carlos el Calvo, rey de Germania. Éste, que había pacificado su reino, respondió favorablemente al papa y bajó a Italia. En 896 tomó Roma, y Formoso le coronó emperador. Fue el último carolingio que ciñó la corona imperial. Formoso dio pruebas de un raro espíritu de independencia en relación con la casa de Espoleto, pero ésta vengó su memoria.

Esteban VII (896-897) fue elegido bajo la presión de Agiltruda de Espoleto, viuda del emperador Guy. Para hacerse agradable a los de Espoleto, Esteban organizó un juicio postumo, lo que se ha denominado «el sínodo del cadáver», contra Formoso. Tomó como pretexto que Formoso, para llegar al trono de Pedro, había sido transferido de un obispado a otro, lo que era contrario a las tradiciones antiguas. Formoso fue exhumado, se aderezó su cadáver, y, revestido de los ornamentos pontificales, se le sentó sobre el trono, delante de un concilio romano que condenó al difunto soberano pontífice. Les fueron arrancadas de su cuerpo las insignias episcopales, cortados los dedos de la mano derecha que servían para bendecir y entregados a la muchedumbre. Esta macabra parodia, llamada por irrisión el «sínodo del cadáver», fue la única acción llamativa de Esteban VII, que no contribuyó a agrandar el prestigio del papado. Esteban VII fue depuesto por un motín; durante muchos años, formosianos y antiformosianos estuvieron enfrentados.


Juicio al Papa Formoso
 
Juan IX (898-900) y después Benedicto IV (900-903) no pudieron apaciguar los disturbios. León V (903) fue recluido en prisión por el antipapa Cristóbal (903-904), y posteriormente suplantado por Sergio III, que se apoyó en los de Espoleto. La lucha contra los formosianos se reanudó. Un concilio dio por nulas las ordenaciones realizadas por Formoso, y diferentes tratados polémicos circularon bajo diferentes nombres. Vulgarius en su poema Invectiva in Romam escribió uno de ellos

b) La dominación de Teodora y Marozia o «la pornocrazia»

Marozia de Spoleto
 
De 904 a 932, el papado fue dominado enteramente por la familia del conde Teofilacto, uno de los aristócratas elogiado por Vulgarius, secundado por su mujer, Teodora, y sus dos hijas, Teodora la joven y Marozia, esposa en primeras nupcias del conde Alberico de Espoleto y en segundas de Guy de Toscana. Ambas mujeres, superiormente dotadas pero poco escrupulosas, dispusieron del trono pontificio según sus propíos intereses. En tanto que Teofilacto tomaba el título de «duque, jefe de la milicia, cónsul y senador de Roma» (vestuarius et magister militum), que controlaba el tesoro y las tropas militares, Teodora la Antigua y Marozia se arrogaron el de «senadora y patricia ». Marozia fue la amante del Papa Sergio III, a quien le dio un hijo, el futuro Papa Juan XI. Después del asesinato del papa León V (903) y del antipapa Cristóbal (903-904), Teofilacto impuso como papa a Sergio III (904-911), conde de Tusculum. Sergio había sido un aventurero sin escrúpulos. En el año 897 había intentado remover al papa Teodoro II, amigo de Esteban VII e instigador del «sínodo del cadáver », y persiguió a los clérigos consagrados por Formoso. Sus dos sucesores, Anastasio III (911-913) y Landon (913-914), fueron papas insignificantes y Teodora la Vieja impuso la elección del arzobispo de Ravena, Juan X (914-928).

Este prelado, de moralidad dudosa pero gran energía, emprendió la lucha contra los sarracenos y constituyó con los príncipes italianos de Capua, Nápoles y Amalfi y los bizantinos una coalición que logró vencer a los musulmanes en Garigliano, cerca de Gaeta, en 915. El mismo año coronó emperador a Berengario de Friuli. Tras la muerte de éste en 924, después de las incursiones húngaras y de los enfrentamientos sangrientos en Italia del Norte, Rodolfo II de Borgoña fue designado para suceder a Berenguer, pero fue descartado por Hugo de Provenza, quien había sido llamado por Guy de Toscana, el segundo esposo de Marozia, con quien se había casado después del asesinato de Alberico. En esta coyuntura, habiéndose opuesto Juan X al conde de Toscana, Marozia lo hizo meter en prisión y asesinar (928). Marozia entonces llevó sobre el trono de Pedro a León VI (928), Esteban VIII (928-931) y a su propio hijo Juan XI (931-935). Bajo este último pontificado, Marozia esposó en terceras nupcias a Hugo, rey de Italia, a quien ella tenía destinado para el Imperio. Pero Alberico II, hijo del primer matrimonio de Marozia con Alberico I de Espoleto, ganó a la nobleza, depuso a Hugo, hizo encerrar a su madre y al pontífice, su medio-hermano en prisión, donde fueron asesinados primero uno, después la otra. Este último acto violento cerró esta agitada época, pues Alberico se apoderó del poder y lo conservó durante treinta años.

c) El principado de Alberico
Alberico, joven de 18 años, gobernó como un rey en Italia y en el Estado Pontificio bajo el título de «senador y príncipe de todos los romanos», y se impuso a los romanos. Benito de Mont-Soracte deplora su tiranía, pero reconoce sus efectos. Los aristócratas se agruparon en torno a él en su palacio de los Doce Apóstoles (hoy Palazzo Colonna). Designó papas oscuros, pero piadosos y reformadores, cuya efigie se inscribía modestamente al lado de la suya sobre las monedas romanas. León VII (936-939), Esteban IX (939-942), Marino II (942-946), Agapito II (946-955) trabajaron para introducir en Italia la reforma monástica de Odón de Cluny, que viajó en varias ocasiones a Roma. Alberico favoreció el establecimiento de monasterios en Roma, pasando éstos de 19 en el año 900 a 35 en 936. Algunos fueron colocados junto a las grandes basílicas, otros sobre las colinas. Fundó el monasterio de Santa María cerca de su palacio del Aventino, donde se alojaba el abad de Cluny; los de San Lorenzo y Santa Inés, situados igualmente fuera de las murallas. La abadía de San Pablo fuera de los muros de Roma fue reformada por los cluniacenses, así como las grandes abadías meridionales, Montecasino, Subiaco, San Vicente de Vulturno, Farfa recibieron a su vez la reforma. Sin embargo, continuaron las luchas políticas. Hugo de Provenza, el último marido de Marozia, renunció en 946 a sus derechos sobre Italia a favor de su hijo Lotario, pero éste murió en 950, y su joven viuda, Adelaida de Borgoña, fue hecha prisionera por Berenguer de Ivrea, que se proclamó rey de Italia. Adelaida llamó en su socorro a Otón, rey de Germania, quien dio un golpe doble. Esposó a Adelaida y se reconcilió con Berenguer, confiándole el gobierno de Italia. Pero Agapito II, bajo la presión de Alberico, rehusó coronar emperador a Otón (952). Otón, convertido en rey de Italia (951), reconoció la autoridad y el prestigio de Alberico y no quiso acudir a Roma a tomar la corona imperial, cosa que hará bajo el sucesor del senador.

En efecto, Alberico preparó su sucesión designando a su hijo bastardo Octaviano, conde de Tusculum, como príncipe y senador, y, cosa curiosa, sobre su lecho de muerte, Alberico hizo jurar a los romanos que a la desaparición de Agapito elegirían papa a su propio hijo a fin de reunir en la misma persona los dos poderes. Así fue, después de la muerte de Alberico en 954 y de la del papa Agapito II el año siguiente, Octaviano se convirtió en Juan XII, acumulando las funciones laicas y eclesiásticas, pero desgraciadamente este joven no tenía las cualidades de su padre.

d) Juan XII, papa indigno

Juan XII
 
En 955, Octaviano subió sobre el trono de Pedro y cambió de nombre —lo que hasta entonces no era habitual—, tomando el de Juan XII; pero no cambió de conducta. Tenía apenas 20 años, lo cual le impidió recibir las órdenes sagradas en virtud de los cánones conciliares. Vivió como un príncipe italiano, a imagen de muchos de sus colegas que se encontraban en camino del episcopado, en medio de una corte donde las jóvenes y los militares se entremezclaban, sin olvidar a los eunucos y a los esclavos. Su papado fue vergonzoso, descalificado por un papa interesado sólo en sus amores, en sus festines y en sus cacerías. A pesar de su mediocridad, los servicios de la cancillería pontificia continuaron su trabajo habitual, expidiendo cartas y diplomas. El papa se mantuvo fuera de todas las disputas doctrinales, pero se mezcló en todas las intrigas políticas y su versatilidad le valió la deposición y el exilio. Murió en 964, víctima de su mala conducta.

Deseoso de reforzar la potencia del Estado del que él era soberano, se enfrentó con Berenguer. Por instigación del partido reformador más que por su propia iniciativa, el papa llamó a Otón, a quien diez años antes su padre Alberico había impedido la coronación. Juan XII no había medido el alcance de su gesto. En el curso del invierno del año 961-962, Otón, aureolado por sus victorias contra los húngaros y los eslavos, respondió a la llamada del papa y se dirigió a Italia con un ejército poderoso.

El 2 de febrero de 962, Juan XII consagró a Otón emperador y asoció en su gesto a su mujer Adelaida. Después de un eclipse de treinta años, el imperio renacía. Inmediatamente después, las dos partes renovaron sus acuerdos recíprocos que habían ligado al papado y a los carolingios. Por el privilegio llamado el Ottonianum (13 de febrero), Otón, nuevo Carlomagno, confirmó las donaciones de Pipino y de Carlomagno y añadió, después de una eventual recuperación, los territorios bizantinos de Gaeta, Nápoles y los patrimonios de Sicilia; es decir, tres cuartas partes de Italia eran consideradas como posesiones de San Pedro. Pero al mismo tiempo se restablecía la constitución romana del año 824: el papa debía prestar juramento de fidelidad delante de los missi imperiales antes de ser consagrado; los territorios y los funcionarios pontificios eran colocados bajo control imperial, quien vigilaría la justicia y el orden en la Estados Pontificios. De nuevo la tutela del emperador era instalada en Roma.

Juan XII intrigó con Berenguer y Adalberto. Otón, que estaba haciendo los preparativos para asediar a Berenger, volvió rápidamente y se presentó a las puertas de Roma en noviembre de 963. Juan XII se refugió en Tívoli. Los romanos acogieron al emperador y se comprometieron a no elegir ni consagrar papa alguno sin la voluntad del emperador. El papado quedó en manos del emperador —así sucederá hasta mediados del siglo XI—. Juan XII fue juzgado en su ausencia por un concilio romano que le acusó de ser homicida, perjuro, sacrilego e incestuoso. Fue depuesto, aunque este procedimiento resultara injusto según el tribunal que juzgara a León III, que había declarado en el año 800 que el papa no podía ser juzgado sin estar presente. Un laico, el archivero del palacio pontificio, fue elegido y tomó el nombre de León VIII.

Apenas Otón partió, Juan XII regresó, expulsó a León VIII y persiguió cruelmente a sus adversarios. «El papa murió el 14 de mayo de 964, pero desgraciadamente, como había vivido, la mano de Dios lo alcanzó en el lecho de una mujer casada» (Duchesne). Ante su súbita muerte, los romanos, sin tener en cuenta el juramento prestado al emperador, eligieron a un letrado llamado Grammaticus que tomó el nombre de Benedicto V. Pero Otón regresó, restableció a León VIII y Benedicto fue exiliado a Hamburgo, donde murió en 966. A la muerte de León VIII, pensando Otón que los alemanes estaban mal vistos en Roma, aceptó que un representante del clan aristocrático, Juan, obispo de Narni y probablemente hijo de Teodora la joven, sobrino de Marozia, fuese elegido con el nombre de Juan XIII (965-972). Una revuelta lo expulsó de Roma, pero Otón, durante su tercera expedición en Italia (966-972), lo restableció, y bajo su protección el papa pudo cumplir convenientemente su cargo. En la Navidad de 967 coronó a Otón II asociado al Imperio; después, en 972 a su esposa, la princesa bizantina Theófano, que aportó en dote la Italia del Sur. El emperador restituyó el exarcado de Ravena al papado. En 973, a la muerte de Otón I y de Juan XIII, el nuevo imperio parecía sólidamente establecido y el papado restaurado.


ÁLVAREZ GÓMEZ, JESÚS. (2001). HISTORIA DE LA IGLESIA. MADRID: BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS

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