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HISTORIA DE LA IGLESIA

LA IGLESIA ORIENTAL DESDE FOCIO A MIGUEL CERULARIO
a) Focio
El patriarca Ignacio

San Ignacio, Patriarca de Constantinopla
 
En junio de 847, a la muerte del patriarca Metodio, no hubo unanimidad sobre el nombre de su sucesor. Gregorio Asbestas, arzobispo de Siracusa, presente desde algún tiempo en la capital, era un competidor serio, puede ser que recomendado por el patriarca difunto, de quien era admirador y biógrafo, pero rechazado por otros muchos. Sin existir en el seno de la Iglesia una mayoría clara, la emperatriz Teodora impuso una decisión personal, aunque contestada, la del monje Ignacio (847-858), hijo de Miguel I. Su biógrafo, quizás para marcar la antítesis de Focio, afirma de él que había elegido la vida monástica a los catorce años, había sido consagrado sacerdote y nombrado higumeno (Un higúmeno o hegúmeno es un laico o clérigo monástico que ha sido elegido como líder por la comunidad del monasterio. Equivalente al abad.) y que su elevación al patriarcado, profetizado por Teófanes el Confesor, consagraba la reputación de piedad de una familia y su resistencia al iconoclasmo. Parece que esta nominación se hizo sin consulta sinodal, de manera que algunos la tuvieron como no canónica.

Ignacio suspendió y excomulgó por medio de un sínodo a Gregorio Asbestas y sus partidarios apelaron a los papas León IV (847-855) y Benedicto III (855-858). Una confabulación surgió contra Ignacio; puede ser que el protosecretario Focio, llamado por Gregorio, jugara ya en ello un papel importante.

Un incidente político puso fin a este patriarcado. Cuando Bardas hizo asesinar en 856 al favorito de su hermana Teodora, el ministro Theokristos, y proclamó a su sobrino Miguel III como único emperador, Ignacio permaneció fiel a la emperatriz y tomó partido contra el nuevo cesar, Bardas, a quien impidió la entrada en Santa Sofía para la fiesta de las Teofanías, a causa de mantener una relación incestuosa. Bardas reaccionó violentamente expulsando a Teodora del palacio y pidiendo al patriarca que la tonsurara. Ignacio rehusó. Cuando se descubrió un complot contra la vida de Bardas, en el que se acusó a Ignacio de estar mezclado, Ignacio fue depuesto por alta traición y exiliado a la isla de Terebinto, a finales de julio de 858. Tres días más tarde, una delegación de obispos le presentó el acta de abdicación para que la firmara.

Focio sustituye a Ignacio

El Patriarca Focio
 
Para reemplazar a Ignacio se encontró un candidato comprometido: Focio. Nacido hacia el año 810, pertenecía a una familia aristocrática de Constantinopla próxima a los emperadores y partidaria del restablecimiento del culto a las imágenes. Él patriarca Tarasio era su tío paterno; y probablemente era su tío materno Sergio Niketiates, uno de los que, después de la muerte de Teófilo, persuadieron a Teodora de actuar contra la prohibición de las imágenes y elevar a Metodio al patriarcado. Sus padres habían sido exiliados y él mismo anatematizado en tiempos del iconoclasmo.

Focio era un alto funcionario que hacia 843 había llegado a protosecretario. Era un laico culto, cuyas funciones en la corte y su cultura, profana y religiosa, le impidieron soñar con el patriarcado; antes que él, Paulo III en 687, su tío Tarasio en 784 y Nicéforo en 806 habían sido también protosecretarios, preferidos a santos monjes como patriarcas. Pero lo que anteriormente se había admitido sin escándalo alguno, ahora lo produjo. Sus enemigos presentaron a Focio como un arribista e ironizan con la promoción de un laico al que fueron conferidos en cinco días todos los grados del clericalato, para que pudiera oficiar como patriarca en las fiestas de la Natividad en Santa Sofía.

Ignacio, quizás bajo presión de la corte, firmó el acta de abdicación, pero condicional; Ignacio habría obtenido de Focio el compromiso escrito de reconocerle la dignidad patriarcal y de conformar sus voluntades. La situación política se endureció. A pesar de algunas intervenciones en su favor, Focio fue tenido por responsable de una represión política realizada por Bardas contra los ignacianos y de malos tratos causados al mismo Ignacio, transferido a Hiereia. Los partidarios del antiguo patriarca estimaron que Focio era perjuro, lo declaran depuesto y a Ignacio restablecido a pesar de su exilio. Focio no tuvo otra solución que convocar un sínodo en los Santos Apóstoles que anatematizó a Ignacio y provocó la secesión de una decena de obispos y muchos higumenos, entre los que se encontraba Nicolás del Estudio.

El concilio de 861
En la primavera de 860, Focio se sintió muy seguro y envió al papa y a los patriarcas orientales su sinódica entronización, en tanto que el emperador Miguel III escribió a Roma para rogar a Nicolás I que enviara sus legados a Constantinopla en vista de un concilio que precisara la doctrina sobre las imágenes. El papa debió de comprender que se trataba de confirmar la deposición de Ignacio. Su respuesta a Focio fue cortés, pero evasiva. Los legados Rodoaldo de Porto y Zacarías de Anagni desembarcaron en Constantinopla en el invierno de 860-861 para un sínodo que se celebró en los Santos Apóstoles y cuyas actas, firmadas por los legados y 130 obispos, fueron desgraciadamente destruidas por decisión del concilio «anti-fociano» de 869. Se sabe poco de ello. Se pidió a Ignacio que compareciera no como patriarca, sino como simple monje. Los testigos verificaron que su elevación al patriarcado no era válida. El acusado no se presentó. Los legados pronunciaron su deposición y anatema, reconociendo implícitamente a Focio. El sínodo condenó de nuevo la herejía iconoclasta y promulgó 17 cánones disciplinares concernientes a los monasterios, los clérigos que aceptaban los cargos seculares o celebraban la liturgia en los oratorios privados sin la autorización de sus obispos. El último canon (17) era una concesión a Focio, defendía la elevación de un laico o de un monje al episcopado antes de que hubiese cumplido el tiempo reglamentario de cada uno de los grados eclesiásticos. El problema de la jurisdicción sobre el Illyricum, Sicilia y Calabria fue evitado.

La ruptura con Roma
Los legados no se dejaron corromper como pretendían los ignacianos, pero no tuvieron en cuenta las instrucciones del papa Nicolás I. A su regreso, Nicolás I les manifestó su descontento, sin sancionarlos. Al mismo tiempo que los legados llegó a Roma una embajada bizantina, presidida por el secretario León, que llevaba, con las actas del sínodo de 861, cartas del emperador y del patriarca. Focio se justificaba: que estaba bien preparado para ser patriarca debido a sus estudios; que otros laicos habían sido elevados al patriarcado antes que él; que él no podía intervenir en el asunto de los territorios cuya jurisdicción estaba contestada, pues ello pertenecía exclusivamente al emperador; finalmente, que el papa, conforme a los cánones, no debía recibir a los disidentes orientales que, bajo pretexto de peregrinación, habían viajado hasta el papa para sembrar la turbación. En efecto, en aquellos días un pequeño grupo de partidarios de Ignacio viajó a Roma para difundir un violento libelo.

En la primavera de 862, el embajador León regresó a Constantinopla portando tres mensajes: una carta a Focio donde el papa afirmaba que el primado romano se ejercía en todos los dominios, comprendido el disciplinar, rehusando reconocerle y rechazando las decisiones del concilio de 861; una carta a Miguel III en la que le manifestaba que quería a Ignacio como patriarca legítimo; una carta a los patriarcas orientales en la que Focio era tratado como «intruso» y «malvado».

Esta brusca tensión se terminó con una fulminante ruptura. Un sínodo reunido en San Pedro y proseguido en Letrán en julio-agosto de 863 juzgó y condenó a los legados Rodoaldo y Zacarías de Anagni, culpables de haber obrado sin mandato, y promulgó seis cánones privando a Focio de toda dignidad eclesiástica, depuso a Gregorio Asbestas y expulsó del clero a todos los ordenados por Focio. La sede romana reintegraba a los obispos ignacianos y se reservaba el derecho de juzgar a los que permanecían bajo la amenaza de una acusación.

El emperador Miguel III respondió al papa quejándose de la «Roma antigua», de la lengua latina «bárbara y escita» y afirmando que el caso de Ignacio no pertenecía a Roma, sino al sínodo patriarcal.

La nueva carta de Nicolás I, de 28 de septiembre de 865, reformula el principio del primado, extiende el derecho de intervención de Roma a todos los asuntos del patriarcado oriental, insiste sobre la apostolicidad de Roma, Alejandría y Antioquía —Constantinopla no tiene más gloria que la de poseer reliquias robadas— y protesta contra la intervención de los laicos en las asambleas eclesiásticas. Al final de la carta el papa se declara presto a un nuevo examen del asunto si Ignacio y Focio vienen a Roma, o, en caso de imposibilidad, enviaban a sus representantes.

b) La conversión de los búlgaros

Boris I de Bulgaria
 
La lucha entre Constantinopla y Roma, después de algunos años, se incrementó con otro asunto: la conversión de los búlgaros, quienes, preocupados por su independencia política, no acababan de decidirse por Bizancio o por Roma. Desde el comienzo del siglo IX la influencia cristiana había penetrado en Bulgaria por contactos ocasionales o gracias a la acción de misioneros venidos individualmente de diferentes países. Faltaba al soberano del país constituir una Iglesia nacional. Podía elegir el padrinazgo romano o el constantinopolitano. El papa podía hacer valer su derecho de jurisdicción eclesiástica sobre el antiguo Illyricum, Bizancio afirmaba que los búlgaros estaban instalados, en su mayor parte, sobre su territorio y amenazaban Tracia y la capital. El papa Nicolás I parece haber puesto desde 861 como condición al reconocimiento de Ignacio que el patriarca «no hiciera nada contra los derechos de la sede apostólica en la cuestión búlgara». Los búlgaros trataron primero de adherirse a la Iglesia oriental: Boris, zar de los búlgaros, se hizo bautizar en el año 865 en Constantinopla; misioneros griegos comenzaron la obra de la conversión.

Boris quedó muy pronto decepcionado. Deseaba disponer de una Iglesia más o menos autónoma con un patriarca que pudiera coronarlo, por lo que interroga a Focio sobre problemas prácticos de organización. Focio, en 865 u 866, le contestó con una larga carta moralizante, definiendo en términos retóricos los deberes de un soberano cristiano. Boris se vuelve de nuevo hacia el partido francófilo y envía una embajada que llega a Roma en agosto de 866, para pedir al papa un patriarca para Bulgaria y otras cuestiones. En las célebres Responsa ad consultam Bulgarorum, en ciento seis puntos, Nicolás tuvo la habilidad de eludir la solicitud de un patriarca propio, pero inmediatamente envió un grupo de misioneros que emprendieron la tarea bajo la dirección de dos obispos, Pablo de Populonia y Formoso de Porto, conforme a las directrices expresamente redactadas por el papa, con gran satisfacción de Boris que recibió a los misioneros. El clero griego retrocedió.

En estas circunstancias, el conflicto tomó una forma aguda. Una embajada pontificia pasó por Bulgaria llevando cartas para Miguel III, Teodoro, Eudoxia (mujer de Miguel), Bardas, Focio, los senadores y el clero de Constantinopla. El papa manifiesta de nuevo sus exigencias, las mismas de 865, aunque en tono más moderado. Llegados a la frontera bizantina en la primavera de 867, los embajadores fueron detenidos durante cuarenta días con su escolta búlgara por los funcionarios bizantinos, que les presentaron las decisiones de un sínodo local, celebrado al mismo tiempo en Constantinopla, que achacaba a los francos y a los latinos difundir en Bulgaria prácticas perniciosas —ayuno del sábado, rechazo del matrimonio de los sacerdotes, supresión de la primera semana de Cuaresma, renovación por los simples sacerdotes de la unción del bautismo— y doctrinas contrarias a la ortodoxia: el Filioque. Los representantes del papa se retiraron.

c) El final de la reyerta. El sínodo de 867. El concilio de Constantinopla (869-870)
El concilio de Focio se reunió en Constantinopla durante agosto y septiembre de 867 en presencia de Miguel III. Los debates y las actas no nos son conocidos. El papa fue excomulgado y ficticiamente depuesto por herejía y, a fin de separar Occidente de Roma, Luis II fue aclamado como emperador.

En el punto culminante de la tragedia las figuras principales desaparecieron de escena. Nicolás I murió antes de que le llegase la noticia del concilio de 867; Focio se refugió en la celda de un monasterio, pues mientras tanto una revolución palaciega había exaltado nuevamente a Ignacio a la sede patriarcal. El siguiente papa, Adriano II, decretó la excomunión de Focio.

El emperador Basilio I y el patriarca Ignacio pidieron al papa el envío de legados para un concilio ecuménico al cual se había rogado que asistieran los patriarcas orientales. Los legados del papa llegaron a Constantinopla en septiembre de 869. Llevaban consigo el Libellus satisfactionis, formulario que todo obispo debía firmar para participar en el concilio y que comprendía, además de una profesión de fe y de los anatemas contra Focio y sus partidarios, la exigencia de adherirse formalmente a las decisiones de Nicolás I y la afirmación que la Sede Apostólica no había jamás cesado de ser la única en garantizar la ortodoxia. El emperador y el patriarca se asustaron ante esta intransigencia que no favorecía la aproximación entre «ignacianos» y «focianos». Por esta razón el concilio fue un fracaso. Además de los legados romanos y los representantes de Antioquía y Jerusalén, no asistieron a la primera sesión, celebrada en Santa Sofía el 5 de octubre de 869, más que doce obispos que escucharon la lectura del mensaje de Basilio I manifestando el deseo de imparcialidad. En lugar de reconciliar, el concilio condenó. La décima y última sesión tuvo lugar el 28 de febrero delante de 110 obispos. Los cánones promulgados —27 en latín, 14 en la versión griega— innovan poco. Uno de ellos reafirma el primado romano, pero concediendo implícitamente el segundo rango a Constantinopla en la «pentarquía» (can. 21); otro condena el iconoclasmo sin citar a Nicea II (can. 3). Finalmente, una embajada búlgara logró que fueran reconocidos como independientes de Constantinopla.

En un nuevo sínodo de Constantinopla (879-880) los partidarios de Focio consiguieron que los legados romanos, desconocedores del griego, hiciesen algunas concesiones. La doctrina del primado propuesta por el papa Juan VIII fue traducida subrepticiamente. Focio fue nuevamente reconocido incluso por la Iglesia de Roma.

Finalmente, el nuevo emperador, León VI, antiguo discípulo de Focio, mandó meterlo en un monasterio, donde murió diez años después, hacia el año 897-898.

d) La personalidad y el papel de Focio
A pesar de los esfuerzos de los historiadores actuales para restituir la verdad histórica más allá de toda la tradición de odio y de incomprensión, Focio permanece en la historiografía occidental como el personaje más controvertido de la Iglesia griega: usurpador, falso, autor del cisma. Es necesario dar a conocer la verdadera estatura religiosa de Focio. Pero las fuentes orientales ayudan poco, son favorables a Ignacio y reprochan a Focio su vanidad, su gusto por el poder y sobre todo una cultura profana desbordante que pone en peligro la fe. Las leyendas nos lo muestran sosteniendo que en el hombre hay dos almas y desarrollando, por provocar, una explicación mecánica y aristotélica de los temblores de tierra, en lugar de ver en ello un signo de la cólera de Dios.

Focio debe ser colocado entre las grandes figuras de sabios y de enciclopedistas que volvieron a dar vía a la cultura: leen, transmiten y comentan los múltiples saberes de la Antigüedad. Leyendo sus cartas y sus tratados, no aparece como un laico promovido por azar al patriarcado, sino como un ardiente defensor de la ortodoxia, un discípulo y admirador del conocedor de la patrística y canonista que fue Gregorio Asbestas, el iniciador de una gran actividad misionera y un hombre político deseoso de afirmar la autonomía del patriarcado contra el intervencionismo imperial y el autoritarismo romano.

La originalidad del Focio teólogo es la obstinación con que persigue las secuelas del iconoclasmo, el modo como trata en cada ocasión y consigue imponer, a pesar de las reticencias de Roma, la ecumenicidad de Nicea II, la reflexión sobre el valor de las imágenes para cuya explicación hace uso del misterio de la Encarnación, el único capaz de explicarlas. El problema de las imágenes está también ligado, en el pensamiento de Focio, al de la piedad mariana, que contribuyó a desarrollar, continuando con una tradición del siglo VII interrumpida por el iconoclasmo. Tres de sus homilías están dedicadas a la Anunciación y a la Natividad.

e) Hacia la ruptura definitiva de la Iglesia bizantina
A la dinastía macedónica (867-919) sucedió el emperador Romano I Lekapenos (920-944), cuya dinastía se alarga hasta Miguel el Estragónico (1056-1057).

El hecho más importante para la política exterior del Imperio y de la Iglesia de Oriente fue la coronación imperial de Otón I en 962, es decir, la repetición de un hecho que ya en el año 800 había producido graves conmociones, pues era signo del influjo decisivo del poder imperial rival, «no romano», sobre el pontificado, que abandonaba así una posición relativamente independiente entre las dos potencias mundiales, tolerable para Bizancio. No es extraño que los representantes de la aristocracia papal de Roma, desterrados por los alemanes, se volvieran hacia Bizancio.

Más sensiblemente reaccionó Bizancio ante el hecho de que el nuevo emperador alemán echase mano de las posesiones bizantinas al sur de Italia, y que la Iglesia romana sacase a relucir sus viejos títulos de patriarcado sobre este territorio. La Iglesia bizantina replicó elevando a Otranto a metrópoli con derecho de consagración sobre Acerentila, Turcium, Gravina, Macceria y Tricarium. La boda del emperador Otón II con la princesa griega Theófano distendió un tanto la situación, pero continuó dominando la desconfianza.

El hecho de que el indigno papa Bonifacio VII (984-985) huyera ante el conde otónico Sikko con el tesoro de la iglesia de San Pedro a dominio bizantino y desde aquí actuara, no hizo sino reforzar este mal ambiente. En 984 Bonifacio regresó a Roma. En los años del papa Juan XVIII (1003-1009), la paz con la Iglesia de Roma fue de nuevo un hecho. Esta paz no fue duradera. El patriarca Sergio II (1001-1019) borró de nuevo de los dípticos al papa romano. El motivo para ello no fue tanto un documento del papa Sergio IV, que contenía el Filioque, cuanto el apoyo prestado por el papa Benedicto VIII a los normandos que luchaban contra la dominación bizantina en el sur de Italia. Y éste fue el terreno de donde el patriarca Miguel Cerulario sacará su fuerza.

f) El patriarca Miguel Cerulario (1043-1058). La ruptura con Roma

Miguel Cerulario
 
Miguel es el sucesor de un patriarca, Alejo Estudita (1025-1041), que vivió poco el espíritu monástico. Sus actas patriarcales están llenas de manifestaciones canonísticas de loable celo reformador, pero, de hecho, se sometió a los últimos emperadores macedonios que violaron el derecho canónico. A Alejo sucede la figura dominadora de Cerulario (1043-1058), que, significativamente, refiere a su sede la Donatio Constantini, y de ella deduce pretensiones casi imperiales. Es difícil hacerle justicia, pues su personalidad impetuosa, por no decir revolucionaria, representa una excepción en la historia del patriarcado.

Durante su época de aristócrata, Cerulario aspiraba a la corona imperial. La intentona fue descubierta y, como en otras ocasiones, el único refugio y la salvación fue el monasterio. Cerulario se hizo clérigo y, bajo el emperador Constantino IX Monómaco (1042-1055), logró situarse políticamente y se colocó como candidato a la sucesión del patriarca, lo que alcanzó en 1043. La situación eclesiástica entre Oriente y Occidente con que se encontró no puede calificarse de cisma formal, aunque sí de estado de creciente independencia eclesiástica del patriarcado de Constantinopla frente a las inestables circunstancias de Roma. Más peligroso que el alejamiento político fue el alejamiento «ritual». Se creía que Bizancio había mantenido íntegros los usos religiosos, la vida religiosa y la fe religiosa. La idea de primado, que nunca había llegado a ser en Bizancio una convicción universal, era más débil que nunca. Además, ahora el papado se había aliado con la potencia imperial, rival de Occidente, e, incluso, con los enemigos del Imperio en el sur de Italia: los normandos. Fue la cuestión normanda el punto de partida del enfrentamiento entre Roma y Constantinopla.

El papado quiso deshacerse de los normandos. En este punto coincidió de nuevo la política bizantina y la papal. A causa de ello, surgió la idea de una alianza entre ambos imperios y el papado. Uno de los patrocinadores de la idea fue el representante del Imperio bizantino, Argüiros, en las posesiones italianas. El emperador Constantino IX fue fácilmente ganado por este plan, pero Cerulario se opuso acérrimamente.

Los motivos de la adversidad de Cerulario son complejos. Argüiros producía una impresión sospechosa en un bizantino convencido, si no por razón de su rito, sí por su ascendencia y pasado político. Cerulario lo aborrecía. ¿Quién se aprovecharía de la victoria sobre los normandos: el papa, el emperador alemán o el bizantino o el Dux et princeps Italiae, por nombre Argüiros, como se había hecho proclamar? Era, además, de sospechar que una coalición con el papa no traería más que un nuevo dominio de la Iglesia romana sobre la bizantina. Pero el patriarca no estaba dispuesto a doblegarse ante Roma.

Con estos propósitos, Cerulario comenzó una virulenta campaña de difamación de la Iglesia latina. Su propaganda se extendía a los ritos eclesiásticos, sobre todo el uso de pan ácimo en la Iglesia latina, el ayuno del sábado, etc. A última hora, dada su escasa formación teológica, encontró el tema del Filioque. Tomó medidas drásticas en su propia ciudad episcopal. Mandó cerrar las iglesias de los latinos.

Como propagandista del patriarca actuó León, arzobispo de Ochrida, con una carta al arzobispo latino de Trani, que en el fondo iba dirigida al papa, donde exigía que la Iglesia latina abandonara todos los ritos tradicionales que desagradaban en Bizancio. Pero no pronunciaba anatema alguno. El obispo de Trani remitió la carta a la curia, y el cardenal Humberto, obispo de Silva Cándida, fue encargado de contestarla. En el cardenal Humberto, Miguel Cerulario hallaba un rival de su talla y de un temperamento similar.

La respuesta fue el Dialogus de Humberto de Mayenmoutier, que contiene todas las pretensiones del pontificado reformista, pero deformadas por ampliaciones dudosas históricamente, por la inserción de la Donación de Constantino y por las pretensiones del papado sobre el sur de Italia. El cardenal asigna a la Iglesia griega «más de noventa herejías». Manifiesta un deseo de inteligencia, pero su virulencia dejaba poco que esperar.

Entre tanto, la situación se había agudizado al sur de Italia. El papa León IX logró reunir un conjunto de tropas y se puso a su cabeza contra los normandos. Poco antes, Argüiros había sido derrotado por los normandos en Siponto, y ya no pudo unir sus tropas con las del papa. León IX sufrió una dura derrota y cayó prisionero (28 de junio de 1053). La derrota del papa era la derrota de los intereses bizantinos al sur de Italia. La alianza deseada por Argüiros era más urgente que nunca. El emperador expresó su deseo de paz eclesiástica como condición de la unión política. Hasta Cerulario hubo de rendirse a la presión y dio a conocer al papa su deseo de entendimiento.

Se decidió el envío de una legación que negociara la paz en Constantinopla. A su cabeza iba Humberto, y con él el canciller de la Iglesia de Roma, Federico de Lorena, y Pedro, arzobispo de Amalfi. La legación, llegada a Constantinopla, halló honrosa acogida por el emperador, mientras que la visita al patriarca fue muy fría. La entrevista terminó con la entrega muda de la carta papal, que, escrita por Humberto, no disipaba los temores del patriarca de que la alianza se haría a costa de su autoridad en la Iglesia bizantina. No hubo diálogo y, además, Humberto hizo traducir su réplica contra los griegos y atacó a un viejo monje, Nicetas Stethatos, que había escrito contra el pan ácimo. Nicetas, en una lamentable disputa (24 de junio de 1054), hubo de retractarse y arrojar su escrito al fuego.

En esta situación el patriarca logró crearse ambiente a su favor, y los legados decidieron partir de Constantinopla sin haber hecho nada. Antes depositaron, en un acto solemne, sobre el altar de la Hagia Sophia una bula de excomunión contra el patriarca y sus cómplices (16 de julio de 1054). Se trataba de un texto que lanzaba el anatema contra el «pseudo-patriarca» Cerulario, arríanos, nicolaítas, severianos, pneumatómacos, maniqueos, nazireos, etc. El anatema se dirigía contra la doctrina griega sobre la procesión del Espíritu Santo, contra el matrimonio de los sacerdotes y otras costumbres de la Iglesia griega.

El papa León había muerto el 19 de abril; no se sabe si conocían este hecho los legados. Después de esto, los legados se despidieron amigablemente del emperador, que, quizás, no conocía la bula de excomunión. Pronto se enteró Constantino IX, quien hizo volver a los legados para discutir en sesión común el conjunto de cuestiones. Esta discusión no era del agrado del patriarca, quien movilizó al pueblo. Fracasó el intento de pacificar los ánimos y el mismo emperador sugirió a los legados que se fueran, cuando ya el populacho había comenzado a sitiar el palacio imperial. El emperador abandonó toda resistencia y se rindió a la propaganda del patriarca.

Lo que sigue es sólo el epílogo. El domingo, 24 de julio, el patriarca reunió un sínodo donde se expusieron los acontecimientos según su versión. Los legados fueron descalificados como emisarios de Argüiros y la bula se interpretó como una excomunión de la Iglesia ortodoxa. La excomunión fue devuelta a los legados y a todos sus defensores.

Tal fue el famoso cisma de 1054. El juicio histórico difícilmente se salva con el jurídico. Se discute si, muerto el papa y sin sucesor aún, tenía validez la excomunión. En cuanto al fondo, es una amplificatio del propio Humberto. En cuanto a la forma, no se dirigía contra toda la Iglesia ortodoxa, ni contra su cabeza, el emperador, sino contra el patriarca y sus secuaces. Tampoco Cerulario excomulgó al papa o a la Iglesia romana, sino sólo a sus legados, que se suponían Argüiros y su camarilla. Pero, sea lo que fuere, las consecuencias fueron otra cosa. ¿Se produjo un cisma?

De momento, la situación no fue desesperada, el gobierno de la Iglesia de Oriente seguía en manos del emperador. Además, todo el mundo conocía bien en Bizancio el verdadero carácter del patriarca y su vehemencia política. Tampoco se podía excluir que, con el tiempo, Roma tomara otros caminos distintos de los de Humberto. Las iglesias de Oriente no siguieron la política del patriarca ecuménico. Sobre todo el patriarca Pedro III de Antioquía siguió rumbo propio. Miguel Cerulario, depuesto en 1057, murió poco después y fue considerado santo por los fieles de Constantinopla. Las relaciones entre el emperador y los papas continuaron a causa del peligro de los turcos, que amenazaban al Imperio bizantino. En cuanto al pueblo fiel, por mucho tiempo no tuvo en absoluto noticia de este cisma, como no la tuvo la historiografía bizantina. La verdadera ruptura entre las dos Iglesias no será efectiva hasta después de las Cruzadas. Los occidentales tenían la ilusión de que su instalación en Oriente facilitara la unión. Ocurrió todo lo contrario.


ÁLVAREZ GÓMEZ, JESÚS. (2001). HISTORIA DE LA IGLESIA. MADRID: BIBLIOTECA DE AUTORES CRISTIANOS

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