Inicio Noticias de la Iglesia Espiritualidad Liturgia Biblia Conoce y defiende tu fe
Historia de la Iglesia Las Vidas de los Santos Lecturas de la Santa Misa María Radio Catedral Libros

PUBLICIDAD

HISTORIA DE LA IGLESIA

EL PONTIFICADO EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XII
a) Anastasio IV (1153-1154) y Adriano IV (1154-1159)

Papa Anastasio IV
 
A la muerte de Eugenio III, la elección de Conrado, cardenal de Santa Sabina, que tomó el nombre de Anastasio IV, fue rápida, y se le entronizó en Letrán el 12 de julio de 1153. Conrado tenía 80 años y era el más viejo de los cardenales. No fue elegido como un papa de transición, sino como el hombre que podía llevar la curia romana a un compromiso con el Senado de Roma, que acababa de conceder asilo a Amoldo de Brescia. El nuevo papa no consiguió expulsar de Roma a Amoldo de Brescia, pero su pontificado marcó una calma importante en las relaciones con el Senado. Anastasio IV, murió el 3 de diciembre de 1154 y fue el único papa entre cinco: Honorio II, Inocencio II, Lucio II, Adriano IV y Gregorio VIII, que no fue canónigo regular.

Nicolás de Breakspear, elegido papa al día siguiente de la muerte de su antecesor (4 de diciembre de 1154), ha sido el único inglés que ha accedido al trono de San Pedro. Adriano IV poseía una fuerte personalidad, capaz de aceptar las críticas y grandes cualidades intelectuales. Estuvo relacionado con todos los protagonistas de la escena espiritual de su tiempo —Hildegarda de Bingen, Gerhoch de Reichersberg, Juan de Salisbury—. Sus objetivos fueron los tradicionales: independencia política del papado romano; defensa de la autonomía de las grandes órdenes religiosas frente a los obispos; mantenimiento de buenas relaciones entre los diferentes reinos del Occidente latino; defensa de los derechos políticos de los monasterios frente a las reivindicaciones comunales.

Según los acuerdos de Constanza en marzo de 1153, Federico I debería haber ido a Roma para ser coronado emperador y ayudar al papa a recobrar sus derechos sobre el reino normando. El encuentro entre el papa y el emperador tuvo lugar el 11 de junio de 1155. El emperador, como un nuevo Justiniano, deseoso de defender la dignidad del honor imperii, tuvo que aceptar tomar el caballo del papa por la brida. Víctima del entendimiento entre Barbarroja y Adriano IV, Amoldo de Brescia decidió huir. Apresado, liberado, enseguida arrestado por Barbarroja, fue finalmente ejecutado por el prefecto de la Urbs. Pero la calma no llegó a la ciudad; al contrario, una delegación del Senado obligó a Barbarroja a recibir la dignidad imperial no de manos del papa, sino del Senado de Roma. La coronación imperial tuvo lugar finalmente el 18 de julio de 1155 según el ceremonial tradicional.


Papa Adriano IV
 
Adriano IV creó una extraña coalición que reunía a los rebeldes normandos y las fuerzas del emperador de Bizancio. Esta aventura terminó con una derrota militar, pero, también, con el acuerdo de Benevento de 18 de julio de 1156, que reconocía la soberanía pontificia sobre el reino normando. Este acuerdo provoca una reacción violenta por parte del Imperio. La polémica explota en la dieta de Besancon de 1157.

Vuelto a Italia, el emperador promulga en Roncaglia (1158) las célebres constituciones, de las que muchos artículos —juramento de fidelidad, homenaje de los obispos, derecho del emperador para alojarse en los palacios episcopales— contienen los gérmenes de conflictos con la Iglesia. El emperador amenaza los bienes de Matilde de Canossa y del Patrimonio de San Pedro. El papa logra una nueva coalición con las ciudades lombardas, el emperador de Bizancio y el rey normando. Durante estos trámites el papa muere el 1 de septiembre de 1159.

b) Alejandro III (1154-1181). El concilio III de Letrán de 1179

Papa Alejandro III
 
Formación y carrera curial
No tenemos datos sobre su juventud y formación. La primera biografía sólo dice que había nacido a comienzos del siglo XII y que era hijo de un sienés de nombre Ranutius. En 1160, para convencer a los obispos ingleses a reconocer a Alejandro III como papa, se utiliza el argumento de la nobleza de sus orígenes. Sólo en el siglo XIV se le atribuye una paternidad más precisa, la familia Bandinelli.

Se afirma que Alejandro habría enseñado derecho en Bolonia, contemporáneo de Graciano, y habría sido uno de sus más antiguos comentadores. Investigaciones actuales han demostrado que la Summa de magíster Rolandus no puede ser obra del futuro papa. Igual ocurre con las Sententiae del mismo magíster Rolandus. La negación de la autoría de una obra de derecho a Alejandro III no menoscababa en nada su importancia como papa legislador.

Rolando fue llamado a Roma por Eugenio III cuando era canónigo de la catedral de Pisa. Es posible que Eugenio III lo encontrara a su paso por su ciudad natal el 18 de septiembre de 1148. Ciertamente fue creado cardenal en 21 de noviembre de 1150 y fue a finales del pontificado de Eugenio III cuando el papa le confió grandes empresas: en enero de 1153 formó parte de la comisión de siete cardenales encargada de negociar con los representantes de Barbarroja el acuerdo de Constanza, y el 16 de mayo de 1153 el papa lo nombró canciller de la Iglesia romana. Bajo los pontificados de Adriano IV y Anastasio IV estuvo en el centro de grandes decisiones políticas. Rolando era partidario de una alianza con los normandos que contrarrestase el peso de las pretensiones políticas de Barbarroja.

La Dieta de Besancon
A finales de octubre de 1157 Rolando fue enviado como legado a la dieta imperial convocada por Barbarroja en Besancon, en la Borgoña. Los legados pontificios fueron recibidos con todos los honores. Al día siguiente, en una nueva audiencia, el emperador mandó al canciller del Imperio, Rainaldo de Dassel, que leyera la carta del papa y la tradujese al alemán. Adriano IV afirmó que estaba dispuesto a conceder al emperador la plenitud de su dignidad y de su poder, así como la corona imperial, y añade que le concedería «beneficios» aún más grandes si existía un acuerdo entre los dos poderes.

El término beneficium era ambiguo, el sentido más antiguo era «favor»; Rainaldo lo tradujo por feudo. Uno de los legados imperiales preguntó: «¿De quién tiene el Emperador el Imperio sino del papa?». La reacción por parte de los príncipes fue violenta. El emperador calmó el tumulto y mandó a los legados de vuelta a Roma sin haber conseguido nada.

La elección pontificia
Muerto Adriano IV, los cardenales se reunieron el 7 de septiembre en Roma. Parece que Adriano IV habría recomendado como sucesor al cardenal Bernardo de Porto, anti-imperial, menos comprometido que Rolando y más apto para salvar la unidad del colegio cardenalicio. Sin embargo, la mayoría de los cardenales se inclinó por el cardenal-canciller Rolando. Un pequeño grupo de cardenales eligió al cardenal romano Octaviano de Monticello, que tomó el nombre de Víctor IV. Los partidarios de Rolando que se habían refugiado en San Pedro, defendido por los Frangipane y otros adversarios del Imperio, mantuvieron su decisión, y Rolando tomó el nombre de Alejandro III. Encerrados hasta el 15 de septiembre, la coronación de Rolando tuvo lugar el 20 de septiembre en Ninfa, de manos del obispo de Ostia. Su rival fue consagrado en Farfa el 4 de octubre.

Es imposible determinar el número y calidad de los cardenales que tomaron parte en esta doble elección y que abrieron un cisma que duró veinte años. Parece cierto que la mayoría votó a Alejandro III y solamente algunos por Octaviano. Elegido por cuatro cardenales- obispos sobre seis, Rolando podía tenerse en el plano jurídico como el legítimo papa.

Tradicionalmente, se ha justificado la doble elección de 1159 por la existencia de dos facciones en el seno del colegio cardenalicio: «imperial» y «siciliana». La segunda, numéricamente superior, estaría apoyada por los normandos y la familia romana de los Frangipane y compuesta de cardenales opuestos a la política imperial de Barbarroja. La otra, filo-imperial, habría podido contar con la ayuda de la nobleza romana. Las fuentes no permiten hablar de esa esquematización antes de la elección, y, después de ella, los cardenales cambiaron de bando.

El cisma (1159-1171)
Por segunda vez en menos de tres decenios, la Iglesia romana se vio dividida por un cisma que duró 18 años. El cisma se hizo oficial el 5 de febrero de 1160, en Pavía, donde el emperador convocó un concilio para proclamar la legitimidad de Víctor IV. Por su parte, Alejandro III, el Jueves Santo de 1160, en Anagni, excomulgó a su rival y desligó a los súbditos del emperador de su juramento de fidelidad. A pesar de todos sus esfuerzos militares, diplomáticos y eclesiásticos, Barbarroja debió finalmente inclinarse. Si en un primer tiempo consiguió que Alejandro III huyera de Roma, no pudo impedir que una gran parte de la cristiandad lo reconociera. Pero como Inocencio II, Alejandro III tomó el camino del exilio y se refugió en Francia. En Pascua de 1161 embarcó en Génova camino de Montpellier. Allí celebró un concilio (del 17 al 20 de mayo) en presencia de un cierto número de obispos y los legados de los reyes de Francia e Inglaterra, pero sólo obtuvo un cierto éxito.

Con el deseo de reunir a los reyes de Francia e Inglaterra, con los que Alejandro III se había visto separadamente, se reunió un concilio en Tours en mayo de 1163, al que asistieron más de cien obispos. La ciudad de Tours estaba entonces en poder del rey de Inglaterra, Enrique II, que la tenía teóricamente como vasallo del rey de Francia.

Este concilio ocupa un lugar importante en el seno de la legislación conciliar y pontificia del siglo XII. Algunos de sus cánones son novedosos. El canon 3 prohibe la «usura eclesiástica». El canon 4 prohíbe toda asistencia a los heréticos e impone a los señores laicos la carga de prestar su colaboración contra los heréticos. En la sesión final Víctor IV fue excomulgado, pero no se consiguió cerrar el cisma. Parece que Alejandro III quería excluir al emperador de sus condenas, pues deseaba reconciliarse con él.

No obstante, a la muerte de Víctor IV (20 de abril de 1164) el emperador hizo elegir un nuevo antipapa. Bajo su orden, Guido de Cremona fue elegido papa, tomando el nombre de Pascual III. El emperador reunió en mayo de 1165 una dieta en Wurzburgo para exigir la obediencia de los obispos alemanes. Un año después, aconsejado por Rainaldo de Dassel, marchó a Roma, tomó San Pedro e hizo renovar la ceremonia de su coronación.

El fin del cisma
Alejandro III, que residía en Roma desde el 23 de noviembre de 1165, donde había sido recibido por el pueblo y la nobleza así como por el Senado, se refugió en el barrio de los Frangipane, la única familia que le permaneció fiel. Después se embarcó y se refugió entre los normandos en Benevento. Pocos días después de la fiesta de San Pedro estalló la malaria en el ejército imperial. Murieron dos mil caballeros, príncipes y obispos, entre ellos Rainaldo de Dassel; el emperador enfermó, y con el resto del ejército regresó a Alemania.

A partir de 1168 Barbarroja comenzó su acercamiento al papa. El 29 de mayo de 1176 Barbarroja perdió la batalla de Legnano; a continuación se retomaron las negociaciones. Los preliminares fueron firmados en Anagni el 4 de noviembre de 1176. Una clarificación general necesitaba una entrevista del papa y el emperador, que tuvo lugar en Venecia en julio de 1177. La paz fue estipulada el 24 de julio y ratificada el 15 de agosto. Ésta sólo afectaba al papa y al emperador, no a los lombardos. Algunos problemas espinosos, como la suerte de los sacerdotes cismáticos o la exacta delimitación de los bienes que pertenecían a la Iglesia romana, fueron apartados.

La paz de Venecia constituyó un gran éxito, sobre todo para el papa. En Venecia terminó el cisma. El emperador abrazó los pies del papa, a lo que se había negado en Sutri. El Senado romano pidió al papa su regreso a Roma. Las negociaciones fueron difíciles y duraron hasta marzo de 1178. En esta fecha, después de diez años de exilio, entró solemnemente en Roma. El último antipapa, el tercero de la serie, Calixto III, bajo la presión imperial se sometió a Alejandro III.

Un año después, Alejandro III inaugura en la basílica de Letrán uno de los concilios más importantes de la Edad Media. En el verano de 1179, el papa se aleja de nuevo de Roma; los romanos habían creado un nuevo antipapa que sólo duró algunos meses, Landus Sitinus, Inocencio III, encarcelado en enero de 1180. Viejo y enfermo, Alejandro III murió en Civitá Castellana el 30 de agosto de 1181. Escenas violentas tuvieron lugar durante el traslado de sus restos a San Juan de Letrán. Su tumba original no existe, sólo se conserva el epitafio.

El concilio III de Letrán (1179)
Como en 1123 y 1139, el nuevo concilio debía manifestar que la Iglesia había encontrado su unidad bajo la plena autoridad del obispo de Roma. El concilio III de Letrán se celebró en marzo de 1179 en presencia de trescientos obispos y un número indeterminado de abades y príncipes de la cristiandad latina. Un solo prelado de Iglesia oriental. Letrán III estuvo marcado por la personalidad de Alejandro III.

Durante todo su pontificado Alejandro III estuvo particularmente preocupado por las promociones episcopales. A partir de 1175, la doctrina pontificia redujo el derecho de elección a un solo cuerpo, los canónigos de la iglesia catedral. Letrán III se pronuncia en este sentido (canon 16). En lo que concierne a las condiciones de edad para el acceso al episcopado (canon 3), el concilio sigue las decretales y las bulas de Alejandro III. El canon 6, sobre la apelación de justicia a Roma, sigue igualmente las decisiones del papa. Todavía se siguen formulando cánones contra la simonía y a favor del celibato (cánones 7, 10 y 15). El canon 18 promete libertad por deudas, se prohíben (canon 25) la usura y el comercio con infieles —material de guerra— y se regula el comercio entre cristianos y judíos o mahometanos (cánones 24, 25). El último canon se ocupa de la herejía, una introducción para la nueva época que se avecina. El canon 27 es la carta magna para las cruzadas contra los herejes. Uno de los cánones conciliares más célebre (canon 1) fija nuevas reglas a propósito de la elección del papa; para conseguirlo se necesitaba la mayoría de dos tercios de los votantes, así se intentaba hacer desaparecer los peligros de un cisma.

c) Los últimos papas del siglo XII
Tres días después de la muerte de Alejandro III los cardenales eligieron al obispo de Ostia, Ubaldo, originario de Luca, que tomó el nombre de Lucio III (1181-1185). Era el más viejo de los cardenales. Miembro de la Orden del Císter en la que fue recibido por el mismo San Bernardo. No poseía un saber universitario, pero era un buen diplomático y hombre honesto. Fiel a los pontífices, tomó parte en las negociaciones de la paz de Venecia. Necesitado de la ayuda del emperador, mantuvo con él, después de un larga espera, una entrevista en Verona en octubre de 1184, donde Lucio III promulga su célebre constitución Ad abolendam, destinada a combatir los progresos cada vez más amenazantes de las herejías neo-maniqueas. Por primera vez, un texto pontificio solemne sanciona la obligación de las autoridades civiles de ponerse a disposición del tribunal episcopal para ejecutar las órdenes, a la vez eclesiásticas e imperiales, en materia de lucha contra los heréticos. Este texto debe considerarse como el punto de partida de la jurisdicción inquisitorial. Lucio murió en Verona el 25 de noviembre de 1185.

Nada en especial merece el pontificado de Urbano III (1185-1187). A la muerte del papa siguió la pérdida de los territorios de los cruzados. Saladino se apropió de todos los territorios en torno a Egipto. El 4 de julio de 1187, en la batalla de Tiberíades, el rey Lusiñán fue hecho prisionero. El 2 de octubre se perdió Jerusalén. Gregorio VIII, de excelente formación jurídica, sólo gobernó un año, en 1187. De relativo interés, el pontificado de Clemente III (1187-1191) se correspondió con una decisión en la instrumentalización administrativa, legislativa y jurídica que condujo a la centralización curial del siglo XIII. Creó veinte cardenales en menos de cuatro años. El papa murió antes de coronar a Enrique VI.

Un romano fue nuevamente elegido papa, el cardenal Jacinto de Santa María in Cosmedin, un viejo nonagenario que tomó el nombre de Celestino III (1191-1198). El mismo papa habría diferido su consagración a causa de las negociaciones con Enrique VI, que permanecía fuera de los muros de Roma esperando ser coronado. La coronación imperial tuvo lugar al día siguiente de la consagración del papa, el 15 de abril de 1191, el lunes de Pascua. Las relaciones con la ciudad de Roma y con el Imperio fueron tormentosas. Personalidad llena de religiosidad y de conciencia moral, Celestino III, apreciado por Tomás Becket, fue también el jefe de una curia romana objeto de críticas acerbas por parte de Joachim de Fiore, que fustigó en su Tractatus super Quattuor Evangelia una Iglesia romana cada vez más burocratizada y mundana. Muy viejo, fue objeto de chanzas e ironías por parte de los visitantes, su mala salud le hizo depender de quienes estaban junto a él. De los cinco cardenales creados por el papa, al menos uno era pariente del papa, por lo que fue acusado de nepotismo. Aristócrata de nacimiento, favorable a la nobleza romana, no parece haber sido particularmente sensible a las nuevas aspiraciones religiosas.

Un autor cuenta que el papa pidió a los cardenales que nombraran como su sucesor al cardenal Juan de San Pablo, antiguo monje de San Pablo Extramuros. El papa murió el 8 de enero de 1198 en Roma y fue enterrado en San Juan de Letrán. El mismo día, los cardenales eligieron papa al cardenal-diácono de los Santos Sergio y Baco, Lotario Segni, quien tomó el nombre de Inocencio III.

d) El pontificado en tiempos de Alejandro III
El cisma de 1159 forzó a Alejandro III a definir las bases doctrinales del ejercicio de la autoridad pontificia.

En la Iglesia, el papa es el primero, posee «el primado sobre las otras Iglesias del universo». La supremacía de la Iglesia romana deriva de la voluntad expresa de Cristo, que quiso que la Iglesia santa e inmaculada fuese gobernada por un solo pastor, al cual los miembros se adhiriesen como a su cabeza. Para garantizar esta unidad de la Iglesia, Cristo quiso que la santa y apostólica Iglesia romana tuviera una preeminencia sobre las otras iglesias del globo terrestre.

El papa posee el primado por ser el sucesor de San Pedro, por encontrarse en el lugar de San Pedro, cuya silla apostólica está por encima de naciones y reinos. Porque el papa es el sucesor de San Pedro, tiene el poder de atar y desatar, que ejerce con una autoridad soberana sobre las almas, en orden a su salvación. Alejandro III no utiliza el título de Vicarius Christi, que ya se había comenzado a utilizar bajo Eugenio III; pero que no entra definitivamente en el lenguaje de la chancillería apostólica hasta Inocencio III.

Las consecuencias de esta doctrina en el plano eclesiológico fueron muchas. La Iglesia romana es el fundamento de la Iglesia universal; su función es, por lo tanto, más amplia que la que Cristo confiere a las Iglesias particulares. Esto se deduce del hecho de que el Señor Jesús ha confiado a Pedro el mandato expreso y especial de apacentar las ovejas de su rebaño y de confirmar a sus hermanos.

Alejandro III insiste muchas veces en el derecho exclusivo del papa a convocar concilios. Puesto que Barbarroja usurpa este derecho convocando el concilio de Pavía, Alejandro III lo excomulga. Durante su pontificado convocó solamente dos concilios: Tours (1163) y Letrán (1179). Pero el primado de Pedro no impide la existencia en la Iglesia de otra autoridad eclesial ordinaria: la de los obispos. Alejandro III interviene en la vida de las diócesis y se muestra muy atento en la creación de nuevas diócesis.

Las afirmaciones de Alejandro III estaban acompañadas de un conjunto de intervenciones concretas, de las que algunas fueron verdaderas novedades, como las canonizaciones. Hasta entonces el papa se contentaba con confirmar los pronunciamientos de los obispos y los legados sobre la santidad de los candidatos al altar. Alejandro III tomó una postura más firme en relación con los derechos de la Iglesia romana. En la carta Aeterna et incommutabilis, dirigida al rey de Suecia (1171 o 1172), el papa prohibía dar culto a un hombre como santo sin la autorización de la Iglesia romana; así transformó en un derecho real lo que no era más que una costumbre.

Poder jurídico supremo: Alejandro III recurrió a la metáfora de la madre para legitimar la intervención jurídica pontificia; en los asuntos graves hay que recurrir a la Sede Apostólica como a la cabeza y a la madre de todos. Pedro recibió, entre los apóstoles, el título de príncipe y el poder de confirmar a sus hermanos.

Poder espiritual y poder temporal: el conflicto entre Federico I y el papado se hizo cada vez más profundo al final del pontificado de Adriano IV y conoció su apogeo durante el cisma de 1159 a 1177. Sus repercusiones en la doctrina política fueron considerables. Durante la década de los sesenta del siglo xn los decretalistas comenzaron a discutir el problema de saber si el emperador había recibido su poder directamente de Dios o del papa y cuál de estas dos autoridades con vocación universal ocupaba el más alto lugar en la societas christiana.

Dos concepciones se opusieron: una dualista, afirmando que la autoridad del emperador era de origen divinó; otra hierocrática, fundándose en el carácter esencialmente religioso del regnum. El papa ostentaba los dos poderes, pero no podía, de hecho, sino ejercer el poder espiritual; la espada temporal pertenecía al emperador; por consiguiente, el papa no podía intervenir en los asuntos temporales más que en caso de extrema necesidad. La Iglesia tenía, sin embargo, el derecho de vigilancia y de confirmación. Siendo el papa quien transmitía el poder al emperador, podía, por tanto, relevarlo de este cargo y confiarlo a otra persona. A finales del siglo XII los canonistas estaban de acuerdo en que el papa tenía el derecho de deponer al emperador.


Paredes, Javier. (1998). Diccionario de los Papas y Concilios . Barcelona: Editorial Ariel, S.A

No hay comentarios:

Publicar un comentario